En cada rincón del país, en la más pequeña de las comunidades, hay una historia por contar de aquellos soldados que lucharon en la guerra por las Islas Malvinas. Al cumplirse 41 años de aquel hecho, hoy, una vez más, se rinde homenaje a los veteranos y caídos en combate.
Buscar una historia que contar de estos héroes es encontrarse con cientos de miles. Todos ellos tienen en común el haber sido protagonistas de ese capítulo de la historia argentina más reciente y dolorosa. Pero, a su vez, cada uno tiene su propia batalla, la que combatió con otras armas, para superar los traumas, miedos y las heridas indelebles que les dejó aquella guerra.
Ever Moriena nació en Río Cuarto pero gran parte de su infancia y adolescencia la transitó en La Carolina El Potosí. Fue combatiente voluntario en la guerra de Malvinas y en su pueblo una escultura le rindió hace algunos años el merecido homenaje junto con Sergio Dal Lago.
Moriena, al igual que otros tantos veteranos, atravesó su propia batalla en la vida tras regresar de la guerra. En su caso, fue el deporte el que lo ayudó a salir adelante.
Hoy es un reconocido deportista multipremiado por sus participaciones en competencias internacionales y tan exigentes como la “Ironman”. Además, el año pasado, y en el marco de la entrega de los Premios Olimpia, Ever fue reconocido entre los deportistas veteranos de Malvinas, al cumplirse este año el 40o aniversario del conflicto bélico.
Soldado voluntario
“Yo había hecho el servicio militar en el Regimiento 25 de Infantería en Sarmiento, Chubut, en 1981, en febrero de ese año, y me dieron de baja en febrero del 82. En marzo me vuelven a llamar y yo pensaba que era para entregarme la libreta. No me presenté, porque yo ya había cumplido con mi ciclo”, comienza relatando.
El 2 de abril, y estando en su pueblo, se entera del desembarco de Argentina en Malvinas. “Ahí me di cuenta de que la llamada era para eso. Entonces me presenté en el Distrito Militar de Río Cuarto y me dieron un pasaje PPS (pasaje para soldado) a Comodoro Rivadavia y, de ahí, a Sarmiento. Cuando llego era como el día 7 u 8 de abril. Parte de mi regimiento había desembarcado el 2 de abril y la otra tanda se estaba yendo para hacer el puente aéreo entre Comodoro y Puente Argentino. Entonces pido que me cambie por uno de la (clase) 63. Me dijeron que no, que estaba completo y demás. Hablé con un jefe y le dije que había hecho 3 mil kilómetros para llegar y pedí ir a Malvinas, si no me regresaba. Me respondió que si lo hacía iba a ser considerado un desertor. Al final, me terminan sumando”.
En la trinchera
No hay detalle que Moriena olvide. Recuerda que llegó a Malvinas el 10 de abril del 82 y que fue el 1o de mayo cuando comenzaron los bombardeos a Aeropuerto Argentino, donde él y sus compañeros estaban emplazados.
“Desde ese día los bombardeos fueron permanentes”. Ellos, resguardados en trincheras que cavaban para cubrirse y de allí defenderse de la tropa inglesa.
Al consultarle sobre la guerra de Malvinas, reflexiona: “Cuando doy charlas siempre resalto que hay que remontarse a la realidad de Malvinas 41 años atrás. Y decir que es una de las historias más profundas que tenemos en el siglo XX y XXI. Y es totalmente desconocida. No es un evento aislado de los militares, sino que fue cívico-militar, si se quiere. Porque lo que empujó a los militares a la guerra fue aquella manifestación del 2 de abril a la tarde”.
Según detalla Moriena, los planes militares por aquel entonces eran ir el 2 de abril, recuperarlas, a sabiendas de que podría haber muertos o heridos, pero en menor cantidad, y luego pedirle a la ONU una mediación, dejando allí un mínimo destacamento de 50 soldados argentinos, y retirar todas las tropas el 5”.
Para este veterano, “nadie en su sano juicio quiere ir a hacer una guerra contra Inglaterra, uno de los países más fuertes de la Otan, y en abril, con temperaturas bajo cero y cuando volar aviones resultaba casi imposible por la bruma”.
“Estaba todo en contra para hacer una guerra. Pero esa manifestación fortaleció la posición de los militares, que ya tenían un millón de cosas que ocultar y dijeron: ‘Aprovechemos’”.
El entonces gobierno militar mandaba tropas y soldados sin un plan previo y sin ninguna logística, detalla Moriena. Aun así, las tropas argentinas resistieron hasta en las peores condiciones.
“Era todo improvisación y un desastre tras otro. Había soldados ubicados en lugares de difícil acceso y que para ir a buscar comida hacían 4 a 5 kilómetros a pie. Toda una locura”, asume Moriena.
Enfrente, los ingleses que sabían de estas debilidades argentinas, pero aun así quedaron sorprendidos por la valentía de los soldados. “Ellos aún hoy tienen una gran admiración para el soldado argentino porque nosotros, que consumíamos mil calorías por días cuando necesitábamos cinco mil, resistimos. Y habiendo estado en un pozo a 10 grado bajo cero durante 45 días. Y llegaban los ingleses pensando que en las posiciones argentinas nadie iba a combatir. Pero se encontraron con que sí lo hacíamos y hasta les costaba horas y hasta días, como ocurrió en Darwin, para vencernos”, relata.
