La agitación con que comenzó la semana en el mercado cambiario revivió la incertidumbre que inevitablemente generan los movimientos bruscos en la cotización del dólar, con el condimento adicional que le da en esta oportunidad la proximidad de las elecciones primarias previstas para el domingo. Más allá de esta particularidad y de la avalancha de especulaciones sobre cómo podría la coyuntura financiera incidir en los resultados, tanto la suba de la divisa norteamericana como la del índice de riesgo país reflejan la vulnerabilidad de la economía argentina frente a la incidencia de factores externos en los que ni las autoridades ni los operadores locales tienen posibilidad alguna de influir.
Como ha ocurrido en otras ocasiones, el sacudón de ayer tuvo un alcance mundial, con mayor impacto en las economías emergentes; aunque como también se ha vuelto de rigor, la Argentina resultó más afectada que sus “socias en la desgracia”, precisamente porque al ser la más débil es la primera en provocar la huida de los capitales especulativos. Acaso la incertidumbre política de la hora pueda haber constituido una complicación adicional, pero lo cierto es que el mismo fenómeno se ha advertido varias veces sin necesidad de que hubiera un proceso electoral en marcha: la corrida cambiaria desencadenada en abril de 2018 es un ejemplo notorio.
Ahora fue un nuevo capítulo de la guerra comercial que el presidente Donald Trump le ha declarado a China, en el marco de la cual anticipó la imposición de nuevos aranceles a las importaciones del país asiático, que éste respondió con una devaluación de su moneda, el yuan. Sin entrar en los aspectos técnicos de este intercambio agresivo entre las dos potencias que se disputan la supremacía en la actualidad, la interpretación que se realiza en todo el planeta asocia mayores dificultades para el comercio con un menor crecimiento económico. Y cuando todos (o casi todos) pierden, los que más pierden son los que tienen menos autonomía para adoptar medidas de autodefensa.
Así como la Argentina festejaba hace apenas días otra decisión proveniente de los Estados Unidos -en este caso, la baja de tasas de interés dispuesta por la Reserva Federal-, esta vez la dependencia funciona en sentido contrario y las medidas que se toman, como la suba de tasas adoptada por el Banco Central para desincentivar la compra de dólares ofreciendo un rendimiento astronómico a quienes se queden en pesos, no pueden menos que profundizar la recesión. Si esto no basta, el dilema entre la estrategia de vender reservas para frenar el dólar a toda costa o dejarlo subir entendiendo que tratar de postergar lo inevitable sólo llevaría a perder fortunas que serían transferidas a los especuladores -como en los infructuosos intentos del año pasado-, refleja la existencia de un problema frente al cual todas las soluciones son malas.
Fuera de toda cuestión coyuntural, la de la guerra comercial en curso, la de la campaña electoral o cualquier otra, la Argentina necesita un debate serio e informado sobre cómo lograr que la integración al mundo -realmente necesaria si se quiere un progreso cierto- no conlleve una situación de vulnerabilidad tan extrema como para que decisiones ajenas, tomadas sin tener la más mínima consideración sobre sus efectos colaterales sobre los países emergentes, sean tan determinantes sobre su presente y sobre su futuro. Siempre será bueno aprovechar el “viento a favor”, pero cuando sopla en contra la alternativa debería ser en todo caso un avance más modesto, y no que la nave siempre parezca a punto de hundirse.
Ahora fue un nuevo capítulo de la guerra comercial que el presidente Donald Trump le ha declarado a China, en el marco de la cual anticipó la imposición de nuevos aranceles a las importaciones del país asiático, que éste respondió con una devaluación de su moneda, el yuan. Sin entrar en los aspectos técnicos de este intercambio agresivo entre las dos potencias que se disputan la supremacía en la actualidad, la interpretación que se realiza en todo el planeta asocia mayores dificultades para el comercio con un menor crecimiento económico. Y cuando todos (o casi todos) pierden, los que más pierden son los que tienen menos autonomía para adoptar medidas de autodefensa.
Así como la Argentina festejaba hace apenas días otra decisión proveniente de los Estados Unidos -en este caso, la baja de tasas de interés dispuesta por la Reserva Federal-, esta vez la dependencia funciona en sentido contrario y las medidas que se toman, como la suba de tasas adoptada por el Banco Central para desincentivar la compra de dólares ofreciendo un rendimiento astronómico a quienes se queden en pesos, no pueden menos que profundizar la recesión. Si esto no basta, el dilema entre la estrategia de vender reservas para frenar el dólar a toda costa o dejarlo subir entendiendo que tratar de postergar lo inevitable sólo llevaría a perder fortunas que serían transferidas a los especuladores -como en los infructuosos intentos del año pasado-, refleja la existencia de un problema frente al cual todas las soluciones son malas.
Fuera de toda cuestión coyuntural, la de la guerra comercial en curso, la de la campaña electoral o cualquier otra, la Argentina necesita un debate serio e informado sobre cómo lograr que la integración al mundo -realmente necesaria si se quiere un progreso cierto- no conlleve una situación de vulnerabilidad tan extrema como para que decisiones ajenas, tomadas sin tener la más mínima consideración sobre sus efectos colaterales sobre los países emergentes, sean tan determinantes sobre su presente y sobre su futuro. Siempre será bueno aprovechar el “viento a favor”, pero cuando sopla en contra la alternativa debería ser en todo caso un avance más modesto, y no que la nave siempre parezca a punto de hundirse.

