Luego de semanas en las que el dólar se mantuvo apenas a flote sobre el límite inferior de la zona de no intervención, dispuesta por el Banco Central desde que asumió el mando Guido Sandleris -tras el paso fugaz de Luis Caputo- en estos días la cotización tomó impulso y se metió de lleno en la zona acordada con el Fondo Monetario, lo que generó rápida preocupación y nerviosismo, tanto dentro de la Casa Rosada como fuera de ella. Unas líneas de fiebre fueron suficientes para que se sobreactuara el tratamiento, en señal de que no hay margen para tomar riesgos en ese plano. Sin embargo, se sabe por la experiencia del año pasado y el comienzo de este, que la medicina del Central no es gratis y tiene un enorme impacto negativo en la economía real.
El movimiento del dólar, además de mostrarse como un hecho distintivo de esta segunda quincena de febrero, terminó también con la tendencia a la baja de las tasas de interés. El presidente de la entidad monetaria no dudó en echar mano al “antídoto Sandleris” y levantar las tasas para volver a planchar la cotización del billete verde y entonces las buenas expectativas de los sectores productivos que imaginaban un recorte en el costo del dinero, comenzaron nuevamente a esfumarse.
La tranquilidad en el mercado financiero es a costa de inmovilizar el aparato productivo, que se va deshidratando lentamente. Su capacidad de tracción se reduce con el correr del tiempo. Por eso, en diciembre, el informe del Indec mostró que el uso de la capacidad instalada apenas alcanzaba el 56%. Los industriales creen que esa cifra puede empeorar más aún. Por eso, esta semana desde la provincia, los representantes de la Unión Industrial de Córdoba (UIC) viajaron a Buenos Aires para advertirle al ministro de Producción y Trabajo, Dante Sica, la preocupación por la grave crisis que atraviesa el sector en general, y algunas ramas en particular, como la automotriz, que sólo utiliza el 25% de su capacidad instalada, según las cifras oficiales. Pero además se suman las fábricas de maquinaria agrícola, que mostraron una contracción del 15,7% en 2018 por la combinación del efecto sequía y tasas.
Allí hay otro punto del cuadrante: mientras el remedio para mantener la calma cambiaria sean las tasas, como lo ratificó esta semana el Banco Central, las industrias difícilmente vuelvan a ponerse en marcha. No sólo porque la demanda depende de financiamiento en muchos casos, sino porque la capacidad de renovar y adquirir capital también está estrechamente relacionada. En el primer caso, ¿quién comprará una cosechadora sin acceso a un crédito? En el segundo, ¿cómo es posible incorporar tecnología en los procesos productivos para no perder competitividad?
Además del dólar y las tasas, que comenzaron en calma este 2019, completan el cuadrante la inflación y la recesión, en una íntima relación. Estos dos factores tuvieron otro comportamiento en estas últimas semanas. La inflación de enero fue del 2,9% a nivel nacional y llegó casi al 4% en Córdoba, lo que fue una pésima noticia para el Gobierno. Para colmo se conoció horas después de que el Presidente anunciara que ese problema había empezado a ceder.
Con la emisión frenada y el dólar tranquilo, el recalentamiento en las góndolas siguió a paso firme, proyectando una inflación anual mucho más elevada que el 23% previsto en el presupuesto. Quedan pocas dudas de que el piso anual estará en el 30%. Pero 2018 dejó una secuela profunda en los ingresos porque el 48% de inflación quedó lejos de las recomposiciones salariales y de las mejoras nominales de las empresas. Esto implicó que hubo fuerte pérdida de poder adquisitivo, lo que derivó directamente en un proceso de recesión profundo. La caída de la actividad no se detiene y no hay incentivo crediticio a tasas que, aún con una leve baja, siguen en niveles muy elevados, cercanos al 50 por ciento.
La recesión muestra además dificultades en materia laboral, con pérdidas de puesto de trabajo y empresas con Procedimientos Preventivos de Crisis.
El cuadrante se transforma en un círculo vicioso que mantiene entrampado al Gobierno. Con el dólar planchado inició el recorte de tasas, pero aún en niveles muy elevados, el tipo de cambio empezó a moverse y debió dar marcha atrás. Si el dólar sube, la problemática de la inflación puede agudizarse y dispararse un proceso de espiralización. Y si los precios continúan a este ritmo, el impacto sobre los ingresos seguirá agravándose y como consecuencia habrá más recesión y más pobreza. Pero en la medida en que no bajen las tasas, la actividad no podrá recuperarse.
El mes próximo se conocerá, por el Indec, el porcentaje de pobres e indigentes a diciembre del año pasado y eso seguramente será otra muy mala noticia para la Casa Rosada porque la cifra de argentinos que no alcanzan a cubrir los gastos de una familia superará el 30%.
¿Por qué esa estimación? Sólo tomando el valor que esta semana mostró el organismo de estadísticas referido a la canasta alcanzaría para imaginar el resultado sobre la situación social. El dinero necesario para cubrir los gastos familiares en un año aumentó 55,8%, lo que muestra un proceso de deterioro marcado para el poder de compra. Por eso, frente a una inflación total del 48%, queda claro que los gastos básicos de los hogares son los que más impacto de precios tuvieron. Y son esos gastos los que gravitan más en los valores de pobreza e indigencia porque los hogares de clase media baja, que están próximos a la pobreza, destinan una porción mayor de sus recursos a los costos básicos.
