A cuarenta minutos en auto desde Río Cuarto, la escuela rural Doctor Carlos Saavedra Lamas hace 70 años recibe a estudiantes de la zona. Tres generaciones de familias se formaron en allí. En la actualidad hay alrededor de una decena de estudiantes que la mantiene viva.
El predio tiene una hectárea. En el centro está ubicado el edificio que contiene un aula, la biblioteca, un salón de actos y la casa donde vive el maestro de lunes a viernes. A un costado, los baños que dan al patio de cemento. En la parte de atrás, una cancha de fútbol rodeada por eucalyptus que son utilizados como escondite en los juegos infantiles.
Daniel Machado es el docente que está al frente de la escuela primaria desde el 2004. “Amo la ruralidad, dar clases en el campo, porque cualquier propuesta pedagógica que se te ocurra la podés desarrollar. No es lo mismo que en la ciudad. Los chicos están predispuestos a hacer lo que le propongas”, explicó. En un momento de su carrera llegó a tener 20 alumnos en el aula. Y mucho tiempo antes, hubo hasta 35 alumnos inscriptos.
Estudiar en una escuela rural es una facilidad para muchas familias que viven en campos cercanos, y que de otra manera, deberían viajar varios kilómetros para acceder a la educación. En los últimos años, se produjo una migración del campo a la ciudad y además, los hermanos que comenzaron el secundario arrastraron a sus hermanos más chicos a comenzar las clases en otras escuelas.
-¿Cómo es dar clases en una escuela rural?
-La educación es más personalizada. Se trabaja mucho más que con los chicos en la ciudad. Acá tenemos sala de 4 años a sexto grado. Trabajamos de manera integrada, en una multisala. En general, vemos un tema común y lo vamos complejizando según la edad. Por ejemplo, si es un cuento lo más grandes lo reescriben e interpretan, los más chicos dibujan, y muestran características de los personajes.
-¿Tienen instancias de encuentro con otras escuelas rurales?
-Para las efémerides del 25 de mayo, 20 de junio, 17 de agosto y el 10 de noviembre hacemos actos compartidos con la escuela de La Aguada, Rodeo Viejo y Colonia La Nueva. Cada uno prepara algo y vamos todos a una escuela. La anfitriona ofrece un chocolate caliente o algo para comer y compartir entre todos. También hacemos una feria de ciencia, de la que participan alrededor de 30 escuelas. Quizás este año, que es la vigésima edición, nos toque ser sede. Se realiza el último viernes de septiembre.
El día a día
Luciano, Matías, Guadalupe, Mateo y Benjamín se adelantaron al inicio de clases para reunirse con su maestro y abrir la escuela para la nota. El reencuentro con Daniel tras el receso de verano fue con abrazos en el medio del patio. Los niños son parte del grupo que este año retoma las clases en Campo La Piedra. En 2017 terminaron doce, y este año van a ser diez en total.
Ante el pedido de conocer el lugar, los chicos fueron los encargados de armar un recorrido por las instalaciones de la escuela y describir cómo es un día de clases normal. La hora de matemáticas y la de plástica es la que más disfrutan. También se divierten jugando al fútbol entre todos y festejando los cumpleaños.
-¿Cómo son los cumpleaños en la escuela?
-Guadalupe: Hacemos sorpresas. Para el mío, llamaron a todos a la Dirección menos a mí y me quedé con la duda. Después cuando fui a ver estaban todos reunidos con una tarjeta grande que habían hecho para regalarme. Otras veces nos escondemos detrás de la puerta para sorprender al cumpleañero cuando entra.
El aula donde funciona la biblioteca tiene pocos metros cuadrados pero allí están guardados los juegos didácticos, las computadoras y los libros que los chicos usan en clase o se llevan a la casa. “A veces cuando el profe tiene una reunión nos prepara el cañón y vemos una peli proyectada en la pared”, contó Luciano.
A pesar de contar con computadoras de escritorio y netbooks del plan Conectar Igualdad, en la escuela no reciben señal de internet. Sin embargo, utilizan las másquinas para escribir cuentos, los imprimen y luego los recrean en vivo al frente del aula. A veces en pares, otras de manera individual.
A la clase de educación física la comparten con una profesora que viene recorriendo distintas escuelas rurales.
