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El contraste que ensaya Schiaretti

Mientras la economía nacional se deteriora cada vez más, el gobernador reafirma sus alianzas con el campo y los empresarios. A la vez, intenta mantener disciplinado al peronismo cordobés

“Diario de una Temporada en el Quinto Piso” se llama el libro escrito por el sociólogo Juan Carlos Torre que Cristina Fernández le regaló a Alberto en el día de su cumpleaños. Es una crónica histórica, en tiempo real, de la gestión económica durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Torre, que integraba el equipo de Juan Vital Sourrouille, fue anotando en un diario y registrando en grabaciones lo que iba ocurriendo con la economía, tironeada por una inflación explosiva y las negociaciones con el FMI. Es, en definitiva, un libro sobre una frustración.

En un tramo, se incluye un diagnóstico de los males que entonces afectaban a la economía argentina. Y, a pesar de que se refiere al país de hace 40 años, es de una actualidad asombrosa. Ese decálogo del descalabro es exactamente igual al de hoy aunque, por supuesto, con magnitudes diferentes.

Cristina le regaló ese libro a Alberto como un mensaje, para que se viera reflejado en el espejo de lo que le ocurrió a Alfonsín: “Mirá lo que puede pasarte cuando cerrás con el Fondo”.

La vicepresidenta parece haberse concentrado en algunos pasajes y obviado otros: por ejemplo, aquellos en los que el autor enumera las razones del permanente calvario que es la economía argentina. Déficit sostenido, gastos desbocados, desbalance permanente, corrosión de la moneda. Cristina y sus referentes económicos menosprecian esas variables y, en palabras del propio Martín Guzmán, idearon una teoría propia en la que los desequilibrios no son demasiado preocupantes; es más, pueden ser considerados virtuosos.

El gobierno nacional sufrió otra semana atravesada por la inflación. Abril cerró con un 6 por ciento, apenas 0,7 puntos por debajo de marzo, y encendió las alarmas porque, a este ritmo, el índice anual se disparará hasta cerca del 100 por ciento.

Ante esa realidad económica, el oficialismo no parece dispuesto a unificar ni el discurso ni a acordar una estrategia. Las diferencias de concepción económica quedaron palmariamente expuestas por los principales actores del Frente de Todos. Mientras Cristina ridiculizaba a quienes advierten por la emisión monetaria, Alberto elegía una línea discursiva más ortodoxa: “No podemos vivir con déficit”, dijo el Presidente. Esa frase, de una obviedad planetaria, suena para el kirchnerismo duro como una declaración de guerra.

La completó el ministro Guzmán cuando atacó uno de los cimientos de la gestión cristinista: se preguntó en qué país del mundo dieron resultado subsidios energéticos del 4 o 5% del PBI.

Las disonancias conceptuales se combinaron, por supuesto, con ensayos misilísticos ejecutados por Máximo. Con su habitual nivel de elevación que no supera la chicana, el primogénito arremetió socarronamente contra Guzmán y lo tildó de aliado del FMI, los empresarios, los gremios y Clarín.

La línea de sensatez económica que en algunos momentos intenta ejecutar el Gobierno -aunque a veces se refuta a sí mismo- choca contra el clima de caos político que domina al oficialismo. En ese estado de cosas no hay plan, programa ni concepción económica que pueda funcionar; sea ortodoxa o heterodoxa, de izquierda, de derecha o de centro.

La inflación y la interna, más las consecuencias de la guerra, la resaca de la pandemia y las inconsistencias propias no le auguran al Gobierno unos meses de sosiego.

La situación económica y el espectáculo político que está dando el Frente de Todos están teniendo, por supuesto, consecuencias en la mirada de la población. Una encuesta reciente de Zuban Córdoba & Asociados debería ser para el oficialismo nacional especialmente alarmante. No sólo porque marca un profundo deterioro de la imagen de gestión -sería milagroso si eso no ocurriera- sino porque además revela que el pensamiento político mayoritario aparece hoy configurado por el discurso opositor. Y por el discurso opositor más extremo: simplista, contradictorio, que reniega del Estado y de los recursos que cobra pero, a la vez, le exige más acción e inversión.

Esa configuración del pensamiento, que pide ajuste y el fin de los planes sociales, es una realidad enormemente más compleja de revertir que un estado de malestar puntual.

El Gobierno y sus resultados están inhabilitando una concepción y un discurso. Desde la oposición toman nota de esos datos y en función de ellos van posicionándose.

En Córdoba, el gobernador Juan Schiaretti profundizó con varias movidas simultáneas su estrategia de ubicación en el tablero nacional. Atacó el discurso kirchnerista anticampo y reafirmó nuevamente una alianza con ese sector: con datos del censo agropecuario señaló que la explotación promedio en la provincia es de 576 hectáreas y, por lo tanto, que no hay ni oligarcas ni multimillonarios sino un sector que en 20 años duplicó la producción y generó riqueza y que puede volver a duplicarla ahora en un plazo más corto. Después, el mandatario recibió en su despacho a la Unión Industrial Argentina y mañana estará en el almuerzo de la Fundación Mediterránea, en el que será orador. Para ese foro tiene preparado un discurso anclado en la situación económica y financiera de Córdoba y la contrastará con la nacional. Buscará exacerbar las diferencias entre modelos.

Schiaretti apunta a proyectarse a nivel nacional. Y, si no es candidato, como mínimo aspira a convertirse en un actor gravitante en el escenario de 2023.

En el schiarettismo remarcan además los resultados de otra encuesta, la que dio a conocer CB Consultora y que instaló al gobernador como al de mejor imagen en el país.

El mandatario provincial está intentando una construcción. Pero, en paralelo, se enfrenta al desafío de continuar controlando su propio territorio. En la Provincia puntualizan que la elección para gobernador del año próximo no será para Hacemos por Córdoba como las anteriores, sino de una complejidad mayor.

Para evitar dispersiones, Schiaretti asumió la conducción del PJ y además puso en marcha una mesa ejecutiva que estará encargada de definir la estrategia electoral y territorial y que le responde sin fisuras. Una de las tareas de esa mesa es que exista un encolumnamiento férreo detrás de Schiaretti y evitar que el proceso de sucesión se convierta en un caos.

De ahí que no se vean con simpatía los posicionamientos individuales. Por ejemplo, el de Juan Manuel Llamosas.

El intendente está encarando una estrategia de instalación. Está firmando convenios de cooperación con municipios (ya lo hizo con Franco Morra, de Deheza), se mostró con gremios de la ciudad y la región y en los últimos días hizo hincapié en la misma encuesta que menciona el schiarettismo. Llamosas aparece octavo entre los intendentes de mejor imagen en el país (Martín Llaryora está primero).

“Lo que tenemos que lograr es que ese nivel de imagen positiva de Juan vaya ampliándose territorialmente”, indicaron cerca del intendente. El llamosismo, que inició además consultas con publicistas reconocidos a nivel nacional, admite que está lejos de los números que ostenta Llaryora pero pretende alcanzar un nivel de instalación que lo convierta en el referente principal del sur.

En el schiarettismo también señalan que Llaryora es número puesto para la candidatura. Sin embargo, remarcan que la de 2023 será una elección que obligará a no dejar ningún hilo suelto y que las chances del peronismo sólo serán reales si prevalecen la organización y la estructura.

El peronismo está debatiéndose entre lo que es y lo que va a ser.