A poco más de una semana de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil, que luego del pasado 7 de octubre dejaron en pie a los dos candidatos más votados, se perfila como una virtual certeza la victoria de Jair Bolsonaro, considerada hasta hace poco tiempo imposible debido a los altos niveles de rechazo que despertaba durante casi toda la campaña. La cercana llegada al poder de un líder que destila fascismo tanto en sus modales como en sus propuestas es el emergente de las deficiencias y los fracasos de la política tradicional, que no sólo falló en interpretar las demandas populares sino que montó un sistema donde la autopreservación y la obtención de beneficios indebidos mediante una estructura criminal prevalecieron sobre la obligación de servir a una sociedad que le ha retirado la confianza.
Durante los últimos tiempos se han difundido vastamente las declaraciones y actitudes de Bolsonaro, cuya incorrección política le ha deparado el mote de “Trump brasileño” aunque en rigor supera cómodamente al norteamericano en materia de racismo, misoginia, homofobia y desprecio por las instituciones. Aunque en este tramo de la campaña ha tomado un rumbo algo más moderado, en un corrimiento lógico para asegurarse el escaso porcentaje de votos que le faltó para ser electo en primera vuelta, está claro que todo aquel discurso no se conformaba con exabruptos o provocaciones, sino que era la expresión genuina de un pensamiento marcadamente autoritario e intolerante.
Sin embargo, su imagen de “outsider” de la política -aunque su actuación pública no es nueva- lo ubica como una de las pocas figuras no salpicadas por los esquemas de corrupción sistemática que las investigaciones judiciales han puesto al descubierto en los últimos años, y que involucran no solamente a los líderes del Partido de los Trabajadores (ganador de las cuatro últimas elecciones presidenciales) sino a los de prácticamente todas las fuerzas tradicio- nales, oficialistas u opositoras, que en ese aspecto nunca pudieron presentarse como una alternativa apetecible para el electorado.
El otro gran atractivo de Bolsonaro parecen ser sus propuestas de “mano dura” contra la delincuencia, que incluyen la delirante idea de invitar -y no solamente permitir- a los ciudadanos armarse en su defensa, y la de declarar por anticipado todos los casos de presunto “gatillo fácil” de las fuerzas de seguridad como producto de la legítima defensa, sin investigación previa de ninguna naturaleza.
Más allá de las circunstancias específicas que se han dado en Brasil, el crecimiento de este tipo de liderazgos malsanos y contrarios a los principios de convivencia que deberían regir en toda sociedad civilizada sigue erigiéndose como una amenaza mucho mayor que aquellas que viene a conjurar. Pero quienes creen en la democracia y en sus principios no pueden limitarse a lamentar la situación. Deben examinar las falencias que alimentan estos desvaríos, que van desde la corrupción generalizada a la incompetencia en la administración de la economía, pasando por la falta de comprensión de las demandas de una ciudadanía a la que han proporcionado muy buenas razones para darles la espalda.
Sin embargo, su imagen de “outsider” de la política -aunque su actuación pública no es nueva- lo ubica como una de las pocas figuras no salpicadas por los esquemas de corrupción sistemática que las investigaciones judiciales han puesto al descubierto en los últimos años, y que involucran no solamente a los líderes del Partido de los Trabajadores (ganador de las cuatro últimas elecciones presidenciales) sino a los de prácticamente todas las fuerzas tradicio- nales, oficialistas u opositoras, que en ese aspecto nunca pudieron presentarse como una alternativa apetecible para el electorado.
El otro gran atractivo de Bolsonaro parecen ser sus propuestas de “mano dura” contra la delincuencia, que incluyen la delirante idea de invitar -y no solamente permitir- a los ciudadanos armarse en su defensa, y la de declarar por anticipado todos los casos de presunto “gatillo fácil” de las fuerzas de seguridad como producto de la legítima defensa, sin investigación previa de ninguna naturaleza.
Más allá de las circunstancias específicas que se han dado en Brasil, el crecimiento de este tipo de liderazgos malsanos y contrarios a los principios de convivencia que deberían regir en toda sociedad civilizada sigue erigiéndose como una amenaza mucho mayor que aquellas que viene a conjurar. Pero quienes creen en la democracia y en sus principios no pueden limitarse a lamentar la situación. Deben examinar las falencias que alimentan estos desvaríos, que van desde la corrupción generalizada a la incompetencia en la administración de la economía, pasando por la falta de comprensión de las demandas de una ciudadanía a la que han proporcionado muy buenas razones para darles la espalda.

