Opinión | gonzalo-dal-bianco |

Mañana, todo será mejor

Por Gonzalo Dal Bianco

En un pequeño almacén del oeste de la ciudad, detrás del mostrador, pinchado con un alfiler, cuelga un cartel en tamaño A4 escrito a mano: “Hoy no se fía, pregunte mañana”. A juzgar por la tonalidad amarilla del papel, hace tiempo que el aviso está allí entre las latas de conserva, a la espalda de la mujer treintañera encargada de atender a los clientes que mayormente son de los barrios lindantes a la A005.

Las explicaciones del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, también empiezan a tener tonalidad amarilla cuando se refieren a la inflación. El optimista funcionario del Gobierno admitió ayer que el dato que dio esta semana el Indec sobre la inflación de marzo, que alcanzó el 2,3%, fue malo. Pero insistió en que “mañana” seguramente comenzará a bajar. En realidad, 2018 viene a una velocidad en los precios que claramente generó malestar e incertidumbre y obligó ayer a Dujovne a dar explicaciones en los medios. Diciembre ya había marcado el comienzo de niveles altos, con el 3,1%. Después llegó enero con el 1,8%, febrero con 2,4% y marzo, con 2,3%.

El promedio de los últimos cuatro meses fue 2,4%. Si ese ritmo continúa, el balance anual se acercaría peligrosamente al 30%. Sin embargo, no hay muchos indicios para imaginar ese nivel tan elevado.

Pero donde hay consenso, incluso admitido por el Gobierno y el ministro Dujovne, es en que abril no bajará el promedio. A la inercia que traen los precios se sumará el alza de los combustibles que las petroleras volvieron a ajustar y el impacto del gas natural que tendrá incrementos promedio del 40% según la información oficial, aunque algunas estimaciones privadas aseguran que será algo mayor.

Esos dos ítems tienen un doble efecto: uno directo en las canastas familiares y otro indirecto, a través del impacto en los costos de los procesos productivos de muchos bienes y servicios que terminan con actualización de precios en las góndolas.

Hay en la conformación de la inflación tres elementos que suelen convivir: emisión monetaria, expectativas y una espiral de costos. La primera, si bien tendió a bajar durante el año pasado, especialmente en el segundo semestre, tuvo luego un repunte. La segunda, sufrió un golpe letal el Día de los Inocentes, el 28 de diciembre. En aquel momento, con la conferencia de prensa que dio el populoso equipo económico del Gobierno y el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, se recalibraron las metas de inflación previstas para este año que tenían un 12% como máximo y se las llevó a 15%. Esa relajación de los objetivos terminó limando confianza y dejó la sensación de que posiblemente la nueva pauta también sea superada. Corría fin de año y todavía no se conocía que diciembre sería un pico elevado, pero ya se intuía. Y las estimaciones de 2018 comenzaron a proyectarse más cerca del 20%. Ahora ya se ubican entre 20 y 22 por ciento. La confianza en lo que fijó el Gobierno se derrumbó demasiado rápido y nadie supo reconstruirla. Básicamente por el fracaso en el control de precios. Ayer el economista Juan Carlos de Pablo se mostró confundido con respecto a la política antiinflacionaria del gabinete económico y hasta sugirió la posibilidad de que en realidad no tenga una política en ese sentido.

Dujovne habló ayer en conferencia de prensa y dejó, como siempre, un desmesurado optimismo a futuro. “Mañana se van a arreglar las cosas”, pareció decir, emulando el cartelito amarillento del almacén que siempre abre la posibilidad de que más adelante haya cambios, aunque el mañana siempre se corre. Admitió el ministro que en abril hay que esperar un número alto de inflación, posiblemente dentro del promedio del primer trimestre. Por lo cual será un cuatrimestre con alta inflación, cercana al 9%.

Lo peor ya pasó

“Desde mayo va a bajar fuerte”, aseguró el ministro sin que su voz se inquiete. Tiene algo de lógica pensar eso. Es que a partir del quinto mes del año habrá un bache en las tarifas. Aranguren, que aplicó sin margen de error un sendero de quita de subsidios con impacto directo en las facturas, se tomaría un descanso por lo menos hasta septiembre cuando tiene planeado aplicar un 20% más de suba. Sólo ese tramo representa más que la inflación oficial prevista para este año. El Gobierno recuerda en cada uno de estos tramos que de no avanzar en ese camino el país iba a un colapso energético por desinversión.

Lo cierto es que el impasse permite imaginar un respiro al menos para la espiral de costos. No hay planificación similar para los combustibles líquidos ya que el mercado está liberado y a su vez depende de tres variables centrales: dólar, barril de petróleo y bioetanol. Por eso en ese rubro hay incertidumbre con respecto al movimiento de precios. De hecho, hay variables lejanas como la tensión en Siria que impulsan la especulación sobre el crudo, a lo que se suman las siempre polémicas declaraciones de Donald Trump con respecto al inicio del ataque misilístico en la zona que comenzó finalmente anoche. 

En el caso del dólar, Dujovne aseveró ayer que no se moverá más allá de los límites actuales. La decisión se notó desde hace un par de semanas cuando la intervención del Central dejó en claro que al menos por ahora no quiere más devaluación del peso. Eso se complementa con la ratificación de la tasa de interés, que dejó de descender como intentó hacerlo a fin del año pasado y comienzos de 2018. Esa decisión sobre las tasas sólo despertó al dólar e impulsó los precios. No tuvo impacto alguno sobre la actividad. Sí claro, el tipo de cambio benefició especialmente a los exportadores.

Lo del bioetanol se está terminando de resolver en el Ministerio de Energía, donde pulen una fórmula automática que contenga una serie de indicadores que fije su precio automáticamente a partir del viernes próximo. 

Lo cierto es que la inflación sigue desafiando al Gobierno y este no encuentra el remedio y muchos ya recuerdan la frase de Dujovne en España cuando admitió que no tenía todas las herramientas para combatirla. Un sincericidio del ministro que tal vez ahora explique parte de las dudas de Pablo.