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Lo peor no pasó

Por Gonzalo Dal Bianco
 
“Si hoy estamos donde estamos es gracias al esfuerzo de todos. Pero lo peor ya pasó y ahora vienen los años en que vamos a crecer”. La frase corresponde al presidente Mauricio Macri y la lanzó con un fuerte optimismo que incluso llegaba en forma de aplausos desde los escaños, durante la apertura de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, el 1° de marzo de este año. No era la primera vez que el mandatario la utilizaba, pero sí la última. Incluso hay una de esas versiones anteriores en la mesa de Mirtha Legrand, durante el año pasado. 

El Gobierno siempre se caracterizó por insuflar optimismo aun cuando el temporal hacía pensar que el barco iba a tener severas dificultades para llegar al próximo puerto. Y en eso no escatimaron entusiasmo ninguno de los integrantes del gabinete, mucho menos el encargado de los números, Nicolás Dujovne, que hasta hace 15 minutos insistía en que la inflación iba a la baja mientras los precios de las góndolas no paraban de escalar y los consumidores observaban cómo su poder adquisitivo se deterioraba mes a mes no sólo por lo que ocurría en el almacén o supermercado, sino especialmente por el alza de las tarifas que fueron ocupando cada vez más una porción de los ingresos. En este punto habría que hacer algo porque llegó el frío intenso y con eso se disparó el consumo de gas natural en aquellas viviendas que están dentro de las redes. ¿Cuál va a ser el humor cuando repartan las facturas correspondientes a este consumo? Hay un dato que se insiste desde hace un par de meses: el metro cúbico costará el doble que a esta altura de 2017, lo que implica que quien pagó 2 mil ahora pagará 4 mil y quien pagó 3 mil deberá desembolsar 6 mil por igual consumo. Fueron irónicos algunos tips de ahorro presidencial durante las últimas semanas en las redes, pero hay uno que es cierto: la única forma de bajar los costos energéticos en los hogares es no consumir. Vaya principio.

Lo cierto es que aquel optimismo pareció haber acusado el golpe de la corrida cambiaria. Algunos gestos parecen mostrarse en ese sentido. El economista Juan Carlos De Pablo, en su paso por Río Cuarto lo expresó sin vueltas: “El Presidente se cagó y eso es una buena noticia”, dijo sin muchos rodeos ante el auditorio que lo escuchaba atento en la fría noche de la Feria Industrial, en la Rural.

Ahora la novedad del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que se difundió el jueves abrió una nueva etapa también para el Gobierno y posiblemente para el país. Algunos funcionarios insinuaron volver al optimismo crónico cuando dieron a conocer que llegaban 50 mil millones de dólares del FMI más 5.650 millones de otros organismos multilaterales de crédito. Pero claramente no hay nada para festejar. Se usó el último recurso y, aunque la cifra significa un respaldo sin precedentes, también puede entenderse como el resultante de la valoración que hicieron los burócratas que rodean a Christine Lagarde de los problemas de la economía nacional. En otros términos, si el Fondo desembolsó una cifra récord, es posible que estemos ante problemas de enorme envergadura. De hecho, hay desajustes evidentes, pero que no serían tan graves si no fuera porque están acompañados de un tercio de la población debajo de la línea de la pobreza. Ese, claramente, es el principal problema de Argentina y que está cada vez más lejos de solucionarse. Sólo recordar el objetivo de pobreza cero que lanzó el Presidente ni bien asumió resulta una utopía un poco más exagerada que en aquel momento.

Esta semana, el titular del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, Agustín Salvia, adelantó que en los últimos meses la pobreza quebró la tendencia a la baja y retomó el camino de ascenso. Todavía sin estadísticas en mano, pero sí con “indicios”, explicó. No hace falta ser un experto para imaginar que durante los últimos dos meses, con la corrida cambiaria, la suba del dólar y el traslado a precios, muchas más familias cayeron por debajo de la línea de la pobreza. Una pobreza que se sigue midiendo en términos de ingresos, pero que claramente debería ser una evaluación multidimensional.

Cada escalada inflacionaria implica un retroceso de miles en su poder adquisitivo y esos son los nuevos habitantes de la pobreza.

¿El acuerdo con el Fondo puede revertir este cuadro? Los datos que dieron a conocer el mismo jueves Dujovne y el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, claramente no despiertan el optimismo. En primer término, y con relación a la inflación, el anuncio fue que ya no hay una meta para este año. En una traducción bastante obvia eso implica que la batalla de 2018 está perdida. Las metas de inflación nunca fueron cumplidas, más allá de las multiples recalibraciones, por el Gobierno. Bueno, este año tampoco. Pero ahora esto es admitido desde el Ministerio de Hacienda y el Banco Central. Para el año que viene se fijó una del 17%. Hoy, 2019 parece a varios lustros de distancia.

Pero en el plano de los compromisos asumidos por el Gobierno ante el FMI hay también indicadores que permiten imaginar que serán meses de escalar la montaña en medio de un temporal de nieve y de noche. Se anunció un recorte de la obra pública equivalente a 0,7% del PBI, algo así como 105 mil millones de pesos; el triple de lo que Dujovne había anunciado durante el temblor cambiario, hace unas pocas semanas atrás. No se va a mover una pala. Eso será menos actividad económica, menos empleo, menos consumo. Un motor que venía funcionando bien y que de pronto se apagará. El consumo es otro.

Pero a su vez, el recorte en subsidios a la energía y al transporte será de 0,3% del PBI o de unos 40 mil millones de pesos más este año y de 0,4% en 2019. Las transferencias corrientes a provincias se resentirán 0,2% ahora y 0,3% el año próximo. Es que el compromiso es de pasar de un déficit fiscal de 2,7% a fin de año a 1,3% a fines de 2019. Eso explica por qué, pese al optimismo, lo peor no pasó.