Al final, el 27 de octubre llegó. O, mejor dicho, el país llegó al 27 de octubre. Puede parecer una obviedad pero no lo era tanto hace 11 semanas, cuando el gobierno de Mauricio Macri cayó por 16,57 puntos contra el Frente de Todos y entró en un cuadro de tanta fragilidad política que no eran pocos los que vaticinaban un final prematuro. “El golpe fue terrible. Mirá, no es descabellado que nos vayamos antes de la elección”, decía por esas horas un dirigente de Juntos por el Cambio.
A duras penas, con un altísimo costo en términos económicos, sin el poder necesario para domar la extendida y profunda crisis, Macri llegó. El país tiene en funciones al presidente que eligió en 2015 para gobernar hasta el 10 de diciembre de 2019.
No fue todo. El macrismo encontró además un tono de campaña con cierta épica que jamás había sondeado porque en su corta historia siempre concibió que la política era en la actualidad más una cuestión de laboratorio, de redes sociales, que el ejercicio del contacto cara a cara, de la movilización y la motivación. Juntos por el Cambio descubrió, en otras palabras, que el vehículo de la política son las personas.
Con sus masivas marchas del “Sí se puede” Macri no consiguió instalar la sensación de que está en condiciones de llegar al balotaje, pero al menos habilitó la duda.
La sorpresa no está en la cantidad de gente que apoya al jefe de Estado -después de todo, obtuvo un 33% en las Paso-, sino en haber conseguido que esas miles de personas salieran a las calles y pidieran a viva voz por la continuidad de un gobierno que deja una recesión profunda, un 35,4% de pobreza, un 60% de inflación anual y una deuda descomunal.
Es verdad que un porcentaje no menor de esos manifestantes actuó movido más por razones negativas -evitar la vuelta del kirchnerismo y de Cristina- que por valoraciones positivas. Pero, de todos modos, a Macri le sirvió para desterrar un sentimiento de derrotismo. Aun si no se produce hoy el milagro que el oficialismo ansía, y por el que reza Lilita Carrió, al menos hizo lo que debía hacer para afianzar el voto propio, fidelizarlo y erigirse como una oposición con capacidad de movilizar a miles de personas.
Macri pretende continuar siendo el líder de ese sector después del 10 de diciembre. ¿Podrá hacerlo? ¿Tiene las condiciones para conservar, como hizo Cristina, un porcentaje inamovible de votos que lo acompañen a sol y sombra? La respuesta tiende hacia el no, aunque es una incógnita. También dependerá de cómo llegue al 10 de diciembre. Además, ya afronta desafíos internos, no soterrados sino públicos: María Eugenia Vidal cerró su campaña con una enorme leyenda en las pantallas que decía “Ahora nosotros”. Un pedido de jubilación para Mauricio.
Las marchas del “Sí se puede”, que envalentonaron a Macri, pueden haber solidificado el voto propio y hasta fanatizarlo con su aura de misticismo y de cruzada religiosa; sin embargo, difícilmente hayan convencido a quienes no lo estaban el 11 de agosto y votaron por Alberto Fernández o algún otro candidato. Porque lo que prevaleció en las Paso fue el estado de la economía y desde ese día hasta hoy ese frente no ha hecho otra cosa que desbarrancarse todavía más. Quien usó su voto como castigo a Macri porque no llega a fin de mes o porque no comulga con este modelo de país, ¿votará hoy al Presidente porque haya juntado decenas de miles de personas en el Obelisco y en sus recorridas por el interior? El oficialismo no desplegó argumentos ni realizaciones para convencer a la enorme mayoría que le votó en contra y que no se conmueve ante las apelaciones de que está en peligro la república o la libertad ni ante la idea de retorno a un pasado indeseable.
Durante la campaña, Macri ha asegurado que la economía venía en franca mejoría hasta que el resultado electoral desbarató la confianza, disparó los precios y la histeria por el dólar. En realidad, las Paso intensificaron esa dinámica porque a la crisis económica se le sumó un gobierno debilitado y un candidato como Fernández, que es un interrogante. Pero la crisis era previa. Es más, fue la condición de posibilidad para que el peronismo se juntara, se sintiera cerca de recuperar el poder y se impusiera en las Paso de agosto.
Macri cerró su campaña en Córdoba con una multitudinaria concentración frente al Patio Olmos. Allí, en la capital, obtuvo el 50% de los votos en las Primarias, fue el 48% en toda la provincia. Córdoba es su oasis. Y una molestia para el Frente de Todos. En dos planos: el electoral y el político. Por los resultados y por la actitud del gobernador Juan Schiaretti, que mantuvo su resistencia a apoyar abiertamente a Fernández.
