En el marco del Día Mundial del Cerebro, que se conmemora cada 22 de julio, la doctora Lucía Caffaratti (MP 38736-ME 21288), especialista en psiquiatría, y Eleana Balmaceda (MP 6240), licenciada en Psicología, coinciden en un mensaje central: cuidar el cerebro no consiste únicamente en prevenir enfermedades neurológicas, sino en adoptar conductas saludables mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas.
"El cerebro no es un órgano estático. Cambia con cada pensamiento, con cada hábito y con cada experiencia. Esa es la base de la neuroplasticidad", explica Caffaratti a Salud & Ciencia, al destacar que este órgano dirige funciones esenciales como la memoria, la atención, la concentración, el control de las emociones y gran parte de las actividades que realizamos de manera automática.
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Cuando se habla de estimulación cerebral, muchas personas piensan inmediatamente en ejercicios de memoria o juegos de ingenio. Sin embargo, las especialistas advierten que el cuidado del cerebro es mucho más amplio.
Desde la psicología, Balmaceda señala que proteger la salud cerebral implica cuidar los pensamientos, las conductas y las experiencias. Aprender un idioma, estudiar un instrumento musical, incorporar nuevos conocimientos o fortalecer vínculos interpersonales significativos son actividades que ayudan a construir una mayor reserva cognitiva, es decir, una especie de "capital intelectual" que permite enfrentar mejor el envejecimiento y reducir el impacto del deterioro propio de la edad. Pero la estimulación mental, por sí sola, no alcanza.
Las especialistas -quienes junto a los doctores Mario Carignani (MP 20260), Juan Pablo Vedia (MP 28613-ME 12889), Gustavo Zanlungo (MP 19595-ME7227) y el licenciado Agustín Sabio (MP 7081), conforman el Departamento de Neuropsicología Cognitiva, Psiquiatría y Neurociencias, del Centro Villa Dalcar-, remarcan que el cerebro necesita el mismo cuidado integral que el corazón.
Dormir adecuadamente, realizar actividad física de manera regular, mantener una alimentación equilibrada y controlar factores de riesgo como la hipertensión arterial, la diabetes, el colesterol o las alteraciones tiroideas son pilares fundamentales para preservar su funcionamiento.
"Todos los hábitos que protegen al corazón también protegen al cerebro", resume la psiquiatra.
El rol del estrés
Vivimos en una sociedad atravesada por las exigencias, la inmediatez y la sobrecarga de responsabilidades. Frente a ese escenario, el estrés parece inevitable. Sin embargo, no todo estrés resulta perjudicial.
Caffaratti explica que la respuesta de alerta es un mecanismo biológico normal que permite reaccionar ante situaciones desafiantes. El problema aparece cuando ese estado se prolonga en el tiempo.
"El estrés crónico mantiene elevados los niveles de cortisol, una hormona que, en exceso, resulta tóxica para el sistema nervioso central", señala.
Irritabilidad, trastornos del estado de ánimo, dificultades cognitivas e incluso un mayor riesgo de enfermedades neurodegenerativas pueden ser algunas de sus consecuencias cuando no se logra interrumpir ese proceso.
Por eso, destacan que la intervención temprana mediante psicoterapia y, cuando corresponde, tratamiento farmacológico, permite reducir el impacto de estos factores sobre la salud cerebral.
Uno de los temas que más preocupa actualmente a los profesionales es el uso excesivo de dispositivos electrónicos, especialmente entre niños y adolescentes.
Según Balmaceda, las investigaciones muestran que la sobreexposición a las pantallas puede afectar funciones ejecutivas como la planificación, la toma de decisiones y, sobre todo, la regulación emocional.
La especialista explica que gran parte del aprendizaje emocional ocurre durante la interacción cara a cara. Allí, niños y adolescentes aprenden a interpretar gestos, tonos de voz, expresiones faciales y respuestas inmediatas que permiten desarrollar habilidades sociales y emocionales.
Cuando gran parte de esos intercambios ocurre exclusivamente a través de una pantalla, ese aprendizaje se vuelve más limitado. Además, las demoras propias de las redes sociales favorecen la aparición de procesos de rumiación, definidos como pensamientos repetitivos que la persona no logra detener. Ese mecanismo alimenta la ansiedad y, cuando se mantiene en el tiempo, puede favorecer la aparición de cuadros depresivos.
¿Cuándo consultar?
Olvidar dónde quedaron las llaves o no recordar momentáneamente una palabra forma parte del funcionamiento normal del cerebro.
Las especialistas explican que esos olvidos cotidianos suelen resolverse espontáneamente pocos minutos después y no representan un motivo de preocupación.
La consulta resulta aconsejable cuando los episodios se vuelven frecuentes, los recuerdos ya no se recuperan o aparecen acompañados por otros síntomas, como desorientación, dificultades persistentes de concentración o cambios llamativos en la conducta que también son advertidos por familiares y personas cercanas.
Lejos de generar alarma, ambas profesionales insisten en que el objetivo debe ser consultar precozmente.
El mensaje final de las especialistas es optimista. El cerebro conserva durante toda la vida una notable capacidad para adaptarse y generar cambios. Esa plasticidad permite mejorar funciones, compensar déficits e incluso revertir algunos procesos cuando se actúa a tiempo.
Dormir bien, alimentarse saludablemente, realizar actividad física, leer, aprender cosas nuevas, sostener vínculos sociales de calidad y desafiar intelectualmente al cerebro constituyen una verdadera estrategia preventiva.
"La consulta temprana permite llegar a tiempo. Hoy contamos con herramientas diagnósticas cada vez más precisas, evaluaciones neuropsicológicas, estudios por imágenes, marcadores biológicos y tratamientos combinados que integran la psiquiatría y la psicología", explican.
En definitiva, cuidar el cerebro no significa únicamente evitar enfermedades futuras. Significa proteger aquello que nos permite pensar, recordar, aprender, emocionarnos, relacionarnos con los demás y disfrutar plenamente de la vida. Y esa construcción comienza mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas: empieza con las decisiones que tomamos cada día.