Al peronismo riocuartense nunca le resultan simples las reelecciones. No fue una instancia favorable para Alberto Cantero, que después de un gobierno accidentado y atravesado por la virulenta crisis de 2001 cayó por un escaso margen ante Benigno Rins. Y, contra todos los pronósticos y las constataciones previas, cuando parecía que sería apenas un trámite, para Juan Manuel Llamosas también se ha convertido en una complicación. Sobre todo, porque no todas las variables están a su alcance si no que dependen, aunque sea en parte, de factores y actores externos.
Llamosas tenía la reelección en el bolsillo y apareció el coronavirus; había transitado casi toda la gestión sin grandes sobresaltos y, desde el punto de vista político, había conjurado un error que terminó siendo determinante para Cantero: el actual intendente se encargó personalmente de no dejar hilos sueltos en el peronismo y de tener a todos los grupos dentro de su estructura.
Pero ahora la pandemia y sus efectos derivados, que han trastocado conceptos y visiones previos, hacen que la posibilidad de permanecer otros cuatro años en el Palacio de Mójica requiera de todos sus esfuerzos. Personales, políticos y gubernamentales.
Es meramente especulativo, pero el jueves pasado, 2 de julio, si no hubiera aparecido la pandemia, Llamosas debería haber estado asumiendo un nuevo período de gobierno. En cambio, el acto público que lo tuvo como protagonista fue un balance de su gestión. Casi al mismo tiempo, el intendente publicaba en las redes un spot publicitario destinado a ser un activador del recuerdo.
Tanto en su balance como en su video, Llamosas inauguró una competencia con la realidad. Porque, contra la omnipresencia del coronavirus y del flagelo económico consecuente, el jefe comunal está intentando instalar en la consideración pública las acciones de su gestión. Y dio, en ese acto, una primera muestra de lo que será su campaña.
El mismo 2 de julio en que debía reasumir, se exteriorizó el movimiento contrapuesto que están ensayando oficialismo y oposición en una disputa por el recorte temporal de la elección. Llamosas apuesta a un enfoque de largo alcance, a instalar en el votante la premisa de que no debe concentrarse únicamente en el período de la cuarentena y en el manejo que el Municipio hizo de la crisis sanitaria, sino que tiene que ampliar su visión y recordar también los cuatro años precedentes.
La oposición, y especialmente Gabriel Abrile, de Juntos por el Cambio, batallan por lo contrario: por un enfoque corto, por condensar el tiempo y limitarlo a lo que ocurrió desde el 20 de marzo. La pretensión es que la elección se convierta en un plebiscito focalizado en el manejo de la pandemia. Abrile ansía erigirse en el candidato que capitalice un supuesto voto castigo a la actuación del intendente.
Esa estrategia no está libre de riesgos para el médico terapista. Porque puede encapsular su campaña y, además, generarle el reproche de que apunta a sacar un rédito político de una situación excepcional como una pandemia.
Llamosas tampoco la tiene fácil. El coronavirus se ha transformado en un tema que desenfoca a todos los demás. Y si hay uno que compite es un pariente cercano: la crisis económica, laboral y social. En medio de esas dos agendas negativas, el intendente debe encontrar la manera de colar su agenda positiva de obras realizadas en una época que parece remota.
Si consigue ese objetivo, será un logro del marketing político digno de reconocimiento. Porque una crisis límite e inédita como la actual reconfigura necesariamente el escenario y los criterios y un comportamiento posible es que la gente juzgue al intendente por su actuación puntual durante ese período crucial. Pero, incluso si logra introducir sus propios ejes de campaña, en los que se siente con más fortaleza, Llamosas tendrá todavía una enorme lista de desafíos que pueden convertirse, por su magnitud e imprevisibilidad, en amenazas electorales. Y están allí, en la realidad cotidiana, inmunes a los alcances de una estrategia electoral.
Entre los principales se encuentra, por supuesto, la insoslayable cuestión sanitaria. El gobierno tuvo complicaciones en las últimas semanas para dar muestras de solidez en ese aspecto. Primero, porque debió salir de atrás -ese fue el único acierto de campaña de Abrile hasta ahora- a aclarar que no levantó controles en las rutas. Pero como advirtió la peligrosidad de que se instalara esa idea como una verdad, el propio intendente se vio obligado a anunciar que se duplicará la cantidad de trabajadores en los retenes. Con esa decisión, el gobierno admitió tácitamente que debía resolver un punto débil.
Otro capítulo casi inverosímil ocurrió con el supuesto caso 13 en Río Cuarto. Después de 84 días, la ciudad apareció en el reporte oficial con un nuevo infectado por coronavirus. Después de una infinidad de idas y vueltas y de desinteligencias entre la Municipalidad y la Provincia, se informó que el Malbrán había confirmado que finalmente el camionero había dado negativo. Pero Córdoba lo siguió incluyendo entre los positivos. El área de Salud de la Municipalidad tiene en su poder una copia del examen que le dio negativo al transportista. Sin embargo, no lo difundió y dejó que se impusiera la confusión. La controversia se habría solucionado rápidamente con una conferencia de prensa y con el simple acto de mostrar el análisis.
Como no hubo una acción rápida del Ejecutivo, en las redes corrieron las versiones y los reproches. Y, si bien la situación sanitaria de Río Cuarto no empeoró ni se modificó, el gobierno también debería considerar que la credibilidad es un activo fundamental en el manejo de una crisis. Ni qué hablar cuando además se está en un contexto electoral, que reduce casi a cero el margen de error.
También hay otros desafíos que pueden ser determinantes. El social, con una ciudad que por su estatus sanitario dejaría de percibir el IFE y 18 mil familias se quedarían sin un ingreso que fue fundamental durante la cuarentena; el económico, con una actividad en retracción y un Municipio que debe renegociar su multimillonaria deuda en dólares; y el político, que pone el acento en la capacidad del gobierno local para conducir la ciudad en una crisis de la que todavía se desconoce su real dimensión pero que amenaza con profundizarse.
Llamosas no tiene ante sí, precisamente, un camino despejado.

