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Una hegemonía, sus ruidos y sus antídotos

Schiaretti asumirá con 51 legisladores el 10 de diciembre pero la pelea con Caserio desestabiliza esa holgura. Además, se rompió el acuerdo con Nazario. El papel del Pro para neutralizar esas pérdidas.

El 10 de diciembre, cuando asuma el gobierno de Alberto Fernández, no habrá hegemonía en la Nación. Pero en Córdoba, sí.

Al nuevo presidente, que obtuvo 109 diputados y quedó a 20 del quórum propio, no le dan los números para gobernar autárquicamente. A Juan Schiaretti, sí. 

De las 70 bancas que tiene la Legislatura de Córdoba, 51 quedaron en manos del oficialismo el 12 de mayo, día en que Schiaretti se quedó con el 57% de los votos y le dio a la oposición, que encima se había quebrado en dos, una paliza de esas que hacen historia. Es decir, los votantes le dieron al mandatario provincial la posibilidad de hacer y deshacer a su gusto, sin tener la obligación de negociar ni acordar para conseguir que sean aprobadas las principales iniciativas de su próxima gestión.

Eso, en los papeles. Sin embargo, la política nunca es tan lineal ni el panorama del 12 de mayo se corresponde exactamente con el de hoy. 

El oficialismo cordobés dispone de un enorme margen de maniobra, es innegable. Pero hay factores que pueden introducir ruidos en su dinámica política; de hecho, algunos lo están haciendo ya. 

Como primer elemento hay que considerar la transición, que aunque parezca un tema lejano comenzó a ser considerado dentro del esquema de poder. Schiaretti ya no tendrá posibilidad de reelección en 2023 pero esa limitante no implica que se desentienda de lo que ocurrirá con el peronismo ese año. La pretensión del gobernador es dirigir la transición de sí mismo, moldearla no sólo en lo político sino también en lo administrativo. Ese objetivo, señalan en el oficialismo, se reflejará en el próximo gabinete y en la gestión que está por comenzar.

Por un lado, irán teniendo mayor visibilidad y protagonismo algunos dirigentes que pueden ser candidatos dentro de cuatro años. Pero, además, el oficialismo apostará por capacitar a una línea administrativa que no necesariamente tenga presencia electoral pero sí que mantenga una línea de criterio en el manejo de la cuestión pública. El peronismo aspira a reforzarse como proyecto de poder de largo alcance, que se proyecte a pesar de los 24 años que acumulará en el gobierno.

Pero esa transición administrada es una aspiración de máxima. El segundo factor que tensiona el esquema schiarettista es que, irreparablemente, un poder hegemónico suele generar fuerzas internas que buscan contrariarlo. En este caso, con una oposición tan menguada -el principal frente opositor tiene apenas 15 legisladores y por ahora está partido en tres- el oficialismo podría padecer más problemas internos que limitaciones externas.

Algo de eso está ocurriendo. El principal ámbito en el que puede expresarse la tirantez es, precisamente, en la Legislatura, donde los números se presentan a priori tan cómodos para el oficialismo.

La abrumadora cifra de 51 legisladores no se corresponde con un bloque monolítico. Entre el 12 de mayo y hoy pasaron cosas: una de ellas, la principal, fue la elección nacional y la prescindencia de Schiaretti, que desató reproches y enojos. La ruptura más notoria se produjo con Carlos Caserio, eterno operador de José Manuel de la Sota o de Juan Schiaretti, según cuál de los dos gobernara Córdoba, pero que este año emigró para convertirse en una pieza clave de Alberto Fernández. En protesta por la funcionalidad de Schiaretti hacia Macri, Caserio renunció a la presidencia del Partido Justicialista cordobés. “Está todo mal con Juan”, graficó un dirigente peronista.