La valentía de los soldados
“Por eso nosotros queremos contar la historia como realmente fue, porque nos damos cuenta de que a 41 años la historia también la cuenta cada uno como quiere”, insiste.
Y recalca: “Malvinas es un evento de soldados con casi nada de instrucción, con una capacidad de combate real y extremadamente limitada por las condiciones. Y haber logrado hacerlo con el valor que se hizo y sin haber cedido un centímetro para atrás mientras que tenías una munición es lo que rescata el valor del soldado”.
Para subrayar de inmediato que fueron el coraje, la valentía y el orgullo de los soldados jóvenes los que permitieron llegar a resistir tanto tiempo. “Tal vez éramos jóvenes inconscientes, pero probablemente si hubiese habido gente de más de 30 años se rendían antes. El valor radicó en la juventud que había”.
Ever sostiene que no hay ningún veterano de guerra arrepentido de haber participado. Y pide y reclama: “No queremos que nos tengan lástima. Hicimos lo que teníamos que hacer y lo que nos correspondía como soldados”.
El regreso
Finalizada la guerra, Ever cayó prisionero de los ingleses junto con sus compañeros. Y fue entregado a las fuerzas argentinas en Puerto Madryn entre el 24 y 25 de junio. “Yo el 27 de junio cumplo años y ese día llegué a mi casa, en Carolina El Potosí”, rememora.
Tanto para Ever como para todos los soldados, el regreso fue duro. Los recibió una sociedad que en lugar de cobijarlos los marginó y hasta quiso olvidarlos. “Llegamos hasta negar que éramos veteranos. Estábamos totalmente abandonados tanto por parte del Estado como por la misma sociedad. La única forma de animarnos era juntarnos con otro veterano y hablar de cosas de la guerra. Así fue que nació la Agrupación de Veteranos en Río Cuarto y en otras partes del país”.
Volver a la sociedad
Y tras el regreso fue volver a reconstruir sus vidas, encontrar un sentido. En el caso de Ever, transitó por caminos duros, oscuros, pero supo salir.
En 1983 ingresó a la Policía de Córdoba y trabajó en la fuerza hasta fines del 88. “Yo me daba cuenta de que no estaba en condiciones para estar en esa función. Menos con un arma en la mano. Tuve un intento de suicidio. Era consciente de que no era mi lugar, porque no podía controlar las emociones y era en esos momentos en los que uno buscaba cosas para aliviar el dolor. No teníamos puerta donde golpear y pedir ayuda. La sociedad nos escupía y no encontraba reinsertarme”.
Fue así que decidió dejar todo e irse al exterior. “Quedarme era peligroso para mí e incluso para otros”.
Con 50 dólares en la mano se pagó un pasaje a Europa y partió. Su destino fue Italia. Era a principios del año 89. “Llegué a la comuna donde había vivido mi abuelo y me faltaba un papel. Conseguirlo tardó varias semanas. Hasta que llegó yo dormía en los baños de estaciones de tren, sentado en un inodoro.
Poco tiempo después, y tras lograr la ciudadanía, consiguió un trabajo como doble de riesgo en una empresa que realizaba eventos con vehículos.
“Terminé yéndome a Atenas como piloto, de estar durmiendo en baños, cinco o seis semanas después estaba firmando autógrafos.
En 2003 regresó a Argentina y otro capítulo en su vida se inició. Hoy da charlas en colegios e instituciones . “Hubo mucho tiempo de desmalvinización, hay que contar la verdadera historia”, apuntó.
Trayectoria deportiva y los logros obtenidos
El deporte fue para Ever la tabla de salvación en momentos difíciles.
Allá por el año 86 comenzó a correr y años más tarde sumó la natación. Hoy es un reconocido competidor de triatlón. Participó de 20 Ironman, la competencia internacional que combina 4 kilómetros de natación, 180 kilómetros de bicicleta y 40 kilómetros de maratón.
“Tengo 20 Ironman corridos en tres continentes. Estuve en Sudáfrica, Islas Canarias y varios países de Latinoamérica”.
Sostiene que la práctica del deporte, la dedicación de varas horas al día al entrenamiento, es lo que lo ayudó a sanar las heridas que dejó la guerra.
Aunque asume que en fechas como estas, en las que se rinden homenajes y tributos, los recuerdos vuelven a aparacer. “No es que por haber pasado más de 40 años está todo olvidado. Eso está presente siempre. Las cosas están intactas. Pero yo encuentro en el deporte un refugio”.
También Ever compite en carreras de montaña recorriendo hasta 200 kilómetros y cargando una mochila de 8 kilogramos.
En diciembre del año pasado, y en el marco de la entrega de los Premios Olimpia, otorgados por el Círculo de Periodistas Deportivos (CPD), Ever Moriena también recibió un reconocimiento junto con otros deportistas veteranos de guerra, en el marco de los 40 años del conflicto bélico. En su caso, por su desempeño en triatlón.