Tanto los alumnos más grandes como los más chicos sostuvieron que les gusta compartir el aula, porque se divierten, se ayudan con los deberes, y también tienen espacio para realizar las tareas cada uno sin molestarse.
Machado reconoció que “los más chicos son desinhibidos, son más espontáneos” y que entre los hermanos “no surgen inconvenientes”. “En la escuela tratan de diferenciarse, y después en su casa son hermanos”, aseguró el docente.
Falta de mantenimiento
Desde la Cooperadora escolar señalaron a PUNTAL el mal estado del edificio, que funciona desde el año 48. Las puertas del baño rotas -la del baño de niñas, directamente caída-; huellas de humedad en techos y paredes; vidrios emparchados y ventanas que no abren son algunas de las evidencias. Además, hay un problema más grave que es la falta de agua potable. “Deberían hacer una perforación más profunda, que tiene un costo estimativo de $ 60.000 que la cooperadora escolar no puede afrontar”, dijo Reynalo Reineri, uno de los padres. Cada estudiante debe llevar una botella de agua desde su casa. Lo mismo, el maestro que vive en la escuela de lunes a viernes.
“Hemos reclamado al jefe comunal de Las Albahacas porque es quien recibe el dinero de un fondo destinado a las escuelas rurales. Nos respondió que nos quedemos tranquilos pero no hubo novedades”, sostuvieron los integrantes de la cooperadora.
La limpieza del aula y los baños corre por cuenta de los padres, al igual que la compra de las garrafas.
Hacen algunos eventos para recolectar dinero, pero no sacan más de $ 20.000 al año.
“La escuela no se beneficia con más chicos pero es triste que haya pocos”, dijo Reineri, exalumno y papá de tres chicos que estudian allí.
Vivir en la escuela
La casa del maestro tiene una cocina, un comedor, un baño y una habitación. De lunes a viernes, Daniel se queda en la escuela para evitar el cansancio de viajar todos los días.
-¿En los tiempos libres, qué hacés?
-Me pongo a hacer cosas para la escuela. No me gusta repetir, me gusta innovar. Hacer cosas interesantes. Planifico las actividades de fin de año. Siempre me gusta armar algún número artístico. Los padres no se prenden pero los exalumnos si los llamo vienen. Y yo también me sumo si es necesario.
Machado no vive solo: tiene siete perros. Y en sus ratos libres también aprovecha para salir a caminar.
“Ves este paisaje, no lo cambio por nada”, aseguró.
Magdalena Bagliardelli
Daniel Machado es el docente que está al frente de la escuela primaria desde el 2004. “Amo la ruralidad, dar clases en el campo, porque cualquier propuesta pedagógica que se te ocurra la podés desarrollar. No es lo mismo que en la ciudad. Los chicos están predispuestos a hacer lo que le propongas”, explicó. En un momento de su carrera llegó a tener 20 alumnos en el aula. Y mucho tiempo antes, hubo hasta 35 alumnos inscriptos.
Estudiar en una escuela rural es una facilidad para muchas familias que viven en campos cercanos, y que de otra manera, deberían viajar varios kilómetros para acceder a la educación. En los últimos años, se produjo una migración del campo a la ciudad y además, los hermanos que comenzaron el secundario arrastraron a sus hermanos más chicos a comenzar las clases en otras escuelas.
-¿Cómo es dar clases en una escuela rural?
-La educación es más personalizada. Se trabaja mucho más que con los chicos en la ciudad. Acá tenemos sala de 4 años a sexto grado. Trabajamos de manera integrada, en una multisala. En general, vemos un tema común y lo vamos complejizando según la edad. Por ejemplo, si es un cuento lo más grandes lo reescriben e interpretan, los más chicos dibujan, y muestran características de los personajes.
-¿Tienen instancias de encuentro con otras escuelas rurales?
-Para las efémerides del 25 de mayo, 20 de junio, 17 de agosto y el 10 de noviembre hacemos actos compartidos con la escuela de La Aguada, Rodeo Viejo y Colonia La Nueva. Cada uno prepara algo y vamos todos a una escuela. La anfitriona ofrece un chocolate caliente o algo para comer y compartir entre todos. También hacemos una feria de ciencia, de la que participan alrededor de 30 escuelas. Quizás este año, que es la vigésima edición, nos toque ser sede. Se realiza el último viernes de septiembre.
