En la última semana se terminaron de confirmar datos duros muy positivos para la economía nacional, que contrastan fuerte con la preocupación principal que muestran las encuestas de opinión y que está concentrada en el proceso inflacionario y los escenarios a futuro, todo profundizado por un contexto mundial que no ayuda a solucionar ninguna de las dos cuentas pendientes.
Sin embargo, el Indec fue esta vez portavoz de buenas noticias. Por un lado se terminó de confirmar el repunte de la actividad económica durante 2021, que fue del 10,3%, levemente superior incluso a las buenas proyecciones que se venían realizando. Con eso, saldó en un solo año todo el derrumbe que se había registrado en el año de inicio de la pandemia del Covid, con cierres, aislamiento y muchas medidas restrictivas que provocaron severas consecuencias económicas. De todos modos, que se haya recuperado la caída de 2020 no quiere decir que todo volvió a quedar en su lugar, ni mucho menos. La estadística por ahí tiende a confundir a quienes la leen de manera lineal. Suele ocurrir que en esos movimientos bruscos, los que están en los niveles de mayor vulnerabilidad social tienden a agravar su condición y quienes están en sectores más acomodados, a mejorar aún más su ubicación relativa. Esta semana será clave también para conocer esa foto cuando se publique el índice de pobreza, el miércoles por la tarde. Como se sabe, el dato corresponderá al cierre de 2021, por lo cual podría diferir de la actual situación. Y es de esperar que tenga una mejora con respecto a los datos previos, dado el rebote económico y la caída del desempleo, que fue el otro dato muy positivo que se conoció en los últimos días. Es que la desocupación pasó del 11% de fines de 2020, con tres trimestres completos en pandemia y sin vacunas, a un 7% a igual momento de 2021. El peor momento fue a mediados de 2020, cuando la tasa alcanzó 13,1% durante las mayores dificultades e incertidumbre generadas por la pandemia.
En el cierre de 2019, previo a la pandemia y apenas asumía el presidente Alberto Fernández, la desocupación era 8,9%, es decir que la de diciembre último aun es mejor que aquella.
Que se haya recuperado la caída de 2020 no quiere decir que todo volvió a quedar en su lugar, ni mucho menos. La estadística por ahí tiende a confundir a quienes la leen de manera lineal.
Son dos datos que marcan una recuperación de la actividad económica. Sin embargo, el clima económico dista de ser positivo. Y allí empieza a observarse un cúmulo de dificultades que aún no están encaminadas ni próximas a resolverse y la más emblemática es sin dudas la inflación. Con un arranque de año con fuerte aumento de los bienes y servicios, el Gobierno enfrenta el momento de mayor tensión porque los precios nuevos se encuentran con los salarios viejos. Las paritarias están recién encaminándose y en un clima en el que cada vez se hacen más breves los períodos acordados. Hoy, recordar las paritarias anuales requiere de un esfuerzo de memoria. Primero se modificaron por anuales con revisión; luego pasaron a ser dos negociaciones al año; algunas sumaron a las dos negociaciones una revisión antes de la siguiente paritaria; y ahora ya hay pretensiones de controlar la evolución en períodos más breves (¿cuatrimestrales?). Lo cierto es que del lado de las empresas el planteo es que se avanza a un esquema en el que se discuten todo el año los salarios y eso siempre aumenta la tensión y la conflictividad, y termina bajando la productividad. En definitiva, colabora para que haya una economía cada vez menos competitiva. Pero más allá de la discusión de las consecuencias, la raíz de todo sigue siendo la inflación, que no es otra cosa que el aumento generalizado de los precios de la economía con un escenario de aceleración desde que comenzó el año. Eso, a su vez, está provocando que cada vez más se observen acciones de cobertura de parte de actores económicos que terminan aumentando “por las dudas” o por temor a que cuando deban reponer no cubran los costos; y otros que prefieren “pisar la mercadería” y no vender para no descapitalizarse, que es un riesgo siempre vigente en procesos inflacionarios en aceleración como tiene la Argentina.
Anoche, el presidente Alberto Fernández, en una entrevista que dio a la TV Pública, dijo que “hay diablos que aumentan los precios y hay que hacerlos entrar en razón” y “una inflación autoconstruida que tiene mucho que ver con el modo en que se concentra la producción de alimentos; hay que llamarlos a la reflexión para que ellos entiendan que el hecho de que tengan una especie de oligopolio no los autoriza a subir los precios”.El mandatario enfoca el problema de la inflación en la especulación de sectores que, favorecidos por su posición dominante en un sector de la economía, aprovechan a maximizar sus ganancias. Sin embargo, el problema de la inflación parece mucho más amplio y de mayor dificultad que la imagen de un demonio movilizado por las fuerzas del mal. Y claramente no son solo los alimentos -aunque sí los que más golpean a los sectores vulnerables- los que aumentan, porque en el medio se observa que los combustibles subieron 21% en febrero y marzo, las prepagas, los remedios, los alquileres, los boletos de transporte, la peluquería y las cubiertas de los autos -cuando se consiguen- por enumerar algunos bienes y servicios. Por eso, más allá de las buenas noticias de estos últimos 7 días, si el Gobierno no logra dar vuelta el cuadro de situación inflacionaria, la percepción de la economía que tendrá la gran mayoría será tan mala como hasta ahora. Y no habrá diablo que la pueda revertir.

