Amás de cuatro décadas del asesinato del obispo Enrique Angelelli por obra de la dictadura militar, la decisión del papa Francisco de beatificarlo termina de cerrar un giro notable de la Iglesia en torno de un tema que durante años parecía generarle más incomodidad que indignación. El reconocimiento de que el prelado, así como dos sacerdotes y un laico que eran sus discípulos y seguidores, sufrieron el “martirio por odio de la fe”, reivindica a la parte minoritaria de la jerarquía eclesiástica que se plantó en alguna medida contra el régimen criminal de 1976-1983, sin que ello permita olvidar las miserias de la mayoría que optó por una prescindencia peligrosamente parecida a la complicidad.
Angelelli, quien en 1976 era obispo de La Rioja, volvía del funeral de sus colaboradores, secuestrados, torturados y asesinados por fuerzas represivas, cuando el automóvil en que se conducía fue atacado en plena ruta, y murió como consecuencia del vuelco resultante. La “investigación” manipulada por las autoridades militares decretó que lo ocurrido fue un accidente, y la Iglesia aceptó la versión pese a todas las evidencias en contrario, incluido el relato del sobreviviente chofer del vehículo.
De hecho, ese acatamiento a “la historia oficial” prosiguió incluso luego de que con el retorno de la democracia se reflotara la causa judicial, abortada por las leyes de obediencia debida y punto final. Y recién cambió en 2006, cuando en el trigésimo aniversario de la muerte de Angelelli el entonces cardenal Jorge Bergoglio formó una comisión para buscar una verdad que ya se conocía a partir de investigaciones periodísticas, y abordaba también la Justicia con la reapertura de las causas sobre los crímenes de la dictadura.
La beatificación, aparte de convertir a Angelelli y sus colaboradores en las primeras víctimas de la dictadura en ingresar en un proceso que podría culminar en su elevación a la condición de santos, significa el reconocimiento de que fue su vocación de vivir en consonancia con los valores cristianos la razón por la cual murieron violentamente. Algo digno de celebración para los creyentes y para los que sin serlo comparten algunos de esos valores por herencia cultural y por su intrínseca virtud.
Sin embargo, no deja de ser una paradoja que la institución a la que pertenecían y en nombre de la cual se inmolaron llegue a esta conclusión con 42 años de demora, retrasada incluso respecto de la parsimoniosa Justicia argentina, que dictó sus condenas por el crimen de Angelelli en 2014. Como para dejar en claro que su actuación durante la dictadura sigue siendo un motivo por el cual es pertinente pedirle explicaciones -y autocrítica- a la Iglesia.
De hecho, ese acatamiento a “la historia oficial” prosiguió incluso luego de que con el retorno de la democracia se reflotara la causa judicial, abortada por las leyes de obediencia debida y punto final. Y recién cambió en 2006, cuando en el trigésimo aniversario de la muerte de Angelelli el entonces cardenal Jorge Bergoglio formó una comisión para buscar una verdad que ya se conocía a partir de investigaciones periodísticas, y abordaba también la Justicia con la reapertura de las causas sobre los crímenes de la dictadura.
La beatificación, aparte de convertir a Angelelli y sus colaboradores en las primeras víctimas de la dictadura en ingresar en un proceso que podría culminar en su elevación a la condición de santos, significa el reconocimiento de que fue su vocación de vivir en consonancia con los valores cristianos la razón por la cual murieron violentamente. Algo digno de celebración para los creyentes y para los que sin serlo comparten algunos de esos valores por herencia cultural y por su intrínseca virtud.
Sin embargo, no deja de ser una paradoja que la institución a la que pertenecían y en nombre de la cual se inmolaron llegue a esta conclusión con 42 años de demora, retrasada incluso respecto de la parsimoniosa Justicia argentina, que dictó sus condenas por el crimen de Angelelli en 2014. Como para dejar en claro que su actuación durante la dictadura sigue siendo un motivo por el cual es pertinente pedirle explicaciones -y autocrítica- a la Iglesia.

