La inflación sigue siendo materia pendiente para el Gobierno, como lo fue desde que asumió a fines de 2015. En su primer año de gestión rompió el techo del 40% cuando fue fogoneada por la fuerte devaluación y la aplicación del tarifazo que terminó empujando hacia arriba los precios. El año pasado, cuando la meta era 17%, finalmente llegó al 24,8%. Sin embargo, hay allí un primer punto que diferencia el arranque de este año con el de 2017. Hace 12 meses atrás comenzaban a discutirse salarios docentes con un doble condicionante: se arrastraba la pérdida del poder adquisitivo de 2016 y se enfrentaba la incertidumbre sobre lo que ocurriría hasta diciembre frente a una meta oficial de entre el 12 y el 17 por ciento.
Este año hay un obstáculo menos. Según el dato aportado por el Indec en esta semana, los salarios le ganaron a la inflación durante 2017 y así recuperaron algo de lo mucho que perdieron el año previo. Según las cifras oficiales, mientras la inflación del año pasado fue del 24,8%, los ingresos de los trabajadores alcanzaron en promedio un 27,5%.
Por lo tanto, los gremios no tienen en agenda reclamar hacia atrás, sino simplemente intentar descifrar lo que puede ocurrir hacia adelante. Tamaña tarea.
Con un arranque movido para los precios, el 2018 tiene un tope oficial establecido en el 15% coincidente con la meta recalibrada del Día de los Inocentes, a fines de diciembre. El Gobierno apuesta todo a contener los salarios dentro de esa cifra porque en el fondo cree que si las paritarias rompen ese techo meterán mayor presión a la inflación. Se abre allí aquella vieja discusión sobre si los salarios promueven o no la suba de precios y hay dos bibliotecas para elegir.
Lo cierto es que después de los cambios introducidos en las metas a fines de diciembre, la credibilidad del Banco Central sufrió un deterioro que arrastró hacia el nuevo objetivo fijado del 15%. Proceso que después se agravó cuando quedó expuesto a los intereses y órdenes de la Casa Rosada; hecho que plasmó con la baja de 150 puntos básicos en las tasas de interés en dos tramos. Eso derivó en un salto del dólar y en el rebote inflacionario. La intención era favorecer una actividad económica que mostró cansancio en el último trimestre de 2017. Alertados por esta situación, los funcionarios observaron las tasas y decidieron tomar riesgo. La jugada no salió bien. Y obligó en los últimos días al Central a revisar lo actuado. Por eso mantuvo las tasas esta semana sin cambios buscando calmar los mercados. En principio lo logró porque el dólar terminó descendiendo unos centavos hasta cerrar la semana en 20 pesos.
Con esa credibilidad dañada, las negociaciones paritarias tienen un mayor margen de incertidumbre. Hay pocos dirigentes de los trabajadores que estén convencidos -si los hay- de que la inflación será del 15% este año con un enero del 1,8% y un febrero que asoma con un piso del 2%. Esta semana se intentó mostrar el primer acuerdo bajo las condiciones que propone el Gobierno: fue con el gremio de Obras Sanitarias cuya figura central es José Luis Lingeri, un hombre distante de las prácticas de Hugo Moyano y que no sólo se mostró lejano a la movilización del miércoles próximo, sino que además se prestó para la puesta en escena de esa paritaria. Cuando se analiza el acuerdo, el gremio firmó en realidad un aumento del 15%, pero con un plus del 2,8% compensatorio de pérdidas anteriores. En definitiva, la firma fue de casi 18%, más allá de los adornos.
El resto de los gremios ya adelantaron que si no hay cláusula gatillo, como pretende la Casa Rosada, no discutirán por menos del 20%, que es la inflación que esperan para este año. Las expectativas inflacionarias para 2018 se ubican en general en torno a esa cifra, incluso en los estudios que realiza el propio Banco Central. El último sondeo de la entidad monetaria registró un aumento en las proyecciones de inflación para 2018, que pasaron de 17,4% en diciembre a 19,4% en enero. Muchos economistas y analistas coinciden además con ese mismo pronóstico.
Algo dejó en claro el cambio que introdujo el Gobierno en su política a fin de año: con las tasas solas no alcanza para controlar la inflación y además el costo es que más tarde o más temprano ese camino frena la actividad. Quien siempre machacó sobre esa idea fue el gobernador Juan Schiaretti, cuando en época de campaña electoral criticaba algunas decisiones de la Nación y en particular su política antiinflacionaria. Incluso reclamaba una apertura controlada de determinados bienes e insumos estratégicos para el país.
Sin crecimiento económico será difícil que las metas de la gestión Macri lleguen a buen puerto. Pero además, en ese punto, no habría que olvidar que este año desembocará en el proceso electoral de 2019. Si al final del año los salarios pierden frente a la suba de precios sería una difícil tarea tener buenos niveles de actividad y de consumo. Y problemas en esos dos planos no configuran un gran escenario para un oficialismo con urnas por delante.
