Enfermedades transmitidas por alimentos, un riesgo silencioso que se acentúa en verano
El médico infectólogo Lucas Stefanini explica por qué aumenta su incidencia en estos meses y qué medidas simples pueden marcar la diferencia entre unas vacaciones saludables y un cuadro que termine en la guardia
Con la llegada del verano, el aumento de las temperaturas no solo modifica rutinas y destinos turísticos: también crea el escenario ideal para la proliferación de microorganismos responsables de las enfermedades transmitidas por alimentos.
Se trata de un problema frecuente, muchas veces subestimado, que se expresa con mayor fuerza durante los meses de calor y que tiene un impacto directo en la salud individual y colectiva.
Según explica el médico infectólogo Lucas Stefanini (MP 32179/2), es importante comenzar diferenciando dos grandes grupos.
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Por un lado, las enfermedades transmitidas por alimentos causadas por bacterias, virus o parásitos que ingresan al organismo a través de lo que comemos o bebemos. En este grupo se incluyen patologías como la fiebre tifoidea, la salmonelosis, la triquinosis, las infecciones por Shigella y la norovirosis, esta última de origen viral.
Por otro lado, están las intoxicaciones alimentarias propiamente dichas, producidas por toxinas que ciertos gérmenes generan en los alimentos, como ocurre en el botulismo o en las intoxicaciones por estafilococos.
Ambos cuadros, aunque diferentes en su mecanismo, comparten un punto en común: su mayor frecuencia durante el verano.
El origen del problema
El motivo principal es la pérdida de la cadena de frío, un error habitual cuando los alimentos permanecen demasiado tiempo a temperatura ambiente.
“El mal manejo de la cadena de frío favorece la proliferación de bacterias y virus, especialmente en alimentos que se consumen crudos o mal cocidos”, señala Stefanini.
Carnes, lácteos y comidas preparadas son particularmente sensibles a estas condiciones, y a este factor, se le suman otras prácticas de riesgo.
La contaminación cruzada, por ejemplo, ocurre cuando alimentos crudos entran en contacto con otros ya cocidos o listos para consumir, ya sea a través de utensilios, superficies o las propias manos.
“El lavado de manos antes y después de manipular alimentos es una medida sumamente eficaz, sencilla y económica”, remarca el especialista.
También el agua cumple un rol central: puede convertirse en vehículo de transmisión si no es segura, tanto para beber como para lavar alimentos.
Los síntomas de estas enfermedades suelen ser, en la mayoría de los casos, gastrointestinales. La diarrea aparece como el signo cardinal, acompañada con frecuencia por náuseas, vómitos y dolor abdominal.
Stefanini advierte que, tras celebraciones masivas como Navidad y Año Nuevo, se observa un aumento de consultas por este tipo de cuadros, asociados a comidas abundantes, largas horas fuera de refrigeración y mayor relajación en las medidas de higiene.
Prevenir en los viajes
El verano también es sinónimo de viajes, y con ellos surge un cuadro muy conocido: la diarrea del viajero.
Se trata de episodios que afectan a personas que, al desplazarse a otra región, consumen alimentos o agua diferentes a los habituales. “No siempre significa que el agua esté contaminada, muchas veces el solo hecho del cambio puede generar la diarrea”, resaltó el infectólogo.
Aunque suelen ser cuadros autolimitados, pueden arruinar varios días de descanso. Por eso, se recomienda, incluso en zonas con agua potable, optar por agua mineral o embotellada durante estadías cortas.
No todas las personas presentan el mismo riesgo frente a estas enfermedades. Los grupos más vulnerables son los niños pequeños, los adultos mayores y las personas inmunosuprimidas, ya sea por enfermedades crónicas, tratamientos oncológicos o terapias inmunosupresoras.
En ellos, una diarrea intensa o vómitos repetidos pueden provocar deshidratación en poco tiempo y derivar en cuadros graves.
Entre los errores más comunes del verano, el infectólogo destaca dejar alimentos cocidos fuera de la heladera durante horas, romper la cadena de frío en traslados largos, manipular comida sin higiene adecuada y reutilizar utensilios sin lavar entre alimentos crudos y cocidos.
“Son fallas cotidianas que, sumadas al calor, generan el escenario perfecto para la enfermedad”, resume.
¿Cómo proceder?
Ante un caso de intoxicación alimentaria en el hogar, la conducta depende del grupo etario y de la evolución del cuadro.
Los niños pequeños y los adultos mayores deben consultar rápidamente, ya que la deshidratación puede instalarse con rapidez. En personas sin factores de riesgo, también es motivo de consulta la presencia de vómitos persistentes, diarrea intensa que no cede o cuadros que se prolongan más de 48 horas con numerosos episodios diarios.
La prevención, insiste Stefanini, es la herramienta más poderosa. Mantener la cadena de frío, cocinar bien los alimentos, evitar la contaminación cruzada, lavarse las manos y consumir agua segura son medidas simples que reducen de manera significativa el riesgo. En un contexto donde el descanso y el disfrute son prioridad, la seguridad alimentaria se vuelve un aspecto clave para cuidar la salud y evitar que una comida mal conservada se transforme en el inicio de un problema mayor.
En definitiva, el verano invita a relajarse, pero no a descuidarse. Con información y hábitos responsables, es posible disfrutar de las vacaciones sin que una intoxicación alimentaria arruine el descanso ni ponga en riesgo a los más vulnerables.