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Los problemas emergentes de la crisis

Gonzalo Dal Bianco

El Gobierno logró anunciar dos noticias esta semana que terminaron arrojando tenues consecuencias positivas. Pasó mucho tiempo para que pudiera cerrar una semana con algo de alivio, sin tener la sensación de haber perdido por goleada y sentirse superado en muchos sectores, casi como le ocurrió al equipo de Sampaoli en Rusia, que en muchos aspectos hasta podría ser una metáfora del país. No tuvo reacción, los primeros cambios no aportaron las ideas que se esperaban y las pizarras mostraban cómo el dólar se escapaba y empezaba a empujar los precios. Tampoco se observaba un liderazgo capaz de revertir la situación. La incertidumbre fue ganando terreno y con ello se expandió la parálisis. Pero el feriado de mitad de semana aportó dos novedades: la confirmación del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional por el cual ingresaron los primeros 15 mil millones de dólares del crédito internacional, y la recalificación de MSCI que pasó a la Argentina de país fronterizo a emergente. Los dos datos del exterior trajeron algo de tranquilidad a los mercados bursátil y cambiario, que mostraron resultados positivos. El primero con alzas en las acciones y el segundo, con un retroceso en el tipo de cambio que concluyó la semana por debajo de los 28 pesos.

Sin embargo, eso requerirá de un tiempo prolongado de tranquilidad en esos mercados para que haya traducción positiva. Que en este caso implicaría que el escenario futuro no seguirá empeorando. Es que, lejos de aquellas frases desbordantes de optimismo del presidente Mauricio Macri y de su revitalizado ministro de Hacienda y Finanzas, Nicolás Dujovne, lo peor no pasó.

La economía empieza a sentir la parálisis del remedio aplicado para frenar la corrida cambiaria: las tasas al 47% convalidadas el martes por el flamante titular del Banco Central, Luis Caputo. Es un freezer para la actividad económica. No hay financiamiento razonable y los proyectos de inversión cayeron hasta nuevo aviso. Pero no sólo los de las empresas, también los particulares. Desde viviendas hasta el más simple rubro de consumo masivo. El Día del Padre mostró que los segmentos en que miden las ventas las entidades empresarias fueron todos a la baja, aún en medio del Mundial, que es un factor que suele empujar al menos a determinadas ventas puntuales.

Pero los efectos recién comienzan. Hay al menos dos trimestres, y tal vez tres, con un freno de mano en la actividad. Las tasas, además, están dificultando el día a día de las empresas por los giros en descubierto o los cambios de valores, con costos siderales. Y las cadenas de pago empezaron a resentirse. Ya lo dijo días atrás el presidente de la Unión Industrial de Córdoba en este diario: muchas empresas observan cómo los proveedores recortaron los plazos para cancelar la mercadería comprada, mientras los clientes se demoran cada vez más en pagar. Menos tiempo para pagar y más tiempo para cobrar es una combinación explosiva. El que parece haber tomado nota de la situación es el flamante ministro de la Producción, Dante Sica, que reemplazó a Francisco Cabrera. Cuentan que en la última visita del Presidente a la capital provincial, los representantes de las entidades empresarias se acercaron a Cabrera para plantearle la delicada situación que observaban hacia adelante, especialmente generada por las elevadas tasas, y le pidieron que priorice soluciones a ese remedio que aplicó el Central para desacelerar la corrida cambiaria. Sin embargo, el ministro les sugirió que había cierta exageración en los efectos, y les mencionó el récord de venta de televisores que había en la Argentina. “Estaba para el cambio el ministro”, se sinceró alguien que compartió aquel encuentro. Esa sensación fue ratificada luego cuando conocieron el reemplazante, que es un hombre cercano a las entidades empresarias de orden nacional y provincial. Sica, además, en las primeras declaraciones públicas después de asumir el jueves mostró mayor contacto con la realidad al advertir que “habrá que prestarles especial atención a las cadenas de pago en los próximos meses”. Los empresarios celebraron esa mirada porque comparten la preocupación. De hecho hay indicios en ese sentido con dificultades que empezaron a aparecer en la diaria.

Al igual que los sectores del trabajo, los empresarios alertan por la inflación que se mantiene en niveles altos y que este año, lejos de bajar como prometió el Gobierno, subirá con respecto a 2017. La estimación es cercana al 30%, cuando las góndolas terminen de traducir la suba cambiaria. A eso se sumará desde el próximo mes el incremento de combustibles y luego el alza en las tarifas que volverán al ruedo. Al menos eso confirmó el otro flamante ministro de Macri, Javier Iguacel, que reemplazó a Juan José Aranguren en Energía. Iguacel fue conocido aquí por ser titular de Vialidad Nacional y desde ese cargo tuvo que justificar las demoras persistentes en el inicio de la autovía a Holmberg. Ya al frente de Energía, el funcionario ratificó “los compromisos asumidos” por su antecesor con las compañías petroleras y las de servicios.

Si la inflación sigue a este ritmo del 3% mensual será difícil que el consumo repunte porque hay una confirmación de pérdida de poder adquisitivo de los sectores atados a ingresos fijos. Hoy la discusión de los economistas pasa más por saber de cuánto será esa pérdida. La consecuencia se verá en el consumo que seguirá, como en el Día del Padre, en baja. A su vez, eso traccionará menos producción y el círculo de la caída seguirá creciendo.

Ayer, el optimista ministro Dujovne volvió a sugerir que esto no durará mucho tiempo y que espera rápidamente devolverle dinamismo a la actividad económica para que retorne al sendero del crecimiento en un puñado de meses. Sin embargo, por ahora los datos de la realidad siguen empecinados en darles poco crédito a las proyecciones del funcionario encargado de trazar la política económica del Gobierno nacional.