Opinión | Editorial |

La economía, otra vez bajo la amenaza del dólar

Los sobresaltos experimentados la semana última con la cotización del dólar vuelven a poner de manifiesto que las debilidades estructurales localizadas en el origen de la inestabilidad del mercado cambiario están lejos de haber desaparecido, además de ratificar las limitaciones de la estrategia con que se pretende mantener el problema bajo control.

Luego de haber permanecido durante un período relativamente prolongado como una de las pocas variables de la economía en condiciones de brindar alguna señal favorable, el dólar volvió a avisar que sigue listo para romper cualquier módico equilibrio que morigere la zozobra a la que los argentinos se encuentran tan habituados. Los sobresaltos de la semana última vuelven a poner de manifiesto que las debilidades estructurales localizadas en el origen de la inestabilidad del mercado cambiario están lejos de haber desaparecido, además de ratificar las limitaciones de la estrategia con que se pretende mantener el problema bajo control.



Indudablemente, y más allá de los factores estrictamente coyunturales que puedan haber incidido en los vaivenes de los últimos días -como, por ejemplo, una evaluación negativa de una calificadora de riesgo-, la paz cambiaria no era producto de la recuperación de la confianza en la marcha de la economía argentina. Tampoco de que se instalara la idea de que después de la colosal devaluación del año pasado la cotización del dólar había alcanzado un punto de equilibrio y simplemente no era razonable esperar que siguiera subiendo, con lo cual la compra debería haber sido considerada un mal negocio por los operadores.



En efecto, la reducción de la demanda de dólares se debió a las altas tasas de interés ofrecidas por el Banco Central para las colocaciones en pesos, que invitaban a la especulación al prometer grandes ganancias en poco tiempo, como compensación a lo que seguía siendo considerado un negocio riesgoso. Por eso, bastó que la autoridad monetaria comenzara a recortar esos rendimientos -de una manera paulatina y muy moderada- para que los operadores volvieran a presionar a la moneda norteamericana y se percibiera como indispensable frenar la baja de tasas primero y luego retomar la suba para revertir lo que a la luz de la traumática experiencia reciente había pasado a percibirse como una tendencia amenazante.  



Esto ocurrió a pesar de que, aun con los progresivos recortes en la tasa de interés de los días previos, los rendimientos de las letras emitidas por el Banco Central seguían estando muy por encima de la inflación prevista -oficialmente o por especialistas no vinculados con el Gobierno- para el año en curso. Es decir, la opción por el dólar seguía siendo la preferida cuando quedarse en pesos ofrecía una ganancia probable de al menos unos quince puntos  en términos reales e hizo falta ofrecer una rentabilidad todavía más elevada para que por fin el dólar bajara, el viernes pasado.



Desde luego, el resultado de esta estrategia no es inocuo. Las tasas fijadas por el Banco Central son de referencia para todo el sistema financiero, de manera que el crédito para producción o para consumo se vuelve carísimo o directamente inaccesible. El costo de mantener el dólar quieto es la profundización de la recesión, de la que precisamente se esperaba salir, a un ritmo muy prudente, con esa progresiva baja de tasas que ahora no podrá continuar, en tanto la amenaza de una nueva corrida cambiaria se mantenga latente.



Por cierto, la estabilidad del mercado cambiario, íntimamente asociada al control de la inflación, y el crecimiento económico, con su correlato en el empleo, no deberían necesariamente ser opciones opuestas y excluyentes. Sin embargo, parecen en este momento haberse convertido en eso. Encontrar la manera de compatibilizarlos es un desafío tan grande como el de recuperar una confianza que ahora el Gobierno está comprando a un precio prohibitivo.