Opinión | Editorial |

El elevado costo de mantener el dólar bajo control

Aun cuando no se lo reconozca abiertamente, el anuncio del ministro de Hacienda sobre la colocación de casi diez mil millones de dólares da la impresión de añadir munición gruesa a lo que aparecía como una estrategia insuficiente para contener la presión sobre la moneda norteamericana, basada en la fijación de tasas de interés altísimas que tienen un efecto demoledor sobre la actividad productiva.

Luego de varios días durante los cuales el fantasma de la corrida cambiaria pareció amenazar con su regreso, el ministro de Hacienda y Finanzas, Nicolás Dujovne, anunció que el Gobierno pondrá a disposición del mercado casi diez mil millones de dólares, en licitaciones sucesivas de sesenta millones diarios previstas para colocar gradualmente a lo largo de los próximos meses.  Aun cuando no se lo reconozca abiertamente, la medida da la impresión de añadir munición gruesa a lo que aparecía como una estrategia insuficiente para contener la presión sobre la moneda norteamericana, basada en la fijación de tasas de interés altísimas que tienen un efecto demoledor sobre la actividad productiva.



En rigor, se suponía que tratar de contener la demanda de dólares a través de su venta directa desde organismos públicos era una política abandonada luego de la firma del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que por principio aboga por la libre flotación de la divisa y es renuente a aceptar intervenciones en el mercado de cambios por parte del Estado. Pero además, rechaza la idea de que la fuerte suma que le presta a la Argentina sea empleada para financiar una fuga de divisas, como la que se corporiza desde el año pasado más allá de las intermitencias y los períodos de relativa calma. 



El hecho de que Dujovne realizara el anuncio inmediatamente después de reunirse con la titular del FMI, Christine Lagarde, conduce a la lógica deducción de que después de los sobresaltos de los días recientes consiguió cierta indulgencia en esta materia. Sin embargo, el ministro negó que el propósito de las licitaciones sea intervenir en el mercado de cambios, sino simplemente proveerse de moneda nacional que el Gobierno requiere porque tiene “un programa financiero en pesos que necesita ser financiado”. 



El argumento tendría sentido a partir del compromiso de no ampliar la base monetaria en pesos, que acaba de reafirmarse y extenderse desde el Banco Central el mismo día en que se conoció el terrorífico índice inflacionario de febrero. Sin embargo, imaginar que en realidad se trata de una excusa para no reconocer el alejamiento de los criterios ortodoxos del Fondo resulta tan inevitable como desconfiar de la palabra de Dujovne cuando dice que el tema no fue tratado en la reunión de “rutina” (así la definió) que mantuvo con la jefa del FMI.



Claro está, el ministro no pudo menos que admitir que las compras de pesos incidirían sobre la cotización del dólar, aunque como una especie de efecto colateral, ya que, como no dejó de insistir, ese no constituye su objetivo. En cualquier caso, independientemente de las verdaderas motivaciones de la operatoria, el destino de los dólares seguirá siendo el mismo que incluso los más enérgicos detractores del FMI coincidirán en cuestionar: la fuga de capitales que empobrece al país y a sus habitantes, causa y consecuencia del fracaso de planes de gobierno de los más variados a lo largo de la ajetreada historia económica argentina.