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Lo difícil es llegar a la meta

Por Gonzalo Dal Bianco

Reconocer que las proyecciones que se venían realizando eran ciencia ficción y que era necesario un sinceramiento en materia de objetivos inflacionarios no deja de ser un hecho positivo. Sin embargo, rápidamente hay que advertir que eso implica el reconocimiento de un fracaso en la política de desaceleración de los precios. No fueron suficientes o apropiados los remedios que se aplicaron durante estos dos años para controlar la escalada. Los primeros doce meses de la gestión del presidente Mauricio Macri tuvieron un nivel inflacionario que perforó el 40% anual y 2017 está cerrando próximo al 24%. Para este año, el objetivo fijado por el Gobierno era alcanzar un valor de entre el 12 y el 17 por ciento. Será el doble de ese piso, y bastante más que el techo.

Pero además, hacia adelante, había un gran consenso sobre las nulas chances de cumplir nuevamente en 2018 con las metas inflacionarias fijadas, que eran de entre el 8 y el 12 por ciento. La inercia de este año y un combo complejo de incrementos en sectores clave que se avecina impulsaban a los analistas a proyectar al menos un alza promedio del 16% en los precios del año próximo.

Ese combo complejo tiene numerosos ingredientes que no se pueden subestimar y un agregado de último momento, un viejo conocido, que llegó ya en el tramo final del año, cuando las fiestas asomaron en el horizonte: el dólar.

Aparecen con fuerza los aumentos en las tarifas de luz y gas, a los que se van a agregar los del transporte. En este último punto el ministro del área, Guillermo Dietrich, hará anuncios esta semana próxima, en el flamante 2018, sobre el nuevo paso de quita de subsidios, lo que terminará impactando, como en el caso de la electricidad y el gas, en aumento de las tarifas para los usuarios. El litro de gasoil, que actualmente las empresas pagan 8,41 pesos, superará los 11 pesos. Esa compensación presionará sobre los valores del boleto urbano e interurbano.

Se suma también un componente de impuestos, y allí es el propio Estado, en sus distintos niveles, el que termina ajustando valores por encima de la estimación inflacionaria. No hay tributos que suban por debajo del 20 por ciento. No es una señal positiva ni coherente. Aun así, el déficit fiscal es una moneda corriente en municipios, provincias y Nación.

Los peajes y las prepagas también se incorporan para hacer su aporte de aumentos de comienzos de año. Pero el movimiento acelerado del dólar en los últimos 11 días fue el que aportó más incertidumbre. Ayer, el economista y exdecano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Córdoba Alfredo Blanco explicó que, si se toma el aumento anual del dólar, no hay motivos para preocuparse ya que el alza está incluso por debajo del nivel general de precios. Sin embargo, Blanco construyó una metáfora: “Si uno toma la autovía Córdoba-Río Cuarto y quiere recorrer los 200 kilómetros en dos horas puede ir a 100 de velocidad crucero para cumplir el objetivo. Pero, si recorremos la primera parte a 20 kilómetros por hora, después seguramente tendremos que ir a 200 y allí el riesgo es enorme”. El movimiento del dólar se pareció al del segundo vehículo descripto por el economista, con su consecuente incertidumbre. Hay preocupación, más allá del retroceso que mostró en la última rueda, por el ascenso vertiginoso que tuvo la moneda norteamericana en la segunda quincena del mes.

Pero además no sólo por la cotización en sí, sino por sus consecuencias. El dólar en la Argentina es para psicoanalistas. Y la historia muestra que su movimiento genera conductas particulares en la población, bien diferentes a las de habitantes de otras latitudes. Entre las más conocidas está la especulación. Por eso cuando el dólar sube rápidamente se ponen en marcha las máquinas remarcadoras, que dejan de funcionar cuando la moneda norteamericana va a la baja. En ese caso, ningún precio retrocede.

Por eso no extrañó que dejaran trascender sus intenciones de aumento las petroleras en los combustibles. A comienzos de diciembre aplicaron el último incremento en los surtidores, y podrían empezar 2018 con algún retoque extra bajo la argumentación del nuevo valor del billete verde, que ayer cerró unos centavos por debajo de los 19 pesos.

En efecto dominó, los combustibles empujan a los fletes y estos terminan impactando en las mercaderías, lo que lleva a un nuevo impulso para las máquinas remarcadoras.

Está lejos de resolverse el problema de la inflación si a eso se suma además una observación que el gobernador Juan Schiaretti suele deslizar cuando analiza la problemática: la existencia de oligopolios que dominan sectores clave de la producción de materias primas básicas de uso industrial y para lo cual suele sugerir como remedio una apertura controlada de las importaciones.

Lo cierto es que en ese escenario el Gobierno anunció, a través de su equipo económico, más el jefe de Gabinete Marcos Peña y el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, el cambio de las proyecciones inflacionarias.

El objetivo, además de sincerar, busca un cambio que apueste a un relajamiento de la política monetaria aplicada desde el Central con un esperado efecto positivo en los niveles de desarrollo económico. El Indec informó esta semana que el crecimiento del PBI en lo que va del año alcanza el 2,8%, claramente insuficiente para que el grueso de la población comience a percibir mejoras reales.

El interrogante es qué nueva estrategia buscará la Casa Rosada para que los objetivos anunciados (15% en 2018, 10% en 2019, y 5% en 2020) puedan cumplirse. El uso exclusivo de la herramienta monetaria no dio los resultados esperados y el Gobierno pareció siempre correr detrás de una zanahoria sin poder llegar a la meta.