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Arranca el otoño y la energía asoma como un problema central

Argentina otra vez es importador neto de combustibles, en especial de gas. El 30% de lo que se consume ingresa por gasoductos desde Bolivia o por barcos. Pero la situación mundial multiplicó por 5 los costos y eso mete presión a los pocos dólares del Banco Central. Con las naftas pasa algo similar

Con escasos dólares en la billetera del Banco Central, la pérdida de la autonomía energética y el valor del petróleo y el gas volando por los aires, a la administración de Alberto Fernández sólo le queda rezar para que el invierno que empieza a mandar sus avisos de proximidad sea lo más benévolo posible.

Pero muchos actores de la economía nacional no pueden sentarse a orar y deben intentar adelantarse a los acontecimientos si no quieren sufrir las consecuencias de la falta de planificación. Por eso, ante un escenario de máxima incertidumbre en lo energético, ya hay empresas que intentan asegurarse al menos la provisión de fueloil para cubrir su necesidad durante los meses más fríos. Esa compra anticipada esconde lo que en realidad creen que será un hecho: va a faltar gas si el frío aprieta.

El gas por barco que la Argentina volvió a contratar en los últimos años, y que ingresa al país a través de los puertos de Escobar o Bahía Blanca, pasó, desde que comenzó la guerra, de 8,33 dólares el millón de BTU a más de 50 dólares (en Europa llegó a tocar los 100 y después bajó fuerte). Argentina necesita importar el 30% de su demanda, lo que habla de la magnitud del problema en ciernes. En números concretos: el año pasado el país importó gas por poco más de mil millones de dólares; si los valores se mantienen como hasta ahora, esa cifra podría crecer a 5 o 6 mil millones de dólares.

Pero hay otra opción para abastecer al país de gas: Bolivia. A través del gasoducto del norte la inyección de metros cúbicos del fluido de la cuenca boliviana ofrece una alternativa, pero los especialistas explican que la capacidad de exportar del vecino país no resultó la esperada y no habría que esperar grandes aportes desde allí. De todos modos, esta es otra alternativa que demandaría fuertes sumas de dólares.

El año pasado el país importó gas por poco más de mil millones de dólares; si los valores se mantienen como hasta ahora, esa cifra podría crecer a 5 o 6 mil millones de dólares.

Claramente la dificultad estará en los meses de frío, que es cuando “entra” a la demanda el usuario residencial con mayor fuerza y además, como es lógico, es prioritario. Es decir, ante un escenario de escasez, lo último que se corta o interrumpe es la entrega a los hogares. Por eso los actores de la industria, que tienen memoria reciente de inviernos con dificultades de provisión, empezaron a mover sus compras en combustibles alternativos. En este punto hay un vaso comunicante con la provisión de energía eléctrica: las usinas utilizan en su mayoría gas para producir electricidad. Es otro segmento que está buscando fueloil para abastecerse. Naturalmente, cuando hay dificultades en el horizonte de un combustible y la demanda empieza a volcarse a otro, este sube el precio. Es lo que ocurre también ahora con el fueloil y que muchos temen que se profundice. En última instancia, producir energía eléctrica será más caro, y ahí va otro desafío adicional para el Gobierno: cumplir con las metas del FMI, en particular con los compromisos de bajar el déficit fiscal cuando uno de los puntos centrales que se habían acordado para eso era atacar los subsidios económicos. Y dentro de ellos, los energéticos ocupan 2,3 puntos del PBI.El transporte suma 0,7 puntos más. ¿Cómo reducir subsidios en un escenario de fuerte aumento de las commodities energéticas? Por ahora es una pregunta sin respuestas porque incluso aumentando las tarifas como está previsto, el resultado de esa ecuación podría terminar peor de lo que está hoy.

El encierro que tiene el Gobierno en este punto podría haberse evitado si la Argentina hubiese avanzado decididamente para alentar la explotación de Vaca Muerta, que sigue siendo una gran promesa. Pero eso lleva años de decisiones sostenidas, algo que no es frecuente en el país desde hace mucho tiempo: lo que muchos llaman políticas de Estado, que son las que en definitiva permiten sortear dificultades de esta envergadura. Hoy ya es tarde y el país no sólo no produce suficiente gas, aun teniendo la segunda reserva más grande de gas no convencional del mundo, sino que además, aun con capacidad de extraerlo, no tiene sistemas de transporte adecuados. No hay gasoductos suficientes para transportar ese gas a los centros de consumo, especialmente en la provincia de Buenos Aires, sur de Santa Fe y Córdoba.

Pero en materia energética hay otro capítulo que está instalado de lleno pero que se mantiene aún al margen de la agenda: lo que ocurre con el etanol de maíz. Las etanoleras plantearon en una trilogía de cartas enviadas a la Secretaría de Energía que si no hay una respuesta pronto deberán paralizar la producción. Lo que señalan en esos escritos es que el precio del maíz creció 70% desde septiembre y que el etanol aumentó 21% en el mismo período. Por eso aseguran que la ecuación se rompió y que cada litro de alcohol que elaboran es más dinero que pierden. ¿Qué pasa si las etanoleras de maíz se paralizan?La Argentina debería importar naftas porque no tiene más capacidad de producción en las destilerías. De hecho, no hay desabastecimiento porque el 12% de la oferta es alcohol (6% de caña y 6% de maíz). Eso llevaría otra vez a gastar más dólares que no hay. Importar cada litro de nafta implicaría un costo de $130 frente a los $72 que pagan las petroleras por el etanol. Ante esa brecha, Energía analiza un ajuste extra del valor del etanol que se podría conocer en los próximos días.