Río Cuarto volvió, después de transitar la segunda cuarentena estricta en apenas seis meses, a la versión anterior de sí misma; al estadio más cercano posible a lo que hoy puede entenderse por normalidad. Esta es toda la normalidad a la que se puede aspirar.
Una de las diferencias existentes entre la primera y la segunda cuarentena total, entre la Fase 1 que se inició en marzo y la que acaba de terminar ayer, está en el ámbito de decisión. Aquella la ejecutó el poder central, la Presidencia de la Nación, y se aplicó en todo el país; esta se definió en la ciudad, en el Palacio municipal, y se debió a la realidad comarcal, al rápido empeoramiento del estado de salud general de Río Cuarto, que pasó de la inexistencia de contagios de coronavirus durante 100 días al brote que empezó a manifestarse en agosto y que deparó en semanas un número preocupante de casos y la inminencia de un colapso sanitario al menos en el sector privado.
Cuando arrancó la Fase 1 versión riocuartense existía en la ciudad una sensación general, avalada por los datos, de principio de desmadre, o de desmadre liso y llano. Llamosas tomó entonces, con una economía en estado desesperante, la antipática decisión de cerrar todo otra vez, de mandar a la gran mayoría a sus hogares. Se expuso así a varios riesgos políticos e institucionales pero el resultado final, el comportamiento de la ciudad y el acatamiento terminaron sorprendiendo incluso a los funcionarios, que esperaban dos semanas más pedregosas y conflictivas.
El gobierno municipal alcanzó algunos logros en el proceso. Consiguió que la cuarentena se cumpliera y no quedara como una orden vacía, lo que habría sido catastrófico para Llamosas; y también pudo imponer la extensión de la Fase 1, después de que se hubiera vencido el plazo original de 10 días, sin demasiados contratiempos y sin que la amenaza de una rebelión comercial, expresada públicamente con vehemencia en la semana, finalmente se corporizara. Pero, sobre todo, atenuó su propio desdibujamiento.
En el afán por sostener al intendente y frenar el deterioro electoral que reflejaban las encuestas, la Provincia envió a Río Cuarto todo su arsenal sanitario y logístico: funcionarios, epidemiólogos, militares, recursos. Y en ese mismo acto ayudó a Llamosas en el plano sanitario pero lo perjudicó en el político.
El intendente quedó desenfocado, corrido a los ojos de la sociedad de la toma de decisiones y del manejo de la pandemia, y esa imagen, potente, no es precisamente constructiva para un intendente que aspira a la reelección en una ciudad como Río Cuarto.
Como la pandemia validó la prueba y el error como método no sólo en la respuesta epidemiológica sino también en la política, la Provincia fue saliendo de escena y dejó que Llamosas ocupara otra vez la centralidad. El jefe comunal puede haber acertado o no, pero en el contexto actual tal vez sea preferible una equivocación al socavamiento autoinfligido.
Otro aspecto que terminó atemperándose con el correr de los días fue esa impresión que existía de desastre inminente. Las clínicas pasaron de machacar en los medios con la cercanía del colapso a convertirse en legitimadoras de la estrategia sanitaria oficial.
Llamosas consiguió, en definitiva, que la mayoría de la sociedad aceptara, aunque haya sido a regañadientes, el tratamiento que él propuso; ahora, lo que resta, y no es precisamente menor, es la llegada de los resultados, la evidencia empírica de que semejante esfuerzo tuvo sentido.
Pero el intendente no sólo precisa que el resultado aparezca sino, sobre todo, que se sostenga. Porque la estrategia debería confluir en una nueva realidad sanitaria que haga viable la instancia electoral del 29 de noviembre.
El gobierno ni siquiera menciona las elecciones, no las instala en la agenda pública por al menos dos razones. Primero, porque no se produciría un aval social: la gente no aceptaría incluir la votación entre las temáticas prioritarias. Pero, sobre todo, porque en el propio oficialismo impera la convicción de que son realidades obligatoriamente sucesivas: la segunda no podrá darse sin la primera, la elección no tendría posibilidades de ser si primero no se dominara el brote de coronavirus. El acierto en la estrategia sanitaria es la condición previa de la elección y, en paralelo, de las chances de Llamosas.
A partir de ahora, el intendente dependerá principalmente de los riocuartenses, del comportamiento que tengan, de los cuidados que observen, lo que influirá decisivamente en la evolución sanitaria de la ciudad.
Parece extraño pero tal vez no lo sea tanto: la ciudad respondió mejor ante la imposición que ante la apelación a la responsabilidad. La sociedad en general pudo acatar una orden vertical que emanó desde el poder político pero no supo qué hacer cuando le dieron libertad y solamente le pidieron que cumpliera tres recomendaciones preventivas.
La suerte de Llamosas depende fundamentalmente de dos factores: de su propia actuación, por supuesto, pero también de la actitud que muestren los riocuartenses de ahora en más en los resguardos básicos para evitar la diseminación del virus. Si vuelven las fiestas de cumpleaños y disfraces, si hay asados multitudinarios, si otra vez hay rondas de mates en el río, entonces, no sería de extrañar que se deteriore nuevamente el cuadro sanitario. Y no será sencillo para Llamosas decretar una vez más la Fase 1. Porque a medida que pasen las semanas y se acerque la fecha de la elección las decisiones coercitivas se irán haciendo cada vez menos factibles.
Llamosas necesita no sólo reforzar la logística y la estrategia para contener el brote de Covid sino, además, que la gente internalice el discurso preventivo, que crea en su efectividad, que lo ejecute y lo sostenga.
La performance del intendente, su éxito o su fracaso, está siendo seguida con atención no sólo desde Córdoba sino también desde Buenos Aires. En los dos ámbitos, el Panal y la Casa Rosada, manejan encuestas coincidentes, que marcan que Llamosas cayó en intención de voto, que están extendidos un malestar y una bronca que golpean a la mayoría de los oficialismos pero que tienen componentes propios en Río Cuarto, y que aquella elección que era de una comodidad absoluta ya no lo es. Además comprueban que medidas y anuncios que en un contexto normal, no pandémico, tendrían un impacto electoral casi inmediato, registran hoy un efecto neutro en la ciudad.
Para la Nación y la Provincia, que acarrean diferencias en varios planos pero que coinciden absolutamente en la estrategia para Río Cuarto, la cuestión es el tiempo y la durabilidad del enojo. Remarcan que el caudal de votos que perdió Llamosas no migró masivamente a la oposición sino que se instaló en el purgatorio de los indecisos. Mientras sigan ahí, sostienen, son recuperables. Y en ellos podría encontrarse la clave de la elección.

