En una nota de Infobae, Eduardo Anguita y Daniel Cecchini revelan los auténticos orígenes de una célebre misiva de Juan Domingo Perón.
Recordemos: en octubre de 1967 era asesinado, en “La Higuera”, Ernesto 'Che' Guevara, hecho que conmovió a la izquierda latinoamericana.
Días después, el 24 para ser precisos, se distribuyó en la prensa argentina una carta por años atribuida a Juan Perón, en la que afirmaba que había muerto “la figura joven más extraordinaria que ha dado la revolución latinoamericana, ha muerto el comandante Ernesto “Che” Guevara, uno de los nuestros, quizás el mejor”, continúa luego. Más adelante aconsejaba a los jóvenes seguir su ejemplo.
La carta sorprendió. No había demasiados antecedentes de Perón al respecto. Por supuesto, muchas veces había hechos manifestaciones nacionalistas y antiimperialistas, pero siempre había evitado aparecer en posiciones que pudieran asociarlo al comunismo o que despertaran sospechas en este sentido. Al fin de cuentas, en el movimiento que él lideraba había amplios sectores que eran visceralmente anticomunistas, muy visibles en aquel entonces. Pero el hecho es que Perón nunca confirmó ni desmintió nada al respecto.
Más de 50 años después, en un reportaje realizado por los citados autores a Manuel Gaggero, abogado, periodista, exdirector del diario “El Mundo” y previamente del semanario “Nuevo Hombre”, nos enteramos de la verdadera historia.
Gaggero nos cuenta que en esos tiempos militaba junto al matrimonio Cooke y otros dirigentes en “Acción Peronista Revolucionaria” y que fue allí donde Alicia Eguren la redactó, ante la seguridad de que Perón no iba a desmentir: “Estábamos seguros de que no la iba a desmentir y no la desmintió nunca”, nos cuenta Gaggero.
Afirma que de esa manera “dejaban a Perón bien posicionado porque (…) había un clamor mundial por el Che” y además lo colocaba “al lado de los líderes del tercer mundo”. Si ese fue el propósito del embuste, nos parece que las circunstancias y la evolución posterior del país hacen a las cosas algo más complejas.
Cabe recordar que en octubre de 1967 imperaba en la Argentina la dictadura de Juan Carlos Onganía. El dictador había arrebatado el poder quince meses atrás, gozando de un generalizado y penoso consenso. Entre sus muchos respaldos se advertía el de los mayores dirigentes sindicales del peronismo, empezando por Augusto Vandor, que aprobaron su instalación y se mostraron exultantes. También los políticos peronistas, incluido el delegado Perón, Jerónimo Remorino, habían mostrado su beneplácito. Algo desacomodado por la forma que esa dirigencia se adaptaba a la nueva realidad, Perón “ordenó” a sus seguidores “desensillar hasta que aclare”.
Cuando sucedieron los hechos de Bolivia, las cosas no habían cambiado demasiado. El ministro de Economía, Krieger Vassena, parecía haber controlado la inflación y la economía registraba aceptables niveles de crecimiento. Los “indicadores económicos” se presentaban en forma más que satisfactoria. La dictadura disfrutaba todavía de amplio consenso. Por caso, una buena parte de la dirigencia local del peronismo se acomodaba a los hechos. La mayoría de la dirigencia sindical se mostraba propensa a colaborar con el gobierno militar, del que por cierto no dejaban de obtener beneficios, en buena medida a cambio de desentenderse discretamente de la suerte del líder exilado.
Eran muchos dentro y fuera del peronismo los que presumían que la figura de Juan Perón había ingresado en un irremediable ocaso. Resultaba casi inimaginable que pocos años después el líder retornaría al país, en medio de la más extraordinaria movilización popular.
Por supuesto, existía el peronismo que rechazaba a la dictadura, pero en octubre de 1967 parecía más bien reducido. En ese peronismo se podía reconocer la presencia de algunos intelectuales que consideraban que el mismo podía transformarse en un movimiento revolucionario que reiteraría en la Argentina la experiencia de Cuba y nos conduciría al socialismo. Pero éstos eran sin duda aún más minoritarios. Hoy es habitual atribuir a ellos los más nobles ideales, pero podemos preguntarnos si en sus presupuestos y presunciones, este “peronismo revolucionario” no descontaba también aquel hipotético ocaso del líder. Entonces: ¿por qué no hacerlo aparecer sosteniendo posiciones radicalizadas, jacobinas, en las que ellos podían presentarse como sus auténticos exponentes?
Cabe recordar que, desde el exilio, Perón se veía obligado permanentemente a arbitrar entre las distintas facciones de su movimiento, a apoyar según el momento a la derecha contra la izquierda o viceversa. Era el famoso “juego pendular”, que por cierto realizaba magistralmente. Muchas veces se lo vio respaldando hechos consumados que sin duda no había inspirado. En octubre de 1967, el líder estaba probablemente más preocupado por acotar la conducta acomodaticia de muchos dirigentes de la “derecha” del movimiento propensos a aceptar lo que parecía una dictadura exitosa. Debía en consecuencia respaldar a la “izquierda” que permanentemente los denunciaba y también tolerar presuntas astucias.
En su momento, la carta en cuestión tuvo un valor bastante relativo. La mayor parte de la prensa argentina la mencionó, aunque no se detuvo demasiado en ella. Pero un par de años después, luego del “Cordobazo”, la que ahora sabemos apócrifa carta adquirió algún valor propagandístico y cierta “celebridad”. Entonces fueron miles los jóvenes que se movilizaron políticamente tras la empresa de hacer la revolución en la Argentina: En ese contexto, no era infrecuente la utilización de la mencionada carta por parte de sectores de la “izquierda peronista”, que solían esgrimirla como una de las “pruebas” del carácter revolucionario del movimiento, frente a la izquierda no peronista, escéptica al respecto.
Vista la tragedia que luego siguió en la Argentina, el relato Gaggero despierta cierto rechazo. Cuesta verlo como una simple picardía política. Más bien parece revelar una dosis de cínico oportunismo de parte de unos intelectuales hoy vanamente sobreestimados, como también ilustrativa de los equívocos de una época hoy idealizada, que merecerían ambos ser reexaminados con una mirada más crítica y más desapasionada.