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Luciano, Matías, Guadalupe, Mateo y Benjamín se adelantaron al inicio de clases para reunirse con su maestro y abrir la escuela para la nota. El reencuentro con Daniel tras el receso de verano fue con abrazos en el medio del patio. Los niños son parte del grupo que este año retoma las clases en Campo La Piedra. En 2017 terminaron doce, y este año van a ser diez en total.
Ante el pedido de conocer el lugar, los chicos fueron los encargados de armar un recorrido por las instalaciones de la escuela y describir cómo es un día de clases normal. La hora de matemáticas y la de plástica es la que más disfrutan. También se divierten jugando al fútbol entre todos y festejando los cumpleaños.
-¿Cómo son los cumpleaños en la escuela?
-Guadalupe: Hacemos sorpresas. Para el mío, llamaron a todos a la Dirección menos a mí y me quedé con la duda. Después cuando fui a ver estaban todos reunidos con una tarjeta grande que habían hecho para regalarme. Otras veces nos escondemos detrás de la puerta para sorprender al cumpleañero cuando entra.
El aula donde funciona la biblioteca tiene pocos metros cuadrados pero allí están guardados los juegos didácticos, las computadoras y los libros que los chicos usan en clase o se llevan a la casa. “A veces cuando el profe tiene una reunión nos prepara el cañón y vemos una peli proyectada en la pared”, contó Luciano.
A pesar de contar con computadoras de escritorio y netbooks del plan Conectar Igualdad, en la escuela no reciben señal de internet. Sin embargo, utilizan las másquinas para escribir cuentos, los imprimen y luego los recrean en vivo al frente del aula. A veces en pares, otras de manera individual.
A la clase de educación física la comparten con una profesora que viene recorriendo distintas escuelas rurales.
Tanto los alumnos más grandes como los más chicos sostuvieron que les gusta compartir el aula, porque se divierten, se ayudan con los deberes, y también tienen espacio para realizar las tareas cada uno sin molestarse.
Machado reconoció que “los más chicos son desinhibidos, son más espontáneos” y que entre los hermanos “no surgen inconvenientes”. “En la escuela tratan de diferenciarse, y después en su casa son hermanos”, aseguró el docente.
Falta de mantenimiento
Desde la Cooperadora escolar señalaron a PUNTAL el mal estado del edificio, que funciona desde el año 48. Las puertas del baño rotas -la del baño de niñas, directamente caída-; huellas de humedad en techos y paredes; vidrios emparchados y ventanas que no abren son algunas de las evidencias. Además, hay un problema más grave que es la falta de agua potable. “Deberían hacer una perforación más profunda, que tiene un costo estimativo de $ 60.000 que la cooperadora escolar no puede afrontar”, dijo Reynalo Reineri, uno de los padres. Cada estudiante debe llevar una botella de agua desde su casa. Lo mismo, el maestro que vive en la escuela de lunes a viernes.
“Hemos reclamado al jefe comunal de Las Albahacas porque es quien recibe el dinero de un fondo destinado a las escuelas rurales. Nos respondió que nos quedemos tranquilos pero no hubo novedades”, sostuvieron los integrantes de la cooperadora.
La limpieza del aula y los baños corre por cuenta de los padres, al igual que la compra de las garrafas.
Hacen algunos eventos para recolectar dinero, pero no sacan más de $ 20.000 al año.
“La escuela no se beneficia con más chicos pero es triste que haya pocos”, dijo Reineri, exalumno y papá de tres chicos que estudian allí.
Vivir en la escuela
La casa del maestro tiene una cocina, un comedor, un baño y una habitación. De lunes a viernes, Daniel se queda en la escuela para evitar el cansancio de viajar todos los días.
-¿En los tiempos libres, qué hacés?
-Me pongo a hacer cosas para la escuela. No me gusta repetir, me gusta innovar. Hacer cosas interesantes. Planifico las actividades de fin de año. Siempre me gusta armar algún número artístico. Los padres no se prenden pero los exalumnos si los llamo vienen. Y yo también me sumo si es necesario.
Machado no vive solo: tiene siete perros. Y en sus ratos libres también aprovecha para salir a caminar.
“Ves este paisaje, no lo cambio por nada”, aseguró.
Magdalena Bagliardelli

