Realidades, sensaciones y pronósticos
Por Gonzalo Dal Bianco
El gobierno de Cristina y el kirchnerismo fueron dejando a un costado la empatía con un sector amplio de la sociedad, que claramente no se sintió representado por la política de la Casa Rosada y permitió ser base de sustento de una fuerza alternativa que desde la Capital Federal fue capaz de estrechar un vínculo e interpretar los planteos que no encontraban eco en la administración anterior. El desacople entre las necesidades y deseos de quienes transitan por fuera de la casa de gobierno y lo que ocurre adentro puede ser un síntoma de desgaste cuyo desenlace depende de la capacidad de reacción de quienes conducen. El denominado relato abreva en ese contexto.
En las últimas semanas el gobierno de Mauricio Macri mostró indicios de esa diferencia de temperaturas entre el interior y el exterior. Claramente la percepción, o al menos lo que dicen hacia afuera los funcionarios nacionales, no se condice con la sensación de la calle.
De hecho hay muchos sondeos que en las últimas semanas fueron mostrando esto con contundencia. El último trabajo de monitoreo realizado por el consultor y analista político Gustavo Córdoba ratifica por dónde pasan las principales preocupaciones de los argentinos hoy: por el bolsillo. Y cada vez más hay una mirada crítica con respecto al optimismo que muestra en materia económica el Gobierno. Ahí hay también una distancia significativa entre lo que llega a la gente a través de los voceros de la gestión, que se esfuerzan por remarcar que “lo peor ya pasó”, como apuntó el Presidente, o que la inflación sigue bajando, con lo que observa una porción importante de la población.
Para muchos, que en este comienzo de año tienen los ingresos del año pasado con los precios apurados de 2018, el poder de compra se acortó. Y por eso entre las principales preocupaciones de los argentinos hoy lideran la inflación y la pobreza.
Como se recordará, dos de las promesas de Mauricio Macri al asumir el Gobierno fueron disminuir la inflación y llegar a pobreza cero, esto último algo utópico pero que sirvió como un eslogan de impacto. La Argentina tiene un 30 por ciento de su población que no alcanza a cubrir sus gastos para vivir. Y eso se sostiene incluso desde antes de que asumira este Gobierno, con algunos puntos por arriba o por debajo que no cambian demasiado la cruda realidad de esa porción de personas que no encuentran resortes para transformar su situación de pobreza. Si se prolonga la mirada, desde la dictadura hasta aquí prácticamente la pobreza fue creciendo sin pausa, con un salto en 2001, lo que se constituye como un claro saldo negativo de los últimos 40 años en el país, con responsabilidad de todos los colores.
Y las dos variables que las encuestas muestran al tope de las preocupaciones en realidad tienen estrecha relación. Mientras la inflación no deje de ser un problema, será difícil revertir el cuadro de pobreza. Y si la actividad económica no se sostiene en niveles de crecimiento que rompan el 3% anual, será complejo que las capas sociales más bajas encuentren escalones para comenzar a subir.
La ecuación del déficit fiscal, su financiamiento, la inflación y la actividad económica resultaron hasta aquí un enigma que no pudo dilucidar el multitudinario equipo económico. No encontró la puerta. Apostó por el endeudamiento para limitar la emisión que ampliaba la base monetaria que irremediablemente echaba combustible a la inflación; pero eso no resultó y finalmente el déficit sigue siendo muy elevado y la Argentina está cada vez con mayores niveles de endeudamiento internacional. Mientras, la suba de precios arrancó enero por arriba del 2% y las proyecciones de febrero indican que será similar o superior. El bimestre podría terminar con un 4,6% lo que proyecta un valor anual similar a 2017. Pero el Gobierno asegura que irá a la baja, especialmente en el segundo semestre. Otra vez el segundo semestre.
Y, si faltaba otro síntoma que muestre lo complejo que es sanear las cuentas, asomó con fuerza el dólar. El Banco Central acaba de cerrar una semana en la que negó con su accionar lo que venía sosteniendo en las declaraciones: que el mercado sólo debe regular la cotización del tipo de cambio y que a veces iba a bajar y otras a subir. Pero que el equilibrio, en definitiva, lo daría la oferta y demanda. Pues esta semana Sturzenegger salió disfrazado de bombero a tratar de enfriar el mercado y vendió 385 millones de dólares para contrarrestar la suba de la moneda estadounidense. Ayer logró que retrocediera 13 centavos.
Por otra parte, mientras la inflación siga a ese ritmo limando salarios, será difícil que el consumo mejore. En febrero las ventas minoristas cerraron a la baja según publicó la Came y no parece una casualidad.
El otro motor averiado es el del campo. Los últimos informes que se dieron a conocer por las consecuencias de la extensa sequía mostraron que los ingresos se recortarán en unos 3 mil millones de dólares de acuerdo a la estimación del Ieral de la Fundación Mediterránea. Eso representa medio punto del PBI que habrá que descontar en 2018. “El campo difícilmente aporte este año al crecimiento, habrá que esperar que lo compensen otros sectores”, vaticinó ayer el economista jefe del Ieral, Juan Manuel Garzón.
¿Qué otros motores pueden traccionar? ¿La industria? ¿La construcción? La primera seguramente un poco menos que la segunda. ¿Pero será suficiente? Se abren apuestas.
