El periodista e investigador Sergio Alvez, que pasó por la Feria del Libro, sostuvo que las organizaciones de base pueden disputarles el acceso a la tierra a las grandes empresas multinacionales. Alvez presentó el documental “Roja tierra nuestra”, sobre la experiencia de los campesinos que lograron torcerle el brazo a la multinacional forestal Arauco para quedarse con 600 hectáreas que usan para cultivos agroecológicos. Además, lanzó su volumen de cuentos “Urú, con otros relatos de la tierra roja”.
¿De qué trata el documental que realizó con el trabajo de los campesinos de Puerto Piray?
“Roja Tierra Nuestra” es un microdocumental de 25 minutos aproximadamente. Lo hicimos en conjunto con el compañero Juan Alaimez, que dirigió y filmó. Está situado al norte de Misiones, en Puerto Piray, y gira en torno a la experiencia de una organización campesina que se llama Productores Independientes de Puerto Piray. La problemática que existía es la dificultad de las familias campesinas para acceder a la tierra, para poder cultivar alimentos. Como en otros lugares del país, la concentración de la propiedad de la tierra es muy grande. Hay que pensar que en la provincia de Misiones una empresa multinacional que se llama Arauco maneja el 12 por ciento del total de la tierra de la provincia. Tiene 250 mil hectáreas declaradas. Hay municipios donde la concentración del acceso a la tierra llega al 85 por ciento.
¿Qué consecuencias traía esto?
Uno de los problemas centrales que trae la extranjerización de la tierra es la imposibilidad de las familias campesinas de poder expandir sus cultivos. Originalmente, la lucha de estas familias era para correr las plantaciones de pino para poder cultivar alimentos. Después, la organización fue creciendo y por medio de diferentes instancias de lucha lograron que se apruebe una ley de expropiación de 600 hectáreas. Lo que el documental muestra es la etapa en la que ellos acceden a la tierra por primera vez y empiezan con el proceso de transformación de tirar los pinos abajo y dar lugar a un reemplazo del monocultivo a la agroecología, que es el proceso que ahora está en marcha.
¿Sobre qué cultivos trabajan?
Hay cultivos anuales, como por ejemplo sandías, melones, o cítricos. También hay muy buenas cosechas de mandioca -un cultivo muy importante para nuestra provincia-, de maíz y de poroto. Además, con el aporte de los técnicos de la Secretaría de Agricultura Familiar (de los cuales hubo 20 trabajadores despedidos) están incursionando en nuevas instancias de producción: cultivando frutillas y otras verduras no tradicionales para la zona, como por ejemplo la rúcula y otras. A su vez, parte del territorio expropiado tiene una zona rica en cascadas y saltos de agua, en la cual se le está empezando a dar forma a un proyecto de agroturismo. Todo realizado por la organización campesina, además constituida como cooperativa.
¿Este tipo de experiencias se pueden replicar?
Estas experiencias son inspiradoras. Puntualmente, en este caso yo comencé a seguir todo lo que pasaba con esta empresa en lo que tiene que ver con el acceso a la tierra. Hace más de diez años de eso y en aquel momento era realmente impensado que se pudiera obtener semejante triunfo: los campesinos pueden disputarles el acceso a la tierra a las multinacionales. Había mucho desaliento por el gran poder que tiene esta empresa, que maneja medios de comunicación muy importantes, porque tiene equipos jurídicos de 30 personas y porque tienen influencia en la Policía y las municipalidades. Siempre se le tuvo mucho miedo. Pero este proceso es inspirador también para otras organizaciones campesinas que quieran seguir el mismo ejemplo de recuperación territorial. Y también quiebra un poco la espiral del miedo que rodeaba a esta multinacional Arauco.
¿Hay casos similares en el país?
Con las mismas características, no, por las particularidades que tiene este caso y por el monstruo al que se han enfrentado. Era impensado que alguien le pudiera quitar un metro de tierra a esta empresa, que en los últimos años no hizo más que avanzar sobre los pueblos y las comunidades indígenas. No hizo más que apropiarse de la tierra. Que una organización campesina se haya podido apropiar de tierra es un ejemplo incluso a nivel latinoamericano, justamente en un contexto de neoliberalismo y de empoderamiento de esas empresas transnacionales. Misiones es una provincia en la que, desde su origen, la tierra se repartió entre 30 familias y siempre hubo conflictos en este sentido. También, más acá en el tiempo, hubo experiencias de recuperación de la tierra, con características diferentes. Sin embargo, la experiencia de Piray marca un camino muy importante y hoy son muchas las organizaciones que se animan a organizarse para avanzar sobre procesos similares. Creo que esa es justamente la razón por la cual la empresa tiene cierto disgusto con lo que está pasando.
