“El jardín de las delicias”, la obra cumbre del célebre pintor flamenco Jheronimus van Aken, más conocido como El Bosco, un tríptico que describe de manera genial -con un estilo de tintes oníricos y surrealistas- la creación del mundo, el paraíso y el infierno, es el eje del documental “El Bosco, el jardín de los sueños”, que dirige el español José Luis López Linares y que se estrena hoy en el C.C. Leonardo Favio.
A más de 500 años de su muerte en 1516, López Linares pone el foco en los misterios y maravillas de la obra maestra del Bosco, artista inigualable y descendiente de una familia de pintores que con el correr del tiempo se convirtió en una referencia ineludible a la hora de entender el lenguaje irracional y los monstruos del inconsciente que caracterizaron, varios siglos después, al movimiento surrealista.
El director del filme recurre a escritores, cineastas, actores, historiadores de arte, pintores y filósofos, entre los que figuran Salman Rushdie, Orhan Pamuk, Cees Nooteboom, Nélida Piñón y Laura Restrepo, para intentar develar los misterios de este tríptico fascinante, en el que el pintor despliega una gigantesca capacidad para plasmar -con el más mínimo detalle- las glorias y miserias humanas de su época.
Tanto en “El jardín de las delicias” como en la mayoría de sus obras, el pintor flamenco desplegó un imaginario fantástico y enloquecido -digno de visiones afiebradas, sueños y pesadillas- para aludir a temáticas bíblicas y sociales, para aludir a matanzas, pestes y otras penurias propias de la Edad Media, que se desarrollan en el marco de inmensos paisajes mentales que logra poner en diálogo entre sí.
En el Museo del Prado
“Dibuja como un pintor y pinta como un dibujante”, afirma en la película una historiadora de arte que habla sobre su particular estilo, mientras observa con atención y asombro la obra del Bosco, que permanece desde hace décadas en el Museo del Prado de Madrid, España, y que todos los días es desplegada cuidadosamente para que los miles de turistas y visitantes del mundo puedan apreciarla.
Uno de los rasgos salientes de su estilo es la perspectiva particular que utilizaba para mostrar distancias, ya que no está basada en fórmulas matemáticas ni geométricas, sino en una ilusión óptica que surge de la puesta en relación de diferentes planos horizontales superpuestos, en los que las dimensiones son diferentes y crecen, o disminuyen, según el observador lea el cuadro de arriba hacia abajo o viceversa.
Según demuestra el documental, el cuadro está lleno de vida, alegría y una delicada celebración de los detalles más esenciales de la naturaleza (allí conviven bosques, minerales, ríos, océanos, pájaros, peces, conejos, unicornios, búhos y hasta una jirafa), pero también afloran tragedias, sufrimiento y una oscuridad habitada por seres imaginarios y monstruos que parecen descender de las gárgolas que habitan las catedrales góticas.
“Habría que inventar palabras para decir lo que significa”, asegura otro de los entrevistados por López Linares en relación a la atmósfera misteriosa y fantástica que envuelve al cuadro, mientras el director pone énfasis en indagar la vida personal del artista (que venía de una familia de varias generaciones de pintores), el complejo contexto social y político de la época, además de la profunda influencia espiritual de la religión y la Iglesia.
Mientras que en la tablilla lateral derecha de su tríptico El Bosco imagina la creación del mundo y el momento en el que Dios crea al primer hombre y a la primera mujer, en la tabla central despliega las maravillas y placeres del Paraíso, y finalmente, en la tablilla izquierda, profundiza en la locura, la metamorfosis monstruosa, el horror, los tormentos que aluden al pecado y su consecuente castigo en el Infierno.
Sátira
Los entrevistados coinciden en destacar la vena satírica, el humor negro y surrealista, que el pintor pone al servicio -o en contra- de un discurso moral asentado en la doctrina tradicional de la Iglesia católica, con frecuentes alusiones al pecado, la transitoriedad de la vida y la locura del hombre que no sigue el ejemplo de los santos en su “imitación de Cristo”, llevando a su obra un sinnúmero de imágenes fantásticas que aparecían en los márgenes de los libros manuscritos de la época.
