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Un apretón a una realidad social con poco margen

La batería de anuncios lanzados luego del nuevo acuerdo con el FMI anticipa un escenario sin repunte en la actividad económica por las altas tasas, una inflación que crece y una base monetaria que será encorsetada hasta junio del año próximo. Por Gonzalo Dal Bianco
Las fuertes medidas anunciadas por el Banco Central esta semana para intentar contener la inflación y desactivar la corrida cambiaria tendrá un efecto secundario que debería colocarse sobre el centro de la escena: el profundo impacto en la actividad económica, especialmente de aquellos sectores de-sacoplados del comercio internacional.

El cierre del año coincidirá posiblemente con los meses más difíciles de la crisis económica que perdura desde abril, cuando comenzó la primera corrida cambiaria. El anuncio de congelar la base monetaria le colocará un corset a la economía, que sin embargo seguirá haciendo fuerza hacia afuera por el efecto inflacionario. La presión se hará sentir con más fuerza entonces con el correr de las semanas. Es que los precios seguirán copiando el avance del tipo de cambio, que desde que comenzó el año tuvo un aumento del 120 por ciento. Eso aún no se trasladó plenamente a las góndolas de la economía, pero lo irá haciendo en buena medida. Si ese tránsito se demoró no es por otra razón que no sea la recesión instalada desde el segundo trimestre del año, cuando saltó el tipo de cambio y se inició la debacle. La suba de precios está siendo moderada por la caída de la demanda. En ese setido, si la inflación continúa como se espera, alta en los próximos meses y la base monetaria se matiene sin cambios hasta junio, como anunció el flamante presidente del Central, Guido Sandleris, la cantidad de pesos en circulación podrá comprar menos bienes y servicios. Por lo cual la retracción económica estaría garantizada.

Pero podría haber un atenuante que llegaría del sector agropecuario. Es que, si las condiciones del clima acompañan y la campaña que se pone en marcha aporta los 126 millones de toneladas que algunas entidades ya imaginan, podrá ser un colchón importante para amortiguar la caída. En esa lógica, algunos economistas advirtieron esta semana que en zonas como la de Río Cuarto se daría más rápidamente un repunte o al menos un freno en la pendiente por la estrecha relación entre la actividad económica y el campo.

Pero esa cosecha estará lista recién entre abril y mayo del año próximo. En el mejor de los casos son 7 largos meses con una economía que no da señales positivas y muestra un horizonte que hasta el propio Presidente admite que será difícil. Lo dijo en una pizzería que fue a visitar esta semana cuando valoró a los dos jóvenes propietarios que abrieron las puertas del negocio justo en un proceso de marcada recesión. Y lo admitió después al referirse al deterioro de la situación social, cuando el Indec difundió esta semana -a la que no le faltó casi nada- los datos de la pobreza y la indigencia. En esa estadística ya pudo observarse el inicio de un cambio en la tendencia positiva que había comenzado a fines de 2016. Pero la información del organismo oficial de que en Argentina hay un 27,3% de pobres y casi un 5% de indigentes mostró con crudeza el impacto de la prolongada crisis económica.

En Río Cuarto la medición arrojó cifras algo más preocupantes con una pobreza de 28% y una indigencia del 5,8%. No son números abstractos: eso implica que en la ciudad, Las Higueras y Holmberg hay 48.860 personas que no suman ingresos para cubrir los gastos totales del mes y 10.159 que, más grave aún, no cubren el costo de la alimentación. Hay 6.453 nuevos pobres y 617 personas que se suman a las que no podían comprar la canasta de alimentos.

En Córdoba el panorama es peor, con más del 30% de pobres, lo que equivale a 466 mil personas. El conurbano bonaerense también es otro lugar de máxima atención, con 31,9% de pobres. Son más de 3,8 millones de personas en esa situación. Es la otra cara del corset apretado y bajo presión.

¿Qué chances hay de que esa foto mejore en la próxima medición? Ninguna. Ya lo dijo el Presidente, serán meses de mayores dificultades los que vienen. Y en eso no se equivocó, porque ya la inflación proyectada para este mes que termina está estimada en el 5%, que sería un nuevo récord después del 3,9% de agosto. La economía transita por el ojo de la tormenta inflacionaria y el remolino resiste.

Por último, la otra novedad anunciada desde el Banco Central fue la banda de no intervención en el mercado fijada entre los 34 y los 44 pesos para el dólar. Tal como se preveía, rápidamente la cotización, que estaba en 39 el día de los anuncios, comenzó a subir para ir acercándose al nuevo techo de libre flotación. La entidad monetaria anunció que, perforado cualquiera de los dos extremos, saldrá a intervenir comprando o vendiendo, respectivamente. Nadie es tan optimista como para pensar que el Central puede hacerse de billetes por esa vía. Mientras el tipo de cambio no se calme, el deterioro de la economía tampoco lo hará. Y el único freno posible parece la confianza surgida de la certeza, algo que los funcionarios todavía no logran transmitir.