Si la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha significado un factor profundamente disruptivo dentro de las relaciones internacionales, particularmente entre las naciones más ricas y poderosas, pocas veces ese viraje ha quedado demostrado tan claramente como en la cumbre del G-7 de la semana pasada. La insólita decisión del presidente de los Estados Unidos de retirar su respaldo a la declaración final de ese encuentro, pocas horas después de haberla avalado, ratifica no sólo lineamientos de una gestión que pueden o no discutirse, sino una inquietante elevación de rasgos de personalidad disvaliosos como el capricho y la imprevisibilidad al rango de política de Estado.
Tal como había ocurrido en la mayor parte de las reuniones multilaterales protagonizadas por Trump desde su acceso al poder, la cumbre desarrollada en la ciudad canadiense de Quebec estuvo marcada por sus discrepancias con los que se supone son sus aliados más estrechos. Su tendencia a actuar de manera unilateral, no sólo en asuntos diplomáticos -como en la decisión de trasladar a Jerusalén la embajada de Washington en Israel- sino sobre todo en temas comerciales, es una generadora serial de cortocircuitos que muchas veces sus interlocutores intentan minimizar para no empeorar la situación.
El hecho de que pese a esas diferencias haya podido negociarse un documento que aceptaran firmar todos los participantes puede considerarse un éxito, aun cuando naturalmente el contenido sea incompleto o ambiguo en algunos aspectos. Sin embargo, ese acuerdo de mínima se frustró porque Trump lo rompió a través de un mensaje por Twitter, ofendido por críticas del primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, a medidas norteamericanas que perjudican el comercio bilateral.
Desde luego, independientemente de cualquier valoración sobre los dichos de Trudeau, es obvio que la respuesta no sólo carece de sentido de la proporción sino que está claramente mal direccionada, al permitir que la furia y el rencor hacia uno de los participantes se extienda al resto y al grupo en su conjunto. Una actitud infantil, preocupante asimismo en alguien que, por estas horas, negocia un acuerdo en una materia tan delicada como la nuclear con un líder que demuestra una falta de mesura y prudencia equivalente como el norcoreano Kim Jong-un.
Luego de advertir que la conducta de un líder de un país de primera línea “no puede ser dictada por ataques de ira”, el presidente de Francia Emmanuel Macron respondió al desplante de Trump con una suerte de ruego poco esperanzado: “Seamos serios y dignos de nuestros pueblos”. Teniendo en cuenta los antecedentes del destinatario, no parece que esta apelación a la responsabilidad tenga demasiadas posibilidades de éxito.
El hecho de que pese a esas diferencias haya podido negociarse un documento que aceptaran firmar todos los participantes puede considerarse un éxito, aun cuando naturalmente el contenido sea incompleto o ambiguo en algunos aspectos. Sin embargo, ese acuerdo de mínima se frustró porque Trump lo rompió a través de un mensaje por Twitter, ofendido por críticas del primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, a medidas norteamericanas que perjudican el comercio bilateral.
Desde luego, independientemente de cualquier valoración sobre los dichos de Trudeau, es obvio que la respuesta no sólo carece de sentido de la proporción sino que está claramente mal direccionada, al permitir que la furia y el rencor hacia uno de los participantes se extienda al resto y al grupo en su conjunto. Una actitud infantil, preocupante asimismo en alguien que, por estas horas, negocia un acuerdo en una materia tan delicada como la nuclear con un líder que demuestra una falta de mesura y prudencia equivalente como el norcoreano Kim Jong-un.
Luego de advertir que la conducta de un líder de un país de primera línea “no puede ser dictada por ataques de ira”, el presidente de Francia Emmanuel Macron respondió al desplante de Trump con una suerte de ruego poco esperanzado: “Seamos serios y dignos de nuestros pueblos”. Teniendo en cuenta los antecedentes del destinatario, no parece que esta apelación a la responsabilidad tenga demasiadas posibilidades de éxito.

