Hay un interrogante que circula entre los políticos y los candidatos y que genera cierta inquietud:¿cuánta gente irá a votar dentro de tres semanas? ¿Cuál será el índice de participación en la primera elección de alcance nacional que se hace en pandemia y que servirá para conocer el estado de situación del gobierno de Alberto Fernández y también de la oposición?
La elección más reciente, la legislativa de Salta, no fue precisamente alentadora:la concurrencia apenas superó el 64 por ciento pero, además, hubo un alto índice de votos en blanco. Los dos datos combinados hablan del relacionamiento de la sociedad con sus representantes políticos.
Río Cuarto también es un antecedente a considerar:en la elección municipal del 29 de noviembre del año pasado, apenas la mitad de los empadronados fue a elegir intendente.
En los comandos de campaña ya se hacen especulaciones sobre quiénes podrían beneficiarse y quiénes perjudicarse si, finalmente, la afluencia de votantes desciende. En Juntos por el Cambio, por ejemplo, hay quienes consideran que podría ser un fenómeno que los complique en algunos distritos porque quienes principalmente están expresando enojo en las encuestas y manifestando su escasa inclinación a votar son la clase media y las personas mayores, que conforman su electorado más leal.
Pero más allá de las conveniencias o inconveniencias, el índice de participación es clave para determinar cuál es el grado de expectativa de la sociedad con respecto a la instancia electoral:si la concurrencia está en niveles bajos, el mensaje político es sistémico. Porque sería un indicio de descreimiento y desapego, una señal de que una franja importante de la población no encuentra representación en la oferta de candidatos actual pero, sobre todo, que no considera que el acto de votar pueda contribuir a mejorar su calidad de vida.
La existencia de la incertidumbre sobre el porcentaje de gente que concurrirá ya es en sí misma un síntoma. Porque manifiesta una creciente separación entre la relevancia de la elección y el sentimiento del electorado hacia ella. Porque, efectivamente, se trata de una fecha electoral cargada de significación, que trasciende el mero ordenamiento de los candidatos de las fuerzas que no acordaron una lista única y la posterior elección de legisladores.
Es una votación que contiene la posibilidad de expresar las posturas individuales en una infinidad de aspectos de la vida pública. Será la primera vez que el país se manifestará a través del sufragio en pandemia, y por lo tanto representa la oportunidad de avalar o castigar el manejo que de ella hizo sobre todo el gobierno nacional. Pero también habilitará la opinión sobre la manera de administrar la crisis económica y social. Definirá cómo se encuentra el oficialismo en relación con la gente, y también con cuánto caudal político deberá enfrentar los años por delante. En la vereda del frente, en la oposición, también establecerá una línea de largada, será un elemento ordenador y determinará quiénes están mejor posicionados para ejercer los liderazgos.
Hay motivos sobrados para la participación. Siempre y cuando se considere que intervenir en esos aspectos puede derivar en un beneficio propio y no se considere a la política una entidad ajena y extraña, desapegada de las preocupaciones diarias y acuciantes.
Los políticos, más específicamente algunos de sus máximos exponentes, no están haciendo demasiado para que el relacionamiento con la sociedad sea positivo. El ejemplo más directo y reciente fueron las imágenes de la fiesta de cumpleaños de Fabiola en la Quinta de Olivos, de la que participó el Presidente mientras en el país la cuarentena era estricta y estaban terminantemente prohibidas las reuniones sociales. Pero, según se conoció en las últimas horas, también la oposición tuvo sus transgresiones, como ocurrió con el festejo que organizó Elisa Carrió y en el que estuvieron figuras de la oposición como Horacio Rodríguez Larreta y Mario Negri, que viene de reclamar el juicio político para Fernández por incumplir las restricciones sanitarias.
El oficialismo y específicamente el Presidente tienen, por supuesto, la responsabilidad principal de hacer cumplir, pero sobre todo de cumplir, los sacrificios que le imponen a la sociedad en una pandemia. Pero también la oposición debe respetarlos de la misma forma porque, de lo contrario, contribuye a alimentar la imagen de la política como un espacio indiferenciado, cuyos roles son ocupados circunstancialmente por unos y otros, pero que en definitiva sirve para disfrutar de privilegios de los que los demás carecen.
La elección que se viene no sólo configurará el escenario a nivel nacional sino también, por supuesto, en las provincias. En Córdoba, Juntos por el Cambio juega su propia interna, en un proceso que volvió a mostrar la imposibilidad de encontrar acuerdos mínimos. El clima se exacerbó en los últimos días con la aparición de Mauricio Macri, que no sólo le levantó previsiblemente la mano a Negri y a su protegido Gustavo Santos, sino que además expresó que su exministro será un gran candidato a gobernador para dentro de dos años.
Esa composición en Cambiemos le generó a Hacemos por Córdoba una oportunidad que no existía en el arranque. Ahora, el peronismo de Juan Schiaretti se encuentra ante la chance de ganar las elecciones y ya no de pelear sólo por el segundo lugar.
Las encuestas que maneja el oficialismo provincial ponen a las listas encabezadas por Alejandra Vigo y Natalia de la Sota liderando la intención de voto. No sólo porque hay un crecimiento con respecto a los 17 puntos que Hacemos por Córdoba obtuvo en 2019, cuando llevó una lista legislativa sin candidato a Presidente, sino fundamentalmente porque el voto de Juntos por el Cambio se fracturó y permitió que el PJ coseche, al menos en las encuestas, esa escisión.
En el Palacio de Mójica aseguran que sus propias encuestas también dan al PJ provincial imponiéndose en la ciudad.
Para Juan Manuel Llamosas, que hace menos de un año consiguió su reelección después de una campaña que pareció interminable, no es una fecha neutra, ni mucho menos. Podría decirse que es la menos neutra de las elecciones en las que no participó directamente.
Schiaretti entiende las legislativas de este año en función de la ejecutiva de 2023, cuando estará en juego el poder provincial. Esa misma lógica se trasladó a cada uno de los intendentes, al menos a los que tienen expectativas de proyección provincial.
Uno de ellos es Llamosas. Sin la opción de ser reelecto, las votaciones de septiembre y de noviembre constituyen para el intendente la posibilidad de posicionarse en la grilla de los que en 2023 disputarán el poder cordobés. Su nombre suena como uno de los posibles candidatos a vicegobernador. Pero uno de los episodios decisivos para que esa construcción pueda ser posible es el resultado de este año. El propio Llamosas lo dejó en claro durante el Zoom que a principios de semana organizó con la militancia.
En el Municipio tienen previsto que el intendente empiece a tener más protagonismo en la campaña.
Él también se juega los años que se vienen.