La encrucijada económica se da en el arranque del año electoral que seguramente tendrá ese eje como central. De hecho, la última encuesta nacional de Gustavo Córdoba que se conoció en el arranque de la semana muestra cómo la agenda económica domina las preocupaciones de los argentinos y la encabeza la inflación por octavo mes consecutivo. En el segundo escalón se ubicó el endeudamiento, luego la corrupción y más atrás el desempleo, que empezó a asomar entre las respuestas. Pero además, el 66% de los consultados cree que en un año la situación estará igual o peor. Ya no hay buenas expectativas para el segundo semestre.
La tranquilidad en el mercado financiero es a costa de inmovilizar el aparato productivo, que se va deshidratando lentamente. Su capacidad de tracción se reduce con el correr del tiempo. Por eso, en diciembre, el informe del Indec mostró que el uso de la capacidad instalada apenas alcanzaba el 56%. Los industriales creen que esa cifra puede empeorar más aún. Por eso, esta semana desde la provincia, los representantes de la Unión Industrial de Córdoba (UIC) viajaron a Buenos Aires para advertirle al ministro de Producción y Trabajo, Dante Sica, la preocupación por la grave crisis que atraviesa el sector en general, y algunas ramas en particular, como la automotriz, que sólo utiliza el 25% de su capacidad instalada, según las cifras oficiales. Pero además se suman las fábricas de maquinaria agrícola, que mostraron una contracción del 15,7% en 2018 por la combinación del efecto sequía y tasas.
Allí hay otro punto del cuadrante: mientras el remedio para mantener la calma cambiaria sean las tasas, como lo ratificó esta semana el Banco Central, las industrias difícilmente vuelvan a ponerse en marcha. No sólo porque la demanda depende de financiamiento en muchos casos, sino porque la capacidad de renovar y adquirir capital también está estrechamente relacionada. En el primer caso, ¿quién comprará una cosechadora sin acceso a un crédito? En el segundo, ¿cómo es posible incorporar tecnología en los procesos productivos para no perder competitividad?
Además del dólar y las tasas, que comenzaron en calma este 2019, completan el cuadrante la inflación y la recesión, en una íntima relación. Estos dos factores tuvieron otro comportamiento en estas últimas semanas. La inflación de enero fue del 2,9% a nivel nacional y llegó casi al 4% en Córdoba, lo que fue una pésima noticia para el Gobierno. Para colmo se conoció horas después de que el Presidente anunciara que ese problema había empezado a ceder.
Con la emisión frenada y el dólar tranquilo, el recalentamiento en las góndolas siguió a paso firme, proyectando una inflación anual mucho más elevada que el 23% previsto en el presupuesto. Quedan pocas dudas de que el piso anual estará en el 30%. Pero 2018 dejó una secuela profunda en los ingresos porque el 48% de inflación quedó lejos de las recomposiciones salariales y de las mejoras nominales de las empresas. Esto implicó que hubo fuerte pérdida de poder adquisitivo, lo que derivó directamente en un proceso de recesión profundo. La caída de la actividad no se detiene y no hay incentivo crediticio a tasas que, aún con una leve baja, siguen en niveles muy elevados, cercanos al 50 por ciento.
La recesión muestra además dificultades en materia laboral, con pérdidas de puesto de trabajo y empresas con Procedimientos Preventivos de Crisis.
El cuadrante se transforma en un círculo vicioso que mantiene entrampado al Gobierno. Con el dólar planchado inició el recorte de tasas, pero aún en niveles muy elevados, el tipo de cambio empezó a moverse y debió dar marcha atrás. Si el dólar sube, la problemática de la inflación puede agudizarse y dispararse un proceso de espiralización. Y si los precios continúan a este ritmo, el impacto sobre los ingresos seguirá agravándose y como consecuencia habrá más recesión y más pobreza. Pero en la medida en que no bajen las tasas, la actividad no podrá recuperarse.
El mes próximo se conocerá, por el Indec, el porcentaje de pobres e indigentes a diciembre del año pasado y eso seguramente será otra muy mala noticia para la Casa Rosada porque la cifra de argentinos que no alcanzan a cubrir los gastos de una familia superará el 30%.
¿Por qué esa estimación? Sólo tomando el valor que esta semana mostró el organismo de estadísticas referido a la canasta alcanzaría para imaginar el resultado sobre la situación social. El dinero necesario para cubrir los gastos familiares en un año aumentó 55,8%, lo que muestra un proceso de deterioro marcado para el poder de compra. Por eso, frente a una inflación total del 48%, queda claro que los gastos básicos de los hogares son los que más impacto de precios tuvieron. Y son esos gastos los que gravitan más en los valores de pobreza e indigencia porque los hogares de clase media baja, que están próximos a la pobreza, destinan una porción mayor de sus recursos a los costos básicos.
La encrucijada económica se da en el arranque del año electoral que seguramente tendrá ese eje como central. De hecho, la última encuesta nacional de Gustavo Córdoba que se conoció en el arranque de la semana muestra cómo la agenda económica domina las preocupaciones de los argentinos y la encabeza la inflación por octavo mes consecutivo. En el segundo escalón se ubicó el endeudamiento, luego la corrupción y más atrás el desempleo, que empezó a asomar entre las respuestas. Pero además, el 66% de los consultados cree que en un año la situación estará igual o peor. Ya no hay buenas expectativas para el segundo semestre.