Otra de las curiosidades que surgen de un examen minucioso de “El jardín de las delicias” son las formas antropomórficas (cuerpos, rostros, perfiles) que aparecen a fuerza de una observación atenta y prolongada escondidas sutilmente dentro del paisaje, un juego óptico y gestáltico que también fue usado años más tarde por el italiano Giuseppe Arcimboldo y a principios del siglo XX por artistas surrealistas como Salvador Dalí o Marx Ernst.
En definitiva, “El jardín de los sueños” demuestra que, a pesar de ser considerado uno de los cuadros más icónicos de la historia del arte, todavía hoy no es fácil para los especialistas esclarecer los motivos de su creación y tampoco los significados personales, históricos y artísticos de esta misteriosa maravilla de la pintura flamenca.
El director del filme recurre a escritores, cineastas, actores, historiadores de arte, pintores y filósofos, entre los que figuran Salman Rushdie, Orhan Pamuk, Cees Nooteboom, Nélida Piñón y Laura Restrepo, para intentar develar los misterios de este tríptico fascinante, en el que el pintor despliega una gigantesca capacidad para plasmar -con el más mínimo detalle- las glorias y miserias humanas de su época.
Tanto en “El jardín de las delicias” como en la mayoría de sus obras, el pintor flamenco desplegó un imaginario fantástico y enloquecido -digno de visiones afiebradas, sueños y pesadillas- para aludir a temáticas bíblicas y sociales, para aludir a matanzas, pestes y otras penurias propias de la Edad Media, que se desarrollan en el marco de inmensos paisajes mentales que logra poner en diálogo entre sí.
En el Museo del Prado
“Dibuja como un pintor y pinta como un dibujante”, afirma en la película una historiadora de arte que habla sobre su particular estilo, mientras observa con atención y asombro la obra del Bosco, que permanece desde hace décadas en el Museo del Prado de Madrid, España, y que todos los días es desplegada cuidadosamente para que los miles de turistas y visitantes del mundo puedan apreciarla.
Uno de los rasgos salientes de su estilo es la perspectiva particular que utilizaba para mostrar distancias, ya que no está basada en fórmulas matemáticas ni geométricas, sino en una ilusión óptica que surge de la puesta en relación de diferentes planos horizontales superpuestos, en los que las dimensiones son diferentes y crecen, o disminuyen, según el observador lea el cuadro de arriba hacia abajo o viceversa.
“Habría que inventar palabras para decir lo que significa”, asegura otro de los entrevistados por López Linares en relación a la atmósfera misteriosa y fantástica que envuelve al cuadro, mientras el director pone énfasis en indagar la vida personal del artista (que venía de una familia de varias generaciones de pintores), el complejo contexto social y político de la época, además de la profunda influencia espiritual de la religión y la Iglesia.
Mientras que en la tablilla lateral derecha de su tríptico El Bosco imagina la creación del mundo y el momento en el que Dios crea al primer hombre y a la primera mujer, en la tabla central despliega las maravillas y placeres del Paraíso, y finalmente, en la tablilla izquierda, profundiza en la locura, la metamorfosis monstruosa, el horror, los tormentos que aluden al pecado y su consecuente castigo en el Infierno.
Sátira
Los entrevistados coinciden en destacar la vena satírica, el humor negro y surrealista, que el pintor pone al servicio -o en contra- de un discurso moral asentado en la doctrina tradicional de la Iglesia católica, con frecuentes alusiones al pecado, la transitoriedad de la vida y la locura del hombre que no sigue el ejemplo de los santos en su “imitación de Cristo”, llevando a su obra un sinnúmero de imágenes fantásticas que aparecían en los márgenes de los libros manuscritos de la época.
Otra de las curiosidades que surgen de un examen minucioso de “El jardín de las delicias” son las formas antropomórficas (cuerpos, rostros, perfiles) que aparecen a fuerza de una observación atenta y prolongada escondidas sutilmente dentro del paisaje, un juego óptico y gestáltico que también fue usado años más tarde por el italiano Giuseppe Arcimboldo y a principios del siglo XX por artistas surrealistas como Salvador Dalí o Marx Ernst.
En definitiva, “El jardín de los sueños” demuestra que, a pesar de ser considerado uno de los cuadros más icónicos de la historia del arte, todavía hoy no es fácil para los especialistas esclarecer los motivos de su creación y tampoco los significados personales, históricos y artísticos de esta misteriosa maravilla de la pintura flamenca.