Y ese quiebre tuvo no sólo repercusión hacia afuera sino que está provocando efectos hacia adentro. Específicamente en la Unicameral. En la próxima conformación, habrá legisladores que le responden a Caserio; en su entorno contabilizan 11. Los más notorios son su hija, Mariana Caserio, y dos históricos como Carlos Presas y Walter Saieg. 

Todavía no hay nada definido, porque la negociación es permanente, pero una de las posibilidades es que los legisladores de Caserio hagan rancho aparte y erosionen así el histórico número 51 que ostenta Schiaretti. Pero, además, plantean que si alcanzan su objetivo de sumar una masa crítica de 14 o 15 bancas, entonces, podrían convertirse en la primera minoría, desplazando a la UCR o a Córdoba Cambia, y exigir todos los cargos reservados a ese status.

Aunque hay otras opciones: que los disidentes acepten integrar formalmente un interbloque, con cierto margen de maniobra, o que funcionen de esa manera en los hechos pero sin formalizarlo.

El resultado final depende de una instancia de negociación superior: la que se dará entre Alberto Fernández y Schiaretti. Si hay algún grado de entendimiento, la Unicameral podría funcionar sin alteraciones resonantes; si no existe, la realidad podría ser otra.

En el schiarettismo confían en que habrá un acuerdo de convivencia tanto a nivel nacional como provincial. Y fundamentan su expectativa en que Alberto necesitará a los cuatro diputados que Schiaretti tendrá en el Congreso y que podrían integrar un bloque más numeroso de 15 bancas en acuerdo con otras fuerzas. Para Alberto, ese número significaría estar a las puertas del quórum. Así, el schiarettismo aportaría “gobernabilidad” en la Nación y los albertistas arriarían sus rencores por un tiempo en la provincia.

Pero no habría alianzas permanentes sino eventuales. De esa forma piensa funcionar Schiaretti con Alberto Fernández. Cada ley que necesite el presidente implicará una negociación y el pedido de devoluciones a cambio de votos: allí entrarán en juego el déficit de la Caja, fondos para obras, avales para créditos o refinanciaciones. “Con esa lógica, valemos más”, razonan en el Panal.

En la presentación del presupuesto que se hizo en los últimos días, el ministro de Finanzas, Osvaldo Giordano, repitió que se preparan para el peor escenario económico posible. Eso implica ajuste de gastos. La negociación permanente con el gobierno nacional en el Congreso apunta a explotar una vulnerabilidad inicial de Alberto Fernández y a sacarle el mayor provecho posible. 

Como el schiarettismo plantea esa dinámica de acuerdos puntuales, algo similar podría ocurrir en la Unicameral, donde los legisladores que responden a Caserio no son los únicos malhumorados. A pesar de los anuncios previos, se cayó el acuerdo del schiarettismo con Adriana Nazario y la riocuartense no será ministra ni tendrá otro puesto en el Ejecutivo. Pero tampoco asumirá su banca en la Unicameral; en cambio, tendrá tres legisladores que podrían funcionar con su propia lógica.

Ante esas inestabilidades, el schiarettismo pensó en un antídoto: el Pro. En ese marco hay que entender el anuncio que hizo Darío Capitani, legislador electo por Córdoba Cambia, de que el partido de Mauricio Macri tendrá su propio bloque, independiente de los radicales. Son dos o tres bancas -de acuerdo a si se suma Alberto Ambrosio, que responde a la “Coneja” Baldassi- que reportarán o no al oficialismo de acuerdo a las necesidades. Será el mismo esquema de alianza móvil que Hacemos por Córdoba espera tener con el albertismo. “Si los nuestros se hacen los locos, tenemos con qué reemplazarlos”, dijeron en el oficialismo.

Para los radicales es la confirmación de que el pacto Macri-Schiaretti sigue inalterable y que en Córdoba alcanzó su máxima expresión cuando Cambiemos saltó por los aires y  le permitió al gobernador  alzarse con una inédita ventaja de 40 puntos.



Marcos Jure.  Redacción Puntal