La intermitencia del fiscal Julio Rivero permite que los testigos mientan sin pudor frente al jurado popular y un tribunal, cuya única preocupación pareciera ser acotar la cobertura mediática del juicio. La falta de rigor en los interrogatorios por parte del representante del Ministerio Público Fiscal –el pueblo- y el inexorable paso del tiempo atentan contra la búsqueda de la verdad.
En su tercera semana de audiencias, el juicio oral y público contra Marcelo Macarrón ha sido la puesta en escena de una obra dramática escrita hace quince años por los abogados del imputado. Volvieron a revictimizar a Nora Dalmasso desempolvando supuestos amantes; exhibieron la transcripción de los mensajes de Guillermo Albarracín que Nora guardaba celosamente en un cuaderno íntimo –y que su hermano Juan entregó al fiscal Javier Di Santo con la misma convicción con que quince años después hizo renunciar a su madre a la querella-; mintieron como imputados, testigos, familiares de los imputados y de los testigos. Construyeron un relato familiar que de tan homogéneo y previsible hizo agua apenas empezaron a improvisar.
Quince años después del cobarde homicidio de Nora Dalmasso –“del hecho”, como lo mencionan los pudorosos testigos de la defensa-, la estrategia de Marcelo Brito para salvar al viudo es mostrarlo como lo que nunca fue: un hombre sensible y generoso, de llanto fácil, que después del crimen se volvió retraído, poco sociable, depresivo y con pulsiones suicidas. Una imagen difícil de conciliar con la que tantos riocuartenses pudieron constatar in situ –y no ut supra, Brito dixit- del viudo, que nunca dejó de jugar al golf, ni atender su consultorio, ni viajar, ni mostrarse con sus nuevas parejas –la penúltima hoy camino a prisión después de su última condena- en estos quince interminables años de impunidad. El primer éxito del nobel tribunal está a la vista: con su esfuerzo por dificultar la cobertura mediática del proceso lograron que solo los periodistas de Río Cuarto asistan al moderno Palacio de Tribunales. La excesiva protección a los testigos, las restricciones para usar el celular y las precarias condiciones de la sala de prensa -amén de la reticencia para informar siquiera la lista de testigos- aplacaron el entusiasmo inicial de los mal llamados medios nacionales, que ordenaron el inmediato repliegue a sus frustrados corresponsales.
Sin libreto
La sala de audiencias vacía es una postal del descrédito social en el Poder Judicial: apenas dos lugares ocupados entre las butacas asignadas a los familiares del imputado y catorce en la otra esquina, tras la baja del segundo jurado popular suplente. En las butacas del medio, un puñado de curiosos y tres o cuatro periodistas. Nada que infunda “miedo escénico” o incomode a testigos guiados con paciencia por Brito. Sin embargo, de tan previsibles y guionados, cada vez que se apartaron del libreto complicaron al viudo.
Tras 15 años de impunidad, se espera una intervención más decidida de quien representa al pueblo. Si los testigos siguen mintiendo sin pudor, el desenlace del proceso no será mejor que el camino transitado hasta aquí.
Así le sucedió a Juan Dalmasso, que admitió haber excluído cruelmente a su madre de la querella en connivencia con su hermana y… ¡los hijos del imputado! Dalmasso dijo recordar cómo quince años atrás Nora se sentaba en la falda de su cuñado el día de su cumpleaños –idéntico recuerdo reflotó ayer Silvia Macarrón-, pero omitió decir que semanas antes del juicio le llevó el borrador de la renuncia de su madre al escribano Roberto Foglino y después lo llevó personalmente a Tribunales. ¿Su actitud no ameritaba un pedido de falso testimonio o un careo? ¿Se puede mentir sin consecuencias en un juicio oral y público?
Así le sucedió a Margarita Riega de Dalmaso, que después de recitar su oda al matrimonio Macarrón admitió que su yerno fue a consolar a Miguel Rohrer –por entonces su vecino- y se sorprendió porque lo encontró brindando con champagne junto al vocero Daniel Lacase y el depresivo con instintos suicidas Marcelo Macarrón. Ayer, el yerno en cuestión –Guillermo Lenti- confirmó la escena descripta por su suegra, pero excluyó del cuadro las copas de champagne, agregó a las esposas y/o novias de los protagonistas y habló de “dos o tres matrimonios más”. El fiscal no le exigió que identificara a esos matrimonios que departían amigablemente con el viudo a días del crimen de Nora. El expresidente de FADA admitió con una mueca de fastidio que estaba ahí por culpa de su suegra, pero omitió decir que dos semanas antes había concurrido por su propia voluntad para sumarse a la escuálida marcha organizada por los hijos del viudo para pedir Justicia (¿?).
Tras quince años de impunidad se espera una intervención más decidida de quien representa los intereses del pueblo. Si los testigos siguen mintiendo sin pudor ni consecuencias, el desenlace del proceso no será mejor que el camino transitado hasta aquí: cinco fiscales, cuatro imputados y un sinnúmero de irregularidades, torpezas y complicidades. ¿Alcanzará con un tribunal permisivo, un histriónico letrado que se mueve con llamativa comodidad –ayer hizo leer en voz alta, durante una hora, una pericia incomprensible- y un fiscal dubitativo para llevar a buen puerto el esperado juicio por el crimen de Nora Dalmasso?
Hernán Vaca Narvaja. Especial para Puntal

