¿Crack se hace o se nace? Esa pregunta debe ser una de las más utilizadas en el mundo del deporte para titular comentarios, entrevistas, papers, informes y varios otros formatos. Es una de las dicotomías más abordadas por las “deporpedias” y se han escrito libros defendiendo las distintas líneas que de allí se desprenden.
La discusión pasa por definir el origen del talento de los grandes genios. ¿Cómo llegaron a ser lo que son Maradona, Pelé o Messi? ¿Nacieron con esos talentos o los desarrollaron a través de sus prácticas? ¿Fue la naturaleza o el entrenamiento? ¿Las experiencias de vida impactaron de alguna manera en el crecimiento de habilidades?
Una línea, la de los esencialistas, jura y perjura que las habilidades son innatas. Es decir, los cracks aparecen así. Llegan al mundo con ese talento especial y lo explotan. La pegada, la sensibilidad y la creatividad no se pueden adquirir después, vienen con el paquete.
Algunos integrantes de esta línea utilizan argumentos genéticos para respaldarla. Destacan que hay características físicas que definen muchos de esos talentos. Por ejemplo, dicen que el tener el centro de gravedad más abajo, permite tener el equilibrio necesario para la gambeta. De allí surge la teoría que dice que aquellos que calzan botines de números menores a 37 tienen una precisión mayor a la hora de pegarle. Es decir, pie chico igual a gran shooteador de tiros libres.
El problema que hay con esta línea es que deja muy poco espacio para la sorpresa. Si todo es esencia, todo está determinado. Al decir que el talento es innato y natural, se consagra de antemano al dotado, condenando a los demás a tener un techo. Estos últimos nunca podrán superar ese nivel al que están predestinados. No importa cuántas veces practique, el lateral que no posee una buena pegada nunca tirará centros perfectos. Los menos extremistas admiten está crítica y se escudan utilizando la clásica frase: “Puede mejorar, pero no va llegar nunca a ser como…” y ponen el nombre de un referente.
En frente de esta escuela se encuentran aquellos que señalan que el nivel y la jerarquía de un jugador dependen de sus prácticas, dicho esto en sentido amplio. La carrera de un futbolista no está definida de antemano por un halo divino que le tocó en suerte al momento de nacer, sino por todas las etapas de su vida como deportista. El talento no viene incluido en el ser, sino que se forma a través de sus acciones. O en términos de Jean Paul Sartre, la existencia precede a la esencia.
El filósofo francés nacido a principios del siglo pasado es uno de los íconos del existencialismo y sus ideas estuvieron presentes en el germen de los movimientos sociales que se produjeron a finales de la década de 1960, entre ellos el Mayo Francés en 1968.
Sartre sostenía, distanciándose del esencialismo, que la naturaleza del ser no está definida de antemano, es decir, que el hombre no es malo o bueno de manera innata, sino que esas categorías aparecen en el devenir. Son las elecciones del ser las que lo acercan a una categoría.
El hombre primero existe y son sus acciones las que lo definen. No hay un artesano que lo diseñe de manera tal que se acerque más a una categoría que a otra.
Si bien la teoría sartreana posee una profundidad mayor, desarrollarlo en esta breve página sería engorroso y contribuiría más a la confusión que a otra cosa. Los pensadores del fútbol aprovechan esta definición y la adecuan. La habilidad de un jugador para pegarle a la pelota dependerá de cuánto se entrena y en qué condiciones lo hace. Así, llegarán a un alto nivel aquellos que consigan desarrollar sus capacidades y accedan a las condiciones para hacerlo.
Para esta línea, Messi, Maradona y compañía no son virtuosos que vinieron al mundo predestinados a ser lo que son ni productos de un ser superior que los pensó así, sino que se construyeron sobre la base de experiencias de vida. Aquí se incluyen desde programas de entrenamiento hasta vivencias personales.
No importa si en el primer entrenamiento el jugador pifia el remate y queda dando vueltas en el aire, mientras la pelota dibuja un trayecto extraño y sin destino claro. La clave de su trayectoria estará en que no se deje abatir y siga insistiendo hasta poder concretar la acción. No sólo se puede aprender a jugar, sino que también se puede evolucionar constantemente. No hay un techo determinado, sino que ese límite dependerá de lo que cada ser esté dispuesto a entregar a lo largo del camino.
Esta mirada es bastante más esperanzadora que la anterior. De hecho, es un efecto que las ideas de Sartre generaron y generan en muchos de sus adeptos. El francés es considerado el filósofo de la libertad por sus pensamientos. Su obra no sólo incluye ensayos, sino también novelas y obras teatrales.
Si bien la discusión será eterna, estar del lado sartreano brinda una luz de esperanza a todos aquellos que quieran jugar al fútbol, sin importar sus supuestas limitaciones. Incluso hasta a los más pataduras se les dibuja una sonrisa.
Agustín Hurtado. Redacción Puntal

