Tiene 70 años y hace más de 50 que se dedica a ordeñar y repartir leche en su carro tirado por un caballo. La imagen nos remonta a años pasados cuando el tiempo parecía pasar más lento y se paladeaban las cosas simples. Los lecheros eran comunes en la zona, pero hoy en ese oficio sólo queda Armando Nicola, el hombre se resiste, pero sabe que es el último de su tipo pero no le importa.
Armando quedó solo en el campo donde vive, el pequeño tambo familiar, tiene unos 70 años de trayectoria y allí aprendió a ordeñar a mano de su padre. Hoy sus familiares ya fallecieron, ordeña a máquina y no tiene más luz que la que le da un viejo generador.
Todos los días, Armando recorre en el carro tirado por un caballo los seis kilómetros que lo separan de Villa Huidobro. Tiene un viaje de cuatro horas en el pueblo y varios clientes fijos que esperan por la leche recién ordeñada y también algunos que se van renovando en tiempos de pandemia.
“Los primeros días que empecé a salir fue a los 14 años, después ya empecé a venir todos los días al pueblo a repartir leche, menos los domingos”, cuenta Armando a Puntal.
Y a su vez relata: “Mis hermanos venían con leche a entregar antes de ir a la escuela” y sobre si le gusta lo que hace, dice: “Es el modo de ganarme la vida”.
Una vida dedicada al oficio
Quien mejor para relatar la historia que un vecino, el exlegislador e historiador local, Roberto Repetto, quien actualmente trabaja en un segundo libro junto con Hugo Picco para rescatar esta y otras historias de su pueblo.
“El hombre tiene un campito de 80 hectáreas aproximadamente a 5 kilómetros al oeste de Villa Huidobro frente el campo mío. Ahí vive solo. Tiene corderos, algunos chanchos y vacas que ordeña. Luego reparte leche en el pueblo. Todos los días; llueva, viento, calor frío. No importa. Lo vi, muchas veces, volver en invierno de noche al campo alumbrando para adelante y atrás con un pequeña linterna. Esa calle es continuación ruta 26 hacia Buena Esperanza. Es de tierra pero muy transitada. En la cosecha no se ve por el polvo que levantan los camiones. En épocas de sequía cuida las vacas en la calle. Nunca le pregunté si era feliz a pesar de que lo conozco de chico. Yo tampoco tengo la repuesta. Creo que la felicidad es un camino y no un destino. Personalmente creo que es feliz haciendo ese viaje todos los días. El caballo reconoce los lugares y se detiene solo en el pueblo”, señala a este diario, Roberto.
Además al lechero hasta le han escrito un poema, cuyo autor es Claudio Jaroszewski y dice:
“Lechero, lechero…
Tintinear de tarros
De lata y cencerro
Alimento vivo
En niños de pueblo
Ya va medio siglo
De carro y esmero
De rueda y caballo
De cincha y momento
Un tiempo testigo
Arruga su gesto
Los niños que fuimos
Hoy somos, seremos
Los hombres recuerdo
De leche y misterio
Ayeres presentes
Me enredan el todo
Somos quienes fuimos?
Quienes estamos siendo?
Lechero, lechero
Silencio!
Ahí viene Nicola…
Se detiene el tiempo”.
Apuntando a los montes de El Cuero, el carro desaparece entre el polvo del camino, se divide la nostalgia, el trote acompaña el ruido a latas, un reguero de leche moja el guadal seco de añoranzas. Allí va el último lechero.

