Menos de un año después de haber formado parte del conjunto de áreas de gobierno “degradadas” por decisión del Poder Ejecutivo Nacional, en medio de una crisis que por entonces comenzaba a demostrar su vocación de prolongarse más allá que cualquier acto de voluntarismo oficial, el sector agropecuario ha recuperado su status de ministerio, que había ostentado durante los primeros 30 meses de la gestión de Mauricio Macri. Independientemente de cualquier juicio sobre la jerarquía que corresponde a una actividad cuyo peso en la historia, la estructura productiva y la identidad cultural del país es sin duda enorme, difícilmente pueda esta decisión escapar a la sospecha de que está guiada por el oportunismo más que por cualquier otra consideración.
En rigor, de todas las “víctimas” de la reforma que el año pasado recortó el número de ministerios a menos de la mitad, Agroindustria no puede considerarse la más proclive a despertar sorpresa, o solidaridad. De hecho, desde la restauración de la democracia la norma fue que funcionara con el rango de secretaría, como Comercio e Industria, con mayores o menores grados de autonomía según los criterios de cada titular del Ejecutivo. Mucho más traumático pareció que se rebajara el rango de Salud o de Trabajo, en este último caso en un claro correlato simbólico del tipo de relación que el Gobierno había pasado a mantener con el sindicalismo.
Sin embargo, no queda claro hasta qué punto y en qué casos la desjerarquización fue una manera de materializar la decisión política de dedicar a alguna actividad menos tiempo y esfuerzo, o en cuáles el cambio se limitó a una pequeña reducción del salario del funcionario a cargo, que casi invariablemente continuaba siendo el mismo. No porque el Ministerio de Energía hubiera dejado de existir, por ejemplo, dejó de ser una prioridad la explotación de Vaca Muerta o perdió vigor el impulso a los proyectos de energías renovables, mientras el freno a la expansión de Ciencia y Tecnología se dio con el cambio de gobierno en diciembre de 2015 y no con la transformación en Secretaría. Y no hay pruebas de que si Salud hubiera permanecido con el rango atribuido originalmente no habría habido faltante de vacunas.
En el caso de Agroindustria, siempre mereció la máxima consideración por parte del gobierno, y si hubo medidas contrarias al interés del sector -como la suspensión de las promesas relacionadas con las retenciones a las exportaciones, que el presidente Mauricio Macri retomó ayer en su discurso en la Exposición Rural- fue por necesidades de caja extremas que nada tuvieron que ver con el status del área. En cierta forma, resulta paradójico que se anuncie que la elevación del rango es un “premio” al desempeño del campo, con su cosecha récord, y que aunque no modificará su presupuesto le dará “otra voz” dentro del Gabinete. Porque de hecho, el sentido común aconsejaría haberle prestado más atención cuando, debido a la sequía, le iba mal y necesitaba más respaldo.
En ese sentido, más que de un premio o una reivindicación sería más apropiado hablar de un acto de campaña. Acaso innecesario, porque por muy buenas razones, teniendo en cuenta la traumática relación con el campo que mantuvo el Gobierno anterior, cargada de una hostilidad a veces incomprensible, el respaldo del sector está poco menos que asegurado para el responsable de esta simbólica jerarquización.
Sin embargo, no queda claro hasta qué punto y en qué casos la desjerarquización fue una manera de materializar la decisión política de dedicar a alguna actividad menos tiempo y esfuerzo, o en cuáles el cambio se limitó a una pequeña reducción del salario del funcionario a cargo, que casi invariablemente continuaba siendo el mismo. No porque el Ministerio de Energía hubiera dejado de existir, por ejemplo, dejó de ser una prioridad la explotación de Vaca Muerta o perdió vigor el impulso a los proyectos de energías renovables, mientras el freno a la expansión de Ciencia y Tecnología se dio con el cambio de gobierno en diciembre de 2015 y no con la transformación en Secretaría. Y no hay pruebas de que si Salud hubiera permanecido con el rango atribuido originalmente no habría habido faltante de vacunas.
En el caso de Agroindustria, siempre mereció la máxima consideración por parte del gobierno, y si hubo medidas contrarias al interés del sector -como la suspensión de las promesas relacionadas con las retenciones a las exportaciones, que el presidente Mauricio Macri retomó ayer en su discurso en la Exposición Rural- fue por necesidades de caja extremas que nada tuvieron que ver con el status del área. En cierta forma, resulta paradójico que se anuncie que la elevación del rango es un “premio” al desempeño del campo, con su cosecha récord, y que aunque no modificará su presupuesto le dará “otra voz” dentro del Gabinete. Porque de hecho, el sentido común aconsejaría haberle prestado más atención cuando, debido a la sequía, le iba mal y necesitaba más respaldo.
En ese sentido, más que de un premio o una reivindicación sería más apropiado hablar de un acto de campaña. Acaso innecesario, porque por muy buenas razones, teniendo en cuenta la traumática relación con el campo que mantuvo el Gobierno anterior, cargada de una hostilidad a veces incomprensible, el respaldo del sector está poco menos que asegurado para el responsable de esta simbólica jerarquización.