“Roja Tierra Nuestra” es un microdocumental de 25 minutos aproximadamente. Lo hicimos en conjunto con el compañero Juan Alaimez, que dirigió y filmó. Está situado al norte de Misiones, en Puerto Piray, y gira en torno a la experiencia de una organización campesina que se llama Productores Independientes de Puerto Piray. La problemática que existía es la dificultad de las familias campesinas para acceder a la tierra, para poder cultivar alimentos. Como en otros lugares del país, la concentración de la propiedad de la tierra es muy grande. Hay que pensar que en la provincia de Misiones una empresa multinacional que se llama Arauco maneja el 12 por ciento del total de la tierra de la provincia. Tiene 250 mil hectáreas declaradas. Hay municipios donde la concentración del acceso a la tierra llega al 85 por ciento.
¿Qué consecuencias traía esto?
Uno de los problemas centrales que trae la extranjerización de la tierra es la imposibilidad de las familias campesinas de poder expandir sus cultivos. Originalmente, la lucha de estas familias era para correr las plantaciones de pino para poder cultivar alimentos. Después, la organización fue creciendo y por medio de diferentes instancias de lucha lograron que se apruebe una ley de expropiación de 600 hectáreas. Lo que el documental muestra es la etapa en la que ellos acceden a la tierra por primera vez y empiezan con el proceso de transformación de tirar los pinos abajo y dar lugar a un reemplazo del monocultivo a la agroecología, que es el proceso que ahora está en marcha.
¿Sobre qué cultivos trabajan?
Hay cultivos anuales, como por ejemplo sandías, melones, o cítricos. También hay muy buenas cosechas de mandioca -un cultivo muy importante para nuestra provincia-, de maíz y de poroto. Además, con el aporte de los técnicos de la Secretaría de Agricultura Familiar (de los cuales hubo 20 trabajadores despedidos) están incursionando en nuevas instancias de producción: cultivando frutillas y otras verduras no tradicionales para la zona, como por ejemplo la rúcula y otras. A su vez, parte del territorio expropiado tiene una zona rica en cascadas y saltos de agua, en la cual se le está empezando a dar forma a un proyecto de agroturismo. Todo realizado por la organización campesina, además constituida como cooperativa.
¿Este tipo de experiencias se pueden replicar?
Estas experiencias son inspiradoras. Puntualmente, en este caso yo comencé a seguir todo lo que pasaba con esta empresa en lo que tiene que ver con el acceso a la tierra. Hace más de diez años de eso y en aquel momento era realmente impensado que se pudiera obtener semejante triunfo: los campesinos pueden disputarles el acceso a la tierra a las multinacionales. Había mucho desaliento por el gran poder que tiene esta empresa, que maneja medios de comunicación muy importantes, porque tiene equipos jurídicos de 30 personas y porque tienen influencia en la Policía y las municipalidades. Siempre se le tuvo mucho miedo. Pero este proceso es inspirador también para otras organizaciones campesinas que quieran seguir el mismo ejemplo de recuperación territorial. Y también quiebra un poco la espiral del miedo que rodeaba a esta multinacional Arauco.
¿Hay casos similares en el país?
Con las mismas características, no, por las particularidades que tiene este caso y por el monstruo al que se han enfrentado. Era impensado que alguien le pudiera quitar un metro de tierra a esta empresa, que en los últimos años no hizo más que avanzar sobre los pueblos y las comunidades indígenas. No hizo más que apropiarse de la tierra. Que una organización campesina se haya podido apropiar de tierra es un ejemplo incluso a nivel latinoamericano, justamente en un contexto de neoliberalismo y de empoderamiento de esas empresas transnacionales. Misiones es una provincia en la que, desde su origen, la tierra se repartió entre 30 familias y siempre hubo conflictos en este sentido. También, más acá en el tiempo, hubo experiencias de recuperación de la tierra, con características diferentes. Sin embargo, la experiencia de Piray marca un camino muy importante y hoy son muchas las organizaciones que se animan a organizarse para avanzar sobre procesos similares. Creo que esa es justamente la razón por la cual la empresa tiene cierto disgusto con lo que está pasando.

