Opinión | Editorial |

Un perdón selectivo y oportunista

La polémica suscitada por el “perdón” de Estela de Carlotto a Alberto Rodríguez Saá por un vergonzoso episodio que el actual gobernador de San Luis protagonizó durante la dictadura militar es un fiel reflejo de la partidización sufrida en los años recientes por una problemática que merecería quedar al margen de oportunismos y mezquindades, como la de los derechos humanos.

La visita a la provincia de San Luis de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, para recibir un reconocimiento a su trayectoria, dejó como saldo inesperado el “perdón” de la referente en materia de derechos humanos al gobernador Alberto Rodríguez Saá por una carta que envió en tiempos de la dictadura militar al entonces integrante de la Junta Emilio Massera. Más allá de actualizar un episodio cuyo protagonista seguramente habría preferido mantener enterrado en el olvido, la polémica resultante es un fiel reflejo de la partidización sufrida en los años recientes por una problemática que merecería permanecer al margen de oportunismos y mezquindades.

Al pedir castigos “ejemplares” contra políticos de su provincia que tildaba de “subversivos”, la carta expone a Rodríguez Saá como parte del sector de la sociedad civil que legitimaba a la dictadura, con un lenguaje que hasta sugiere que en su opinión el accionar represivo era demasiado “blando” e insuficiente. Si fue un “pecado de juventud”, pues entonces fue uno que pudo haber multiplicado los horrores de la época y el sufrimiento de las víctimas.

Sin embargo, consultada sobre aquel texto, Carlotto consideró que “la oportunidad del cambio hay que dársela a todos" y que, “si uno guardara esos malos recuerdos, pocos quedaríamos de pie”. Y con un lenguaje que remite a la concepción cristiana del perdón y la reconciliación añadió que “muchos han cometido errores, han vuelto al redil y se los ha recibido como a un hijo pródigo".

En sí mismo, el argumento es familiar, pues viene siendo esgrimido desde hace años por quienes abogan por dejar atrás el pasado oprobioso de la violencia política de aquellos años. Pero resulta insólito escuchárselo a alguien que siempre lo ha condenado, y con buenas razones, como un intento de dejar impune un abominable accionar criminal. Frente al cual, obviamente, el planteo no es dar oportunidades de cambiar o bienvenidas a ovejas descarriadas, sino el que se resume en un lema contundente: ni olvido ni perdón.

Si Estela de Carlotto hubiera cambiado de posición respecto de las complicidades civiles de la dictadura, para volverse más complaciente con las responsabilidades secundarias, acaso podría reclamar el respeto de quienes no compartieran su actitud. Pero resulta indisimulable que si Alberto Rodríguez Saá no se hubiera convertido hoy en aliado de Cristina Kirchner, el “mal recuerdo” de la carta no habría sido perdonado de ninguna manera. La foto de San Luis es otra versión, también vergonzosa salvando las distancias, de la de Hebe de Bonafini con el general César Milani.