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Detrás de nada

El Gobierno no consigue hilvanar ningún elemento que lo aglutine. Cada tema expone su fragmentación. En la oposición, también hay quiebres. En Córdoba, reina la desconfianza entre Juez y la UCR

Cada gobierno no sólo necesita un nivel básico de coordinación sino, además, elementos políticos o simbólicos que lo aglutinen, que lo embarquen en una misma narrativa. El kirchnerismo, para bien o para mal, solía tenerlos. Postulaba un eje, lo definía y cada miembro del gabinete se embanderaba detrás de una misma idea.

La versión actual del Frente de Todos, principalmente desde el quiebre que disparó el acuerdo con el FMI, no sólo aparece desorientada ante los problemas sino que no encuentra un solo factor ni iniciativa que tienda a recomponerlo, aunque sea transitoriamente. Ahí está el ejemplo del impuesto a la renta inesperada, que en otro momento hubiera generado una cruzada casi de corte fundacional para atacar de raíz las bases de la desigualdad. Esta vez, sirvió, una vez más, para exponer la incapacidad de alcanzar acuerdos mínimos. El ministro Martín Guzmán lo anunció y su par de Agricultura, Julián Domínguez, y el secretario del área, Matías Lestani, advirtieron que el campo no percibió ganancias extraordinarias ni capturó la escalada de precios que generó la guerra en Ucrania.

El Consejo de la Magistratura ofreció un capítulo similar: Germán Martínez, que fue elegido jefe de bloque después de la renuncia de Máximo Kirchner, terminó judicializando la decisión de Sergio Massa, el presidente del cuerpo, de nombrar a una radical, Roxana Reyes, para el órgano que designa y remueve a los jueces.

Si la judicialización suele ser la clausura de los métodos políticos para alcanzar acuerdos, la judicialización por parte del oficialismo de las decisiones del propio oficialismo es un indicador del nivel de atomización y desconexión que existe entre los diferentes componentes de la coalición de gobierno.

Ese cuadro de situación ahonda la crisis de la gestión. Porque le imposibilita la estructuración de un discurso al menos de autodefensa y autojustificación. Sin ese discurso no hay contrapeso posible ante los elementos negativos de una realidad impiadosa.

Es verdad que la inflación ha cobrado una magnitud monstruosa que monopoliza la agenda y las preocupaciones. Pero en economía y en política la capacidad de ofrecer una perspectiva ante los problemas, por ingentes que sean, puede contribuir a atenuar el malhumor social que genera una crisis.

El actual crecimiento del discurso de la antipolítica, personificado en Javier Milei, no sólo se origina en los desalentadores resultados de la gestión actual y de la anterior sino, principalmente, en la impotencia para construir expectativas hacia adelante.

La conformación del Consejo de la Magistratura no es un tema menor ni mucho menos pero en este contexto de inflación voraz las peleas y jugadas palaciegas no hacen más que alimentar la sensación de que la política se ha desapegado de la agobiante cotidianeidad de los argentinos.

Sin brújula, con una inflación desbocada, sin discurso estructurante, consecuentemente el Gobierno fracasó además en buscar que los distintos sectores encuentren puntos en común. ¿Qué quedó de la tal mesa de diálogo entre gremios y empresas? La desorientación omnipresente no hizo más que acelerar la puja distributiva.

De un lado, los gremios que intentan que los sueldos no pierdan por goleada contra la inflación; del otro, los empresarios y productores rurales que salieron a repudiar inmediatamente la posibilidad de que exista un nuevo impuesto.

El tractorazo de ayer en Plaza de Mayo se inscribe en ese escenario. Nació como la expresión de hartazgo de productores comunes y corrientes pero terminó siendo un exponente del grado de fractura que no sólo alcanza al oficialismo sino que se ha extendido casi uniformemente. La marcha causó una grieta dentro de la propia representación del campo; la Mesa de Enlace nacional se despegó de la movilización mientras en la base las entidades más regionales terminaron plegándose -Córdoba es un ejemplo de eso- y cuestionando a los dirigentes nacionales.

Pero, además, Juntos por el Cambio, en su afán por convertir en rédito político cada expresión de malestar con el Gobierno y contrarrestar el avance de Milei, apareció en la movilización y le agregó así un condimento partidario que es funcional a las expresiones que señalan que, en realidad, se trató de un acto de la oposición y no de productores autoconvocados.

Juntos por el Cambio viene de un gobierno fracasado, altamente nocivo como el de Macri, y ahora transita también un proceso de enfrentamiento interno de consecuencias aún imprevisibles.

El capítulo del Consejo de la Magistratura es un ejemplo de las desconfianzas que atraviesan a esa fuerza opositora. Un protagonista excluyente fue Luis Juez, que quedó afuera de la integración del organismo después de la sorpresiva jugada de Cristina.

Para Juez, haber sido despojado del cargo por la vicepresidenta fue un golpe publicitario de alto impacto para un electorado como el cordobés. En el año previo a la elección a gobernador, el líder del Frente Cívico apareció en todos los canales de televisión victimizándose, con el discurso de que Cristina hizo hasta lo imposible por excluirlo del Consejo de la Magistratura por su perfil combativo.

Sin embargo, si bien la exposición le retribuyó, a Juez lo persigue una sospecha. Mira con desconfianza a los radicales. Cree que lo entregaron, que le dieron a Cristina el miembro por el Senado a cambio de que la radical Reyes fuera por Diputados. “Me cagaron y me van a cagar también el año que viene”, les dijo a dos diputados en las últimas horas.

El radicalismo cordobés se juntó ayer en Villa Giardino y expuso sus intenciones para el 2023. Si algo no parece estar dispuesto a hacer es dejarle el camino allanado a Juez para que sea el oponente del peronismo para la gobernación.

“El candidato radical tiene que ser Rodrigo de Loredo”, dijo Gerardo Morales, titular de la UCR nacional que estuvo en Villa Giardino.

El radicalismo de Córdoba no sólo le envió un mensaje a Juez sino que también buscó contrarrestar la jugada que Juan Schiaretti está ensayando a nivel nacional y que podría tener consecuencias en el escenario político provincial.

A partir del asado en casa de Juan Manuel Urtubey, el gobernador está intentando hacer un armado transversal que sea alternativa en 2023. El diseño tiene componentes radicales: incluye al propio Morales y a Alfredo Cornejo, entre otros, y a dirigentes del Pro.

En el radicalismo cordobés intuyen que la Provincia será parte de la negociación nacional. Si Schiaretti avanza en ese esquema, una de las condiciones podría ser que se resguarde su territorio para Hacemos por Córdoba. “El gobierno provincial está preocupado en dividirnos, en meter la cola y generar enfrentamientos entre nosotros”, dijo Marcos Carasso, presidente de la UCR, en Villa Giardino.

El schiarettismo sostiene que en el panorama actual del país, con un kirchnerismo disgregado e impotente ante la crisis y un Juntos por el Cambio que arrastra el peso de su desastre reciente, le abre la puerta a alguna alternativa por fuera. Una sería irracional: Milei. La otra, aseguran, sería un conglomerado de dirigentes y sectores de varios partidos que diseñen un proyecto creíble.

No se trata de repetir el malhadado proyecto de Alternativa Federal, enteramente peronista, sino de ampliar el abanico e incorporar a actores políticos que le den volumen a la propuesta. El interbloque federal se reunió en la semana con Schiaretti y acordaron avanzar en una serie de propuestas legislativas, como la baja de las retenciones y la boleta única de sufragio.

La política argentina es un terreno inestable y cada movida se vuelve un experimento de resultado impredecible.