En los últimos días previos a la elección hubo señales indudables de que el malhumor del candidato más votado en las Paso se profundizó. En su entrevista con Puntal lanzó una frase altamente significativa: “La neutralidad de Schiaretti no suena neutral”. Está convencido de que es funcional a Macri.
El senador Carlos Caserio, que fue un leal operador de José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti durante 20 años y que ahora es uno de los principales referentes de Alberto en Córdoba, ya no cuidó las formas en el acto de cierre de campaña en Carlos Paz y anunció que dejará de ser presidente del PJ. “Que el partido peronista esté repartiendo la boleta de Macri me parece degradante”, señaló.
También en Río Cuarto hubo un episodios por los votos. Dirigentes del albertismo les reprocharon a los schiarettistas que hubiera boletas de Macri en la sede del partido en la avenida España. Allí se cortaban los tramos y se combinaban: iban juntas la boleta corta de diputados de Hacemos por Córdoba con la de Macri presidente. Y los votos preparados salían hacia domicilios riocuartenses.
La semana final fue un preanuncio de lo que vendrá. El albertismo esperaba otra actitud del gobernador después de la reunión que mantuvieron Fernández y Schiaretti a mediados de septiembre. Parece no haber alcanzado la frase de Carlos Gutiérrez, en un acto, de que por supuesto que el peronismo votará a un peronista para la presidencia. Se dijo entre militantes pero jamás en la pública.
Al peronismo cordobés le nació una fractura y al gobernador Schiaretti una escisión que no le responde, sino que reporta a Fernández. “El Gringo no se da cuenta de que va a necesitarlo a Alberto. Está muy endeudada Córdoba y no le va a ser fácil”, disparó un dirigente del Frente de Todos.
El schiarettismo confía en un acuerdo de convivencia posterior: argumenta que Fernández necesitará de todos los gobernadores para encontrarle una salida a la enorme crisis de la economía. En el albertismo se permiten la duda.
Los coletazos de esa disputa ya llegaron a Río Cuarto. Desde el Frente de Todos empezaron los movimientos para tentar a posibles candidatos para enfrentar a Juan Manuel Llamosas. Sondearon en los últimos días a un dirigente del radicalismo e imaginan una alianza con la UCR desencantada. Saben que Fernández no los apoyará públicamente porque no quiere una derrota en la primera elección de su presidencia. Igual prometen que armarán una lista. No les alcanzará para ganar, pero no les importa demasiado. Acarician la idea de hacer perder.
No fue todo. El macrismo encontró además un tono de campaña con cierta épica que jamás había sondeado porque en su corta historia siempre concibió que la política era en la actualidad más una cuestión de laboratorio, de redes sociales, que el ejercicio del contacto cara a cara, de la movilización y la motivación. Juntos por el Cambio descubrió, en otras palabras, que el vehículo de la política son las personas.
Con sus masivas marchas del “Sí se puede” Macri no consiguió instalar la sensación de que está en condiciones de llegar al balotaje, pero al menos habilitó la duda.
La sorpresa no está en la cantidad de gente que apoya al jefe de Estado -después de todo, obtuvo un 33% en las Paso-, sino en haber conseguido que esas miles de personas salieran a las calles y pidieran a viva voz por la continuidad de un gobierno que deja una recesión profunda, un 35,4% de pobreza, un 60% de inflación anual y una deuda descomunal.
Es verdad que un porcentaje no menor de esos manifestantes actuó movido más por razones negativas -evitar la vuelta del kirchnerismo y de Cristina- que por valoraciones positivas. Pero, de todos modos, a Macri le sirvió para desterrar un sentimiento de derrotismo. Aun si no se produce hoy el milagro que el oficialismo ansía, y por el que reza Lilita Carrió, al menos hizo lo que debía hacer para afianzar el voto propio, fidelizarlo y erigirse como una oposición con capacidad de movilizar a miles de personas.
Macri pretende continuar siendo el líder de ese sector después del 10 de diciembre. ¿Podrá hacerlo? ¿Tiene las condiciones para conservar, como hizo Cristina, un porcentaje inamovible de votos que lo acompañen a sol y sombra? La respuesta tiende hacia el no, aunque es una incógnita. También dependerá de cómo llegue al 10 de diciembre. Además, ya afronta desafíos internos, no soterrados sino públicos: María Eugenia Vidal cerró su campaña con una enorme leyenda en las pantallas que decía “Ahora nosotros”. Un pedido de jubilación para Mauricio.