De todos modos detrás de la construcción siempre hay una porción de inversión agropecuaria. Eso seguramente también empujará menos este año. Donde hay expectativas favorables es en el vecino Brasil. El principal mercado de exportaciones argentinas transita una recuperación importante y eso podría mejorar los embarques hacia allí y por lo tanto la actividad de esos segmentos exportadores. Es una tabla, entre tantas olas.
En las últimas semanas el gobierno de Mauricio Macri mostró indicios de esa diferencia de temperaturas entre el interior y el exterior. Claramente la percepción, o al menos lo que dicen hacia afuera los funcionarios nacionales, no se condice con la sensación de la calle.
De hecho hay muchos sondeos que en las últimas semanas fueron mostrando esto con contundencia. El último trabajo de monitoreo realizado por el consultor y analista político Gustavo Córdoba ratifica por dónde pasan las principales preocupaciones de los argentinos hoy: por el bolsillo. Y cada vez más hay una mirada crítica con respecto al optimismo que muestra en materia económica el Gobierno. Ahí hay también una distancia significativa entre lo que llega a la gente a través de los voceros de la gestión, que se esfuerzan por remarcar que “lo peor ya pasó”, como apuntó el Presidente, o que la inflación sigue bajando, con lo que observa una porción importante de la población.
Para muchos, que en este comienzo de año tienen los ingresos del año pasado con los precios apurados de 2018, el poder de compra se acortó. Y por eso entre las principales preocupaciones de los argentinos hoy lideran la inflación y la pobreza.
Como se recordará, dos de las promesas de Mauricio Macri al asumir el Gobierno fueron disminuir la inflación y llegar a pobreza cero, esto último algo utópico pero que sirvió como un eslogan de impacto. La Argentina tiene un 30 por ciento de su población que no alcanza a cubrir sus gastos para vivir. Y eso se sostiene incluso desde antes de que asumira este Gobierno, con algunos puntos por arriba o por debajo que no cambian demasiado la cruda realidad de esa porción de personas que no encuentran resortes para transformar su situación de pobreza. Si se prolonga la mirada, desde la dictadura hasta aquí prácticamente la pobreza fue creciendo sin pausa, con un salto en 2001, lo que se constituye como un claro saldo negativo de los últimos 40 años en el país, con responsabilidad de todos los colores.
Y las dos variables que las encuestas muestran al tope de las preocupaciones en realidad tienen estrecha relación. Mientras la inflación no deje de ser un problema, será difícil revertir el cuadro de pobreza. Y si la actividad económica no se sostiene en niveles de crecimiento que rompan el 3% anual, será complejo que las capas sociales más bajas encuentren escalones para comenzar a subir.
La ecuación del déficit fiscal, su financiamiento, la inflación y la actividad económica resultaron hasta aquí un enigma que no pudo dilucidar el multitudinario equipo económico. No encontró la puerta. Apostó por el endeudamiento para limitar la emisión que ampliaba la base monetaria que irremediablemente echaba combustible a la inflación; pero eso no resultó y finalmente el déficit sigue siendo muy elevado y la Argentina está cada vez con mayores niveles de endeudamiento internacional. Mientras, la suba de precios arrancó enero por arriba del 2% y las proyecciones de febrero indican que será similar o superior. El bimestre podría terminar con un 4,6% lo que proyecta un valor anual similar a 2017. Pero el Gobierno asegura que irá a la baja, especialmente en el segundo semestre. Otra vez el segundo semestre.
Y, si faltaba otro síntoma que muestre lo complejo que es sanear las cuentas, asomó con fuerza el dólar. El Banco Central acaba de cerrar una semana en la que negó con su accionar lo que venía sosteniendo en las declaraciones: que el mercado sólo debe regular la cotización del tipo de cambio y que a veces iba a bajar y otras a subir. Pero que el equilibrio, en definitiva, lo daría la oferta y demanda. Pues esta semana Sturzenegger salió disfrazado de bombero a tratar de enfriar el mercado y vendió 385 millones de dólares para contrarrestar la suba de la moneda estadounidense. Ayer logró que retrocediera 13 centavos.
Por otra parte, mientras la inflación siga a ese ritmo limando salarios, será difícil que el consumo mejore. En febrero las ventas minoristas cerraron a la baja según publicó la Came y no parece una casualidad.
El otro motor averiado es el del campo. Los últimos informes que se dieron a conocer por las consecuencias de la extensa sequía mostraron que los ingresos se recortarán en unos 3 mil millones de dólares de acuerdo a la estimación del Ieral de la Fundación Mediterránea. Eso representa medio punto del PBI que habrá que descontar en 2018. “El campo difícilmente aporte este año al crecimiento, habrá que esperar que lo compensen otros sectores”, vaticinó ayer el economista jefe del Ieral, Juan Manuel Garzón.
¿Qué otros motores pueden traccionar? ¿La industria? ¿La construcción? La primera seguramente un poco menos que la segunda. ¿Pero será suficiente? Se abren apuestas.
De todos modos detrás de la construcción siempre hay una porción de inversión agropecuaria. Eso seguramente también empujará menos este año. Donde hay expectativas favorables es en el vecino Brasil. El principal mercado de exportaciones argentinas transita una recuperación importante y eso podría mejorar los embarques hacia allí y por lo tanto la actividad de esos segmentos exportadores. Es una tabla, entre tantas olas.