Como se pone en evidencia periódicamente, el enorme beneficio que ha significado para la humanidad la irrupción de las vacunas como mecanismo para prevenir enfermedades en otros tiempos temibles es continuamente jaqueado no sólo por deficiencias en los sistemas sanitarios, sino por corrientes de pensamiento que sin mayor fundamento científico ni empírico se alzan en su contra. La irrupción de un brote de sarampión en Nueva York, seguramente uno de los centros urbanos más ricos y civilizados del mundo, demuestra que los graves peligros asociados a la ignorancia no reservan su capacidad de daño a las comunidades con mayores carencias materiales, aun cuando obviamente estas son sus víctimas más expuestas y con menor capacidad de respuesta.
En rigor, el origen del brote neoyorquino se ha rastreado a través de una ruta que arranca en Ucrania y pasa por Israel, lo cual en un mundo tan interconectado como el actual exhibe la imposibilidad de mantener un control absoluto sobre la circulación de los microorganismos portadores de enfermedades. Pero más allá de su particular desarrollo, el caso permitió poner en primer plano la vigencia del sarampión pese a la fuerte decisión política de “declararle la guerra” adoptada por la Organización de las Naciones Unidas en 2001.
La ofensiva, cuya arma principal fue obviamente la vacunación masiva, incluyendo mecanismos de financiamiento para las campañas en países más pobres, logró una reducción sustancial de la incidencia de la enfermedad, del orden del 80 por ciento, durante los siguientes tres lustros. Sin embargo, se ha advertido una reversión desde 2016; todavía se registran decenas de miles de casos en algunos países de Asia y África, y nuestra región no está exenta, con unos diez mil casos anuales en Brasil y algo más de cinco mil en Venezuela.
A la hora de explicar el retroceso, la Organización Mundial de la Salud ha apuntado directamente contra los grupos “antivacunas”, que a partir de unas cuantas medias verdades y gruesos volúmenes de información desactualizada o directamente falsa consiguen estimular en individuos de todas las latitudes la desconfianza hacia los procedimientos preventivos promovidos por las autoridades sanitarias. Tienen como aliadas a las redes sociales y a la tendencia de parte de la población a creer acríticamente lo que les llega por esa vía, más allá de su carácter incomprobable y a la falta de legitimidad del emisor.
Frente a ello, corresponde reiterar no sólo que está sobradamente comprobado que las vacunas han salvado millones de vidas y lo siguen haciendo, sino que el carácter obligatorio de su aplicación no responde a un capricho ni a un negocio de los laboratorios.
Más allá de cualquier delirio paranoico, constituyen un elemento clave en políticas de salud pública destinadas a beneficiar directamente a los que son inoculados, pero también, al impedir la propagación de los agentes transmisores, al conjunto de la población.
La ofensiva, cuya arma principal fue obviamente la vacunación masiva, incluyendo mecanismos de financiamiento para las campañas en países más pobres, logró una reducción sustancial de la incidencia de la enfermedad, del orden del 80 por ciento, durante los siguientes tres lustros. Sin embargo, se ha advertido una reversión desde 2016; todavía se registran decenas de miles de casos en algunos países de Asia y África, y nuestra región no está exenta, con unos diez mil casos anuales en Brasil y algo más de cinco mil en Venezuela.
A la hora de explicar el retroceso, la Organización Mundial de la Salud ha apuntado directamente contra los grupos “antivacunas”, que a partir de unas cuantas medias verdades y gruesos volúmenes de información desactualizada o directamente falsa consiguen estimular en individuos de todas las latitudes la desconfianza hacia los procedimientos preventivos promovidos por las autoridades sanitarias. Tienen como aliadas a las redes sociales y a la tendencia de parte de la población a creer acríticamente lo que les llega por esa vía, más allá de su carácter incomprobable y a la falta de legitimidad del emisor.
Frente a ello, corresponde reiterar no sólo que está sobradamente comprobado que las vacunas han salvado millones de vidas y lo siguen haciendo, sino que el carácter obligatorio de su aplicación no responde a un capricho ni a un negocio de los laboratorios.
Más allá de cualquier delirio paranoico, constituyen un elemento clave en políticas de salud pública destinadas a beneficiar directamente a los que son inoculados, pero también, al impedir la propagación de los agentes transmisores, al conjunto de la población.