Si detrás de la inflación está el talón de Aquiles del déficit fiscal, el Gobierno tendrá además un nuevo problema que se acerca. Las malas noticias que se agravaron en las últimas semanas por la profunda sequía que cubre la zona más productiva del país derivarán en menor tracción del campo. Todavía la campaña gruesa no está definida, pero todo parece indicar que no será recordada por sus grandes rindes. Y eso tendrá también traducción directa en los ingresos de dólares en el país.
No es un gran arranque de 2018 para la gestión nacional, aunque ayer el Presidente se esforzó, desde Chapadmalal, en donde realiza un retiro espiritual para mejorar la coordinación entre los integrantes del gabinete y fijar la agenda para los próximos meses, en destacar en que será un año positivo.
Por lo tanto, los gremios no tienen en agenda reclamar hacia atrás, sino simplemente intentar descifrar lo que puede ocurrir hacia adelante. Tamaña tarea.
Con un arranque movido para los precios, el 2018 tiene un tope oficial establecido en el 15% coincidente con la meta recalibrada del Día de los Inocentes, a fines de diciembre. El Gobierno apuesta todo a contener los salarios dentro de esa cifra porque en el fondo cree que si las paritarias rompen ese techo meterán mayor presión a la inflación. Se abre allí aquella vieja discusión sobre si los salarios promueven o no la suba de precios y hay dos bibliotecas para elegir.
Lo cierto es que después de los cambios introducidos en las metas a fines de diciembre, la credibilidad del Banco Central sufrió un deterioro que arrastró hacia el nuevo objetivo fijado del 15%. Proceso que después se agravó cuando quedó expuesto a los intereses y órdenes de la Casa Rosada; hecho que plasmó con la baja de 150 puntos básicos en las tasas de interés en dos tramos. Eso derivó en un salto del dólar y en el rebote inflacionario. La intención era favorecer una actividad económica que mostró cansancio en el último trimestre de 2017. Alertados por esta situación, los funcionarios observaron las tasas y decidieron tomar riesgo. La jugada no salió bien. Y obligó en los últimos días al Central a revisar lo actuado. Por eso mantuvo las tasas esta semana sin cambios buscando calmar los mercados. En principio lo logró porque el dólar terminó descendiendo unos centavos hasta cerrar la semana en 20 pesos.
Con esa credibilidad dañada, las negociaciones paritarias tienen un mayor margen de incertidumbre. Hay pocos dirigentes de los trabajadores que estén convencidos -si los hay- de que la inflación será del 15% este año con un enero del 1,8% y un febrero que asoma con un piso del 2%. Esta semana se intentó mostrar el primer acuerdo bajo las condiciones que propone el Gobierno: fue con el gremio de Obras Sanitarias cuya figura central es José Luis Lingeri, un hombre distante de las prácticas de Hugo Moyano y que no sólo se mostró lejano a la movilización del miércoles próximo, sino que además se prestó para la puesta en escena de esa paritaria. Cuando se analiza el acuerdo, el gremio firmó en realidad un aumento del 15%, pero con un plus del 2,8% compensatorio de pérdidas anteriores. En definitiva, la firma fue de casi 18%, más allá de los adornos.
El resto de los gremios ya adelantaron que si no hay cláusula gatillo, como pretende la Casa Rosada, no discutirán por menos del 20%, que es la inflación que esperan para este año. Las expectativas inflacionarias para 2018 se ubican en general en torno a esa cifra, incluso en los estudios que realiza el propio Banco Central. El último sondeo de la entidad monetaria registró un aumento en las proyecciones de inflación para 2018, que pasaron de 17,4% en diciembre a 19,4% en enero. Muchos economistas y analistas coinciden además con ese mismo pronóstico.
Algo dejó en claro el cambio que introdujo el Gobierno en su política a fin de año: con las tasas solas no alcanza para controlar la inflación y además el costo es que más tarde o más temprano ese camino frena la actividad. Quien siempre machacó sobre esa idea fue el gobernador Juan Schiaretti, cuando en época de campaña electoral criticaba algunas decisiones de la Nación y en particular su política antiinflacionaria. Incluso reclamaba una apertura controlada de determinados bienes e insumos estratégicos para el país.
Sin crecimiento económico será difícil que las metas de la gestión Macri lleguen a buen puerto. Pero además, en ese punto, no habría que olvidar que este año desembocará en el proceso electoral de 2019. Si al final del año los salarios pierden frente a la suba de precios sería una difícil tarea tener buenos niveles de actividad y de consumo. Y problemas en esos dos planos no configuran un gran escenario para un oficialismo con urnas por delante.
Si detrás de la inflación está el talón de Aquiles del déficit fiscal, el Gobierno tendrá además un nuevo problema que se acerca. Las malas noticias que se agravaron en las últimas semanas por la profunda sequía que cubre la zona más productiva del país derivarán en menor tracción del campo. Todavía la campaña gruesa no está definida, pero todo parece indicar que no será recordada por sus grandes rindes. Y eso tendrá también traducción directa en los ingresos de dólares en el país.
No es un gran arranque de 2018 para la gestión nacional, aunque ayer el Presidente se esforzó, desde Chapadmalal, en donde realiza un retiro espiritual para mejorar la coordinación entre los integrantes del gabinete y fijar la agenda para los próximos meses, en destacar en que será un año positivo.

