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La calma que se puede parecer a un cementerio

Por Gonzalo Dal Bianco.

El Gobierno logró tomar algo de oxígeno después de dos semanas convulsionadas por la presión del mercado cambiario que se puso fuertemente demandante de dólares y obligó al Banco Central a entregar 5.300 millones al tiempo que impulsó una suba de tasas que sin embargo no lograron descomprimir la tensión. La moneda norteamericana inició ayer la ronda en 23 pesos y provocó dos acciones en concreto: una conferencia de prensa de los ministros Nicolás Dujovne y Luis Caputo para poner una voz en medio de la crisis y la comunicación del Banco Central con respecto a las tasas que las colocó en el 40%. Los funcionarios, por su parte, hicieron lo que el mercado esperaba: anunciaron una nueva meta de déficit, mucho más exigente que la vigente, que era del 3,2% y ahora pasó a ser del 2,7%. A eso se agregó una disposición por la cual se redujo la tenencia de dólares en los bancos, lo que intentó sumar oferta para hacer frente a una demanda que se impuso con comodidad desde el lunes 23.

De este modo, la receta oficial persiguió la intención de pasar al frente y dejar de correr de atrás, como era la sensación que venía dejando la política de la Casa Rosada en la última semana de abril y la primera de mayo. Y ante corridas de esa envergadura, las señales son tan importantes como las acciones. Unas y otras venían dejando saldo negativo. 

Los ingredientes tuvieron objetivos concretos: un ajuste fuerte del gasto estimado por el propio Dujovne en 3 mil millones de dólares, y un nivel de tasas que aliente a los inversores financieros a quedarse en pesos.

El costo de haber comprado calma puede convertirse así en una calma similar a la de los cementerios.

Impulsar una profundización en la baja del déficit implicará suspender obras públicas agendadas para este año. Sin embargo, allí los números presentados por los ministros dejan un interrogante porque afirmaron que, aunque sea doloroso, iban a resignar infraestructura por 30 mil millones de pesos. Eso implica que aún restaría pasar la tijera en una cifra al menos similar para llegar a la meta del 2,7% de déficit. Y en ese punto se abre el gran interrogante de los objetivos que se pondrá el Gobierno para reducir partidas. La decisión fue ajustar para bajar el gasto y acercarlo un poco más a los ingresos de modo tal que sea necesario un menor nivel de financiación, interno o externo. Esta última opción, además, se encareció y dejó de ser una posibilidad razonable como ocurrió en los dos primeros años de gestión de Macri en los que la deuda externa creció fuerte por las condiciones ventajosas que implicaba tomar créditos internacionales. Claro que allí comienza otro debate con respecto al volumen de deuda y si efectivamente sirvió para equilibrar las cuentas. La toma de deuda debía tener como contrapartida una menor emisión monetaria para alcanzar otro objetivo central: la baja de inflación. En esa combinación de factores el Gobierno no logró calificar. Y para colmo padeció la injerencia del ala política por sobre la técnica, como el 28 de diciembre, el día en el que muchos reconocen el comienzo de los males. En aquella oportunidad el jefe de Gabinete, Marcos Peña, sentó en la mesa a Dujovne, Caputo y al presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger. El resultado fue una meta inflacionaria recalibrada y el comienzo de un camino de recorte de las tasas de interés. La consecuencia fue que se recalentó la inflación en el primer cuatrimestre y que se sumó a diciembre. Fueron 5 meses seguidos de suba de precios superior al 2% cada uno. “Se rompió la autonomía del Banco Central y su confiabilidad”, coincidieron los analistas.

Pero los funcionarios aseguraron que desde mayo iba a darse una fuerte desaceleración de los precios. Apenas 15 días duró el pronóstico hasta que entró en proceso de descomposición. Fue cuando la Reserva Federal de Estados Unidos elevó la tasa de interés y comenzó una aspiradora de dólares a escala planetaria. Los mercados emergentes sintieron el movimiento que generó devaluaciones de todas sus monedas, aunque ninguna como el peso argentino. Aquí, la decisión de la Reserva funcionó como el motor que empujó la rueda y una serie de factores internos le dieron velocidad adicional. A eso se sumó cierta impericia del equipo económico que tardó en reaccionar hasta que debió sobreactuar.

Pero los costos de frenar el dólar habrá que buscarlos ahora por el lado de un menor crecimiento del PBI que estará en combinación con una mayor inflación a la esperada. Las expectativas inflacionarias por la suba del dólar -porque más allá de lo que declaren los ministros de turno siempre tiene traducción en las góndolas- se ubican ahora más cerca del 25% anual. Esto será otro factor de parálisis si se lo cruza con las paritarias cerradas en torno al 15%. Esos haberes perderán casi 10 puntos de poder adquisitivo si no logran reabrir la discusión y eso será un golpe adicional al consumo interno, lo que implicará menor movimiento comercial y caída en los niveles de producción de los segmentos afectados. Los que lograron cláusula gatillo seguramente deberán rediscutir al finalizar el tercer trimestre del año.

Pero habrá que sumar las elevadísimas tasas a ese combo. Son una garantía de parálisis, especialmente para los sectores productivos, al menos momentánea y hasta tanto el Central logre recortarlas y llevarlas lentamente al menos a los valores anteriores. Nadie sabe cuánto tiempo insumirá eso, básicamente porque en medio de esta tormenta y más allá de la calma de ayer, los nubarrones no se alejaron y el sol sigue escondido, tal como ocurrió en las últimas dos semanas. El pronóstico sigue mostrando nubes, gotas y pequeños rayos, lo que curiosamente garantiza que la sequía continuará.