Una semana atrás, un puñado de padres, abuelos, hijos y hasta nietos volvió a aquel lugar y pudieron ver el nombre de sus excombatientes en una tumba, y pudieron cerrar una herida, que aún duele.
Y aquí están en el continente aquellos que volvieron, excombatientes que aunque lo disimulen sufren el dolor de la pérdida de sus compañeros, y tienen sus propias heridas aún por sanar.
En nuestra zona fueron varios los muchachos enviados, sin instrucción adecuada, a la guerra de las Islas Malvinas.
En el caso de los jóvenes de las localidades Bengolea, Ucacha y Chazón, todos regresaron. Algunos, con el paso del tiempo, han accedido a comentar la cruda experiencia y suelen participar de actos, charlas y entrevistas, pero otros prefieren el silencio.
Desde hace años se realizan homenajes a Aldo César Frontino, Dante Carlos Guevara, Jorge Américo González, Ramón Oscar Leguizamón, Osvaldo Juan Pecchio y Hugo Alberto Salazar, todos oriundos de Ucacha, más Carlos Rubén Beraneck, profesional que se radicó y formó una familia más en el pueblo, como en su momento Raúl Brichi, quien supo vivir en la localidad.
De Chazón, los dos excombatientes regresaron, Rody Friedich y Dante Arocena; también Eduardo Dalmasso, de Bengolea.
La foto, prueba de vida
Cuando se acercó aquel fotógrafo, en lo primero que pensó el ucachense Aldo Frontino fue que la imagen que capturara podría documentar su existencia y que en su pueblo, cuando la vieran sus familiares, estarían tranquilos porque lo sabrían con vida.
Delgado y algo cansado, caminaba en fila, fusil en mano, junto a otros compañeros, soportando el frío de Bahía Fox. Hoy tiene claro que, si les hubiera tocado combatir cuerpo a cuerpo contra los ingleses, aquel grupo del que formaba parte no hubiese sobrevivido.
Y esa foto es un registro emblemático ya que fue publicada en manuales, fascículos, revistas y diarios. Cada 2 de abril vuelve a utilizarse para ilustrar notas e informes.
Aldito recuerda: “En una colina vimos a un tipo con una cámara, bajó, se me puso delante y sacó más fotos. Nosotros íbamos caminando, preparándonos para dormir, cosa que hacíamos bajo tierra, en los llamados ‘pozos de zorro’. Yo pensé que, como no podíamos mandar cartas, esa imagen serviría porque cuando la vieran en casa sabrían que estaba vivo”. Y agrega que aparecen otros compañeros, uno del sur del país y otro más atrás, de Río Cuarto.
Un fusil cada dos soldados
Eduardo Dalmasso fue el único joven de Bengolea que estuvo en las islas, donde permanentemente imaginaba el momento del reencuentro con su familia mientras soportaba una dolencia en su pie, que ya no sentía y creía perdería sin remedio.
El frío hizo que sufriera de ‘pie de trinchera’ y no podía desplazarse por sí solo ni salir del ‘pozo de zorro’ donde se resguardaba.
Fue de los primeros en dejar Malvinas en condición de herido: “Algunos con dolencias como la mía pero otros con heridas más graves”, afirma, y cuenta que había hasta quienes llegaron a lastimarse a propósito para zafar.
Si bien no llegó a entrar en combate, todavía se pregunta por qué en aquella oportunidad los aviones enemigos que sobrevolaron sobre sus humanidades no abrieron fuego y terminaron con ellos. Estaban tan expuestos que aún hoy siente escalofríos.
“Llegamos a Malvinas casi sin instrucción, contábamos con un fusil cada dos soldados y muchos de ellos no andaban. A los 15 días trajeron pistolas 9 milímetros que nunca habíamos utilizado”.
Se enteró del inicio de la guerra el mismo 2 de abril, mirando televisión en el regimiento de Sarmiento, Chubut. Dos días después ya lo habían llevado a Puerto Argentino,.
Si bien Aldo Frontino, Jorge González y Rody Friedich estuvieron juntos en Bahía Fox, apenas si se cruzaron: no había tiempo para dialogar ni darse fuerzas.
González señala que “estaba con Aldito Frontino en la misma compañía pero en distintas secciones. Nos habremos cruzado dos o tres veces, nada más, siempre con algún suboficial que nos llevaba de un lado para otro. Friedich también estaba pero compartió más tiempo con Aldo”.
Eduardo Dalmasso fue asistido en Malvinas por su ‘pie de trinchera’ por un médico que, a la vuelta de los años, reconoció en un consultorio de Ucacha.
Se trataba del doctor Beraneck, quien no lo recordaba especialmente tras atender tantas urgencias en aquel campamento sanitario pero que, al consultar una libretita con anotaciones propias, verificó la situación: “Sí, a Dalmasso lo atendí en las islas y fue él quien me reconoció después de tanto tiempo”.
Pecchio comentó que en una oportunidad Friedich le dio de comer “en Isla de los Estados, en un buque que después se terminó hundiendo. Rody era chofer de un teniente coronel y me acuerdo que me dio de comer y me mató el hambre. Y con Beraneck, si bien no nos conocíamos todavía, estábamos en el mismo lugar, nada más que él en la pista de aviones y yo en el campo, digamos”.
Historias cruzadas, sólo algunas de las tantas de esa enorme herida. La guerra de Malvinas no cicatriza.
Gustavo Perusia