Conducida por la idea de generar un universo visual que envuelva al espectador y lo fuerce a participar del hecho creativo completando el cuadro de situación que genera con su apelación a lo sensorial (“el espectador es un poeta”, es una cita que resuena en el texto de la pieza), Estruendo mudo avanza sobre el carril que conduce la experiencia teatral desarrollada por el grupo Las hijas de Susú.
Surgida, si la información no está equivocada, de la participación de Katia Ysaacson en un taller de dramaturgia que tuvo lugar en la ciudad en 2018, de la sensación de que se trata de una pieza bullente en su interior desde antes de ese taller, puesto que no hace más que expoliar las formas habituales de su concepción teatral.
Las formas aristotélicas quedan lejos aquí. Nada de planteo, desarrollo y final. Como la misma presentación previa de la obra anuncia, se trata de “un suceder de imágenes y relatos que sumen un riesgo: la multiplicidad de sentidos”, un concepto que, para expresarse en escena, necesita de una expresión visual muy potente.
Si aquí las criaturas, resumidas en un nombre arquetípico, se desnudan desde el desgarramiento más íntimo, también lo hacen corporalmente, sobre el final, en una escena cuya resolución compendia la sutileza visual con la que se expresa básicamente Ysaacson.
Sobrenadando los condicionamientos sociales que ajustan sus vidas, la exposición de esas criaturas se manifiesta a través de una emocionalidad quebrada: un desquicio íntimo traducido a modo de éxtasis corporal entre quienes buscan una salida a su insatisfacción, pasar por un arco que les resulta esquivo.
Citando a Nietzche, ante la caída de Dios, es decir de la protección de la conciencia superior, agobiados por la sensación de estar volviendo una y otra vez a su encierro emocional, las criaturas estallan en gestos que resuenan mucho más profundamente que las voces que los acompañan.
Acosadas por la indiferenciación, los personajes que asumen Gabriela Bellandi, Sandra Cardarelli, Laura Giménez, Matías Maldonado, Patricia González, Matías Hernández, Eugenia Pagella, Paula Stecco, María Gatica, Cecilia Peralta e Ivana Bracamonte buscan identidad liberándose de ataduras.
Y las interpretaciones que hacen de sus criaturas están perfectamente asimiladas a ese gesto, a ese puñado de gestos desesperados que la dirección, apoyada por la curaduría de Hernesto Mussano, sintetiza con una gran potencia expresionista, y logra que ese estado de desesperación, que se sintetiza en el estallido de los cuerpos, envuelva al espectador y lo sitúa, sacudido, en el interior mismo de esa rebeldía.
Ricardo Sánchez
Las formas aristotélicas quedan lejos aquí. Nada de planteo, desarrollo y final. Como la misma presentación previa de la obra anuncia, se trata de “un suceder de imágenes y relatos que sumen un riesgo: la multiplicidad de sentidos”, un concepto que, para expresarse en escena, necesita de una expresión visual muy potente.
Si aquí las criaturas, resumidas en un nombre arquetípico, se desnudan desde el desgarramiento más íntimo, también lo hacen corporalmente, sobre el final, en una escena cuya resolución compendia la sutileza visual con la que se expresa básicamente Ysaacson.
Sobrenadando los condicionamientos sociales que ajustan sus vidas, la exposición de esas criaturas se manifiesta a través de una emocionalidad quebrada: un desquicio íntimo traducido a modo de éxtasis corporal entre quienes buscan una salida a su insatisfacción, pasar por un arco que les resulta esquivo.
Citando a Nietzche, ante la caída de Dios, es decir de la protección de la conciencia superior, agobiados por la sensación de estar volviendo una y otra vez a su encierro emocional, las criaturas estallan en gestos que resuenan mucho más profundamente que las voces que los acompañan.
Acosadas por la indiferenciación, los personajes que asumen Gabriela Bellandi, Sandra Cardarelli, Laura Giménez, Matías Maldonado, Patricia González, Matías Hernández, Eugenia Pagella, Paula Stecco, María Gatica, Cecilia Peralta e Ivana Bracamonte buscan identidad liberándose de ataduras.
Y las interpretaciones que hacen de sus criaturas están perfectamente asimiladas a ese gesto, a ese puñado de gestos desesperados que la dirección, apoyada por la curaduría de Hernesto Mussano, sintetiza con una gran potencia expresionista, y logra que ese estado de desesperación, que se sintetiza en el estallido de los cuerpos, envuelva al espectador y lo sitúa, sacudido, en el interior mismo de esa rebeldía.
Ricardo Sánchez