Las marchas del “Sí se puede”, que envalentonaron a Macri, pueden haber solidificado el voto propio y hasta fanatizarlo con su aura de misticismo y de cruzada religiosa; sin embargo, difícilmente hayan convencido a quienes no lo estaban el 11 de agosto y votaron por Alberto Fernández o algún otro candidato. Porque lo que prevaleció en las Paso fue el estado de la economía y desde ese día hasta hoy ese frente no ha hecho otra cosa que desbarrancarse todavía más. Quien usó su voto como castigo a Macri porque no llega a fin de mes o porque no comulga con este modelo de país, ¿votará hoy al Presidente porque haya juntado decenas de miles de personas en el Obelisco y en sus recorridas por el interior? El oficialismo no desplegó argumentos ni realizaciones para convencer a la enorme mayoría que le votó en contra y que no se conmueve ante las apelaciones de que está en peligro la república o la libertad ni ante la idea de retorno a un pasado indeseable.
Durante la campaña, Macri ha asegurado que la economía venía en franca mejoría hasta que el resultado electoral desbarató la confianza, disparó los precios y la histeria por el dólar. En realidad, las Paso intensificaron esa dinámica porque a la crisis económica se le sumó un gobierno debilitado y un candidato como Fernández, que es un interrogante. Pero la crisis era previa. Es más, fue la condición de posibilidad para que el peronismo se juntara, se sintiera cerca de recuperar el poder y se impusiera en las Paso de agosto.
Macri cerró su campaña en Córdoba con una multitudinaria concentración frente al Patio Olmos. Allí, en la capital, obtuvo el 50% de los votos en las Primarias, fue el 48% en toda la provincia. Córdoba es su oasis. Y una molestia para el Frente de Todos. En dos planos: el electoral y el político. Por los resultados y por la actitud del gobernador Juan Schiaretti, que mantuvo su resistencia a apoyar abiertamente a Fernández.
En los últimos días previos a la elección hubo señales indudables de que el malhumor del candidato más votado en las Paso se profundizó. En su entrevista con Puntal lanzó una frase altamente significativa: “La neutralidad de Schiaretti no suena neutral”. Está convencido de que es funcional a Macri.
El senador Carlos Caserio, que fue un leal operador de José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti durante 20 años y que ahora es uno de los principales referentes de Alberto en Córdoba, ya no cuidó las formas en el acto de cierre de campaña en Carlos Paz y anunció que dejará de ser presidente del PJ. “Que el partido peronista esté repartiendo la boleta de Macri me parece degradante”, señaló.
También en Río Cuarto hubo un episodios por los votos. Dirigentes del albertismo les reprocharon a los schiarettistas que hubiera boletas de Macri en la sede del partido en la avenida España. Allí se cortaban los tramos y se combinaban: iban juntas la boleta corta de diputados de Hacemos por Córdoba con la de Macri presidente. Y los votos preparados salían hacia domicilios riocuartenses.
La semana final fue un preanuncio de lo que vendrá. El albertismo esperaba otra actitud del gobernador después de la reunión que mantuvieron Fernández y Schiaretti a mediados de septiembre. Parece no haber alcanzado la frase de Carlos Gutiérrez, en un acto, de que por supuesto que el peronismo votará a un peronista para la presidencia. Se dijo entre militantes pero jamás en la pública.
Al peronismo cordobés le nació una fractura y al gobernador Schiaretti una escisión que no le responde, sino que reporta a Fernández. “El Gringo no se da cuenta de que va a necesitarlo a Alberto. Está muy endeudada Córdoba y no le va a ser fácil”, disparó un dirigente del Frente de Todos.
El schiarettismo confía en un acuerdo de convivencia posterior: argumenta que Fernández necesitará de todos los gobernadores para encontrarle una salida a la enorme crisis de la economía. En el albertismo se permiten la duda.
Los coletazos de esa disputa ya llegaron a Río Cuarto. Desde el Frente de Todos empezaron los movimientos para tentar a posibles candidatos para enfrentar a Juan Manuel Llamosas. Sondearon en los últimos días a un dirigente del radicalismo e imaginan una alianza con la UCR desencantada. Saben que Fernández no los apoyará públicamente porque no quiere una derrota en la primera elección de su presidencia. Igual prometen que armarán una lista. No les alcanzará para ganar, pero no les importa demasiado. Acarician la idea de hacer perder.

