Opinión | Editorial |

La confianza de Aranguren

Que seguir perdiendo dinero por tener sus ahorros depositados en el exterior le parezca al ministro Juan José Aranguren preferible a arriesgarlos trayéndolos a la Argentina no habla solamente de sus condiciones morales o del espíritu de sacrificio que su jefe le atribuye; no habla tanto de él mismo, en realidad, como de la capacidad del Gobierno del que forma parte de brindar certezas sobre el futuro del rumbo elegido.

La recurrente polémica en torno de los funcionarios que guardan grandes sumas de dinero en el exterior se han vuelto, prácticamente desde la presentación de la primera tanda de declaraciones juradas del gobierno de Cambiemos, en uno de los factores que más lo exponen a los cuestionamientos de la oposición, pero también de una gruesa porción de la opinión pública que incluye a no pocos simpatizantes del propio oficialismo. Luego de que hace poco más de un mes la cuestión colocara en el ojo de la tormenta al ministro Nicolás Dujovne, ahora le tocó el turno a su colega Juan José Aranguren, con el agravante de haber vinculado su decisión con la falta de confianza en el país.

La defensa del presidente Mauricio Macri a su colaborador puesto bajo fuego expresa la marcada diferencia en las percepciones respecto de las condiciones personales y la trayectoria del aludido. Mientras la larga experiencia de Aranguren como ejecutivo de una multinacional del mismo sector sobre el cual tiene incumbencia como ministro lo vuelve para algunos sospechoso de incurrir en conflictos de intereses y hasta en negociados montados para su beneficio personal, para su jefe prueba su nobleza y predisposición para sacrificarse en beneficio del país que tan mal se lo estaría agradeciendo.

Sin embargo, ni siquiera quien comparta la posición de Macri, e incluso valore la firmeza con que defiende a quien por lidiar con el odioso tema de los ajustes tarifarios es uno de los personajes del Gobierno que más rechazo suscitan en la sociedad, debería suscribir la idea de que el “sacrificio” de Aranguren le da una venia para justificar la tenencia de dinero en el exterior. Y mucho menos las razones por las cuales lo hace, que más allá de la admisión más o menos explícita afectan al Gobierno que integra, y tiene invertido gran parte de su capital político precisamente en generar confianza frente a los inversores externos.

Puede incluso decirse, en favor de Aranguren, que su caso no es equiparable al del ministro de Finanzas Luis Caputo, porque no hay dudas sobre la legitimidad de origen del dinero declarado, que además tampoco está en los invariablemente sospechosos paraísos fiscales. Pero no responde a la pregunta obvia: ¿cómo se puede esperar que el mundo traiga su dinero a la Argentina si los propios integrantes del Gobierno prefieren mantenerlo afuera, incluso cuando, como el propio ministro alega, tenerlo ahí le suministra un rendimiento en intereses por debajo de la inflación mundial?

Acaso sea cierto que, como dijo Macri, Aranguren haya “perdido muchísima plata” al convertirse en ministro. Pero que seguir perdiéndola en el exterior le parezca preferible a arriesgarla trayéndola a la Argentina no habla solamente de sus condiciones morales o su espíritu de sacrificio; no habla tanto de él mismo, en realidad, como de la capacidad del Gobierno, su gobierno, de brindar certezas sobre el futuro del rumbo elegido. Y eso no se puede arreglar con elogios y palabras de aliento.