Opinión |

Lula dejó claro qué piensa del campo y ratificó el rumbo

El electo presidente de Brasil transparentó que no piensa ceder un milímetro el lugar que ocupa la potencia sudamericana en el mercado mundial de alimentos, donde es el tercer mayor exponente, al tiempo que lidera en carnes

El cambio de gobierno que se vendrá en Brasil no implicará una modificación en el rumbo de su política agropecuaria. Por el contrario, José Ignacio Lula da Silva ratificó que al extraordinario y robusto crecimiento que experimenta el gigante sudamericano en ese rubro lo intentará profundizar, hacerlo crecer. Es una política que lleva varios gobiernos y que viene dando resultados contundentes que ayer el propio Lula se encargó de recordar: “Somos el tercer mayor productor mundial de alimentos, y el primero en proteína animal. Si tenemos tecnología y una inmensidad de tierras agrícolas, si somos capaces de exportar al mundo, tenemos el deber de asegurar que todo brasileño pueda desayunar, almorzar y cenar todos los días. Este será nuevamente nuestro compromiso”, señaló en un párrafo de su discurso tras el triunfo en las urnas.

La locomotora de la región compite en el liderazgo a escala global en mercados de granos de soja, café, azúcar, jugo de naranja, carne bovina, de pollo, maíz, etanol y algodón.

No fue la única mención al campo. Luego hizo especial hincapié en los pequeños y medianos productores y su rol fundamental: “La rueda de la economía volverá a girar con los pobres formando parte del presupuesto, con el apoyo a pequeños y medianos productores rurales responsables del 70% de los alimentos que llegan a nuestras mesas”, destacó.

No pasó una vida desde que Brasil compraba granos en la Argentina. A comienzos de los 90, nuestro país era proveedor de trigo y maíz con más de 7 millones de toneladas entre ambos granos.

No pasó una vida desde que Brasil compraba granos en la Argentina. A comienzos de los 90, nuestro país era el proveedor de trigo y maíz con más de 7 millones de toneladas entre ambos granos. De hecho, en trigo, Brasil se llevaba gran parte de las exportaciones argentinas, mientras que en maíz llegó a representar más de un cuarto de las ventas internacionales. En 30 años de constancia y rumbo claro, Brasil se convirtió en una potencia mundial en alimentos superando ampliamente a la Argentina, su viejo proveedor.

Lula dejó en claro que su objetivo es seguir agrandando la torta, algo que en Argentina no ocurre hace más de una década. Eso llevó además a que no se incrementen los puestos de trabajo registrados y la situación social se mantenga en una pendiente de deterioro. La meta que ayer volvió a ratificar el presidente electo contrasta con esa realidad argentina: “Apostaremos al crecimiento económico distribuyéndolo con toda la población. Así debe funcionar, para mejorarles la vida a todos y no para perpetuar la desigualdad”, dijo el líder del PT.

“La rueda de la economía volverá a girar con generación de empleo, valoración de los salarios y renegociación de las deudas de aquellas familias que perdieron su poder de compra”, agregó, haciendo foco en la situación social que claramente Brasil no tiene totalmente resuelta ni mucho menos. Pero sí, viene de ensayar recetas que la vienen mejorando. De hecho, ese es uno de los activos más valorados de las dos gestiones anteriores de Lula: un poderoso crecimiento que sacó a millones de brasileños de la pobreza. Y allí se inscribe la clave del sector agropecuario y agroindustrial. La intención es volver a vincular el crecimiento del agronegocio, cada vez más sofisticado, con la promoción social.

En 30 años de constancia y rumbo claro, Brasil se convirtió en una potencia mundial en alimentos, superando ampliamente a la Argentina, su viejo proveedor.

Gustavo López, consultor de la Fundación Producir Conservando, recuerda que con la expansión del área agropecuaria y los cambios tecnológicos que impulsaron el crecimiento en la producción y la exportación de los agronegocios, Brasil comenzó el nuevo siglo con un registro de ventas al exterior de 21 mil millones de dólares, y superó los 120 mil millones de dólares el año pasado. En 21 años multiplicó por seis sus exportaciones al mundo en materia agroindustrial y duplicó su superficie agrícola que hoy más que duplica el área argentina.

En esos años hubo gobiernos de distintas orientaciones políticas: Cardoso, Lula, Dilma (Temer) y Bolsonaro. Hubo, con matices, un mismo rumbo en política agropecuaria, que hizo agrandar la torta y así logró mayor distribución.

La Argentina, en cambio, se la pasó trastabillando, regalando posiciones en un mundo cada vez más competitivo, pero que a la vez exige más a los productores de alimentos. Más aún en un contexto que tiene sobre el escenario una invasión a un jugador determinante en la producción de granos como es Ucrania.

Para colmo, en ese contexto, además de la política, el clima sumó complicaciones. El tercer año consecutivo con Niña sólo generó dolores de cabeza. La campaña de trigo “ya está jugada” y a esta altura el mercado y el Gobierno esperan que la cosecha permita cubrir los compromisos externos ya asumidos y el abastecimiento de la demanda interna. Un dato que grafica el momento surgió la semana pasada: Córdoba deberá “importar” 300 mil toneladas de trigo para abastecer su molienda, que ronda 1,3 millones de toneladas de trigo al año porque espera cosechar apenas un millón. En la campaña gruesa el arranque no es el mejor, con una gran demora y mucha incertidumbre por la sequía. Y en carne, la apuesta por el troceo generó un ruido inesperado que paraliza desde hoy a los frigoríficos y mete a toda la cadena en un conflicto que se suma a un retraso prolongado en el precio de la hacienda que registra un semestre de fuerte pérdida frente a la inflación.