No era cosa de todos los días que un gladiador, un peleador casi callejero, dueño de una valentía sin par, que no escatimaba esfuerzos ni esquivaba la lucha franca, se bajara del ring y te leyera una poesía o declarara usando un léxico admirable y respetuoso.
Terminaba con el fragor de la pelea y emitía, con puntos y comas, un concepto claro y preciso. Así era Sergio Víctor Palma. El chaqueño de La Tigra, que nació el primer día de 1956.
Algunas cosas de su lugar de origen marcan, tal vez, cuestiones que se llevan en la sangre. Apenas una suposición antojadiza de mi parte. La Tigra, con unos 2.500 habitantes, tuvo sus primeros pobladores de origen checo, eslavo, ucraniano, ruso, búlgaro y español. Al este de la localidad, a unos dos kilómetros, está ubicada una comunidad aborigen de la etnia mocoví, que también formó parte del crecimiento de la localidad. Una película inmortalizó el lugar definitivamente en el 2009. Dirigida y guionada por Federico Godfrid y Juan Sasiaín , se estrenó el 24 de septiembre de 2009 y tiene como principales protagonistas a Ezequiel Tronconi y Guadalupe Docampo. Esta ópera prima de los directores fue filmada esa población y la historia se refiere a un joven oriundo de ese lugar que regresa de Buenos Aires para visitar a su padre y allí nace un interés amoroso hacia una antigua compañera de la infancia con la que se reencuentra.
Ganadora de varios premios, "La Tigra, Chaco" es un filme que garantiza el conocimiento del pueblo de nacimiento de Sergio Víctor Palma.
El 9 de agosto de 1980 en Spokane, EE.UU., Palma se consagró campeón del mundo de los supergallos de la Asociación Mundial. Tenía 24 años. A sus pies caía en el quinto asalto el norteamericano Leo Randolph.
Fue el noveno campeón mundial en la historia del pugilismo argentino. Realizó cinco defensas exitosas y perdió la corona ante el dominicano Leo Cruz en junio de 1982.
Fue una época en la que habíamos perdido un poco la capacidad de asombro, a partir de los logros de Accavallo, Locche y Monzón. El boxeo creaba categorías intermedias a las tradicionales y eran varios los organismos que se proclamaban dueños de los títulos.
Sin embargo, entre Sergio Palma, Santos Laciar y Gustavo Ballas, nos devolvieron a un tiempo de lustre en las categorías más bajas en peso. Mosca, supermosca y supergallo.
Sergio Palma instaló un estilo de vida en los boxeadores. Se encargó de autovalorarse en la vida. De no ser sólo una mercancía de los empresarios y el público. La gente que habitualmente se sitúa en medio del circo, a la que le falta levantar o bajar el pulgar como en los tiempos romanos, no tenía en Palma a un sujeto cualquiera.
Con respuestas inteligentes y medidas, Palma logró, al menos por un tiempo, hacernos sentir que el boxeador tenía todas las posibilidades de pensar y hablar con propiedad. En general, parecía que la realidad era otra.
Nos habíamos cansado de sufrir al ver en acción a grandes campeones, manejados por inescrupulosos, a los que lo único que les importó fue el producto con los guantes puestos. Otros muchachos, bien llevados por promotores honestos y managers cuidadosos, no supieron caminar por ellos mismos cuando el crepúsculo de sus carreras llegó a su gimnasio.
Y así, en ese mundo tan duro, que ha tenido historias dantescas, emocionantes y dolorosas, en esa historia antigua y reciente del pugilismo argentino, de un antes y un después de Tito Lectoure, en esa pasión que tuvo luchadores como Eduardo Lausse y estilistas como Cirilo Gil, en historias de amor y odio, encuentros y grietas, lágrimas y sonrisas, Sergio Palma se subió por primera vez a un ring en el campo rentado en Pergamino y derrotó por puntos en seis vueltas a Ricardo Gómez. En sus catorce años dentro del profesionalismo (1976-1990), hizo 62 peleas: ganó 52, empató 5 y perdió 5.
La noche de la consagración en Spokane ganó 20 mil dólares.
Tras retirarse del boxeo, el 10 de agosto de 1990, al vencer por puntos a Juan Domingo Noguera, comenzó a entrenar a jóvenes pugilistas y a trabajar como periodista deportivo. Su vida tuvo un cambio brusco en 2004, cuando sufrió un accidente mientras manejaba su auto en el Puente Pueyrredón, en la zona de Avellaneda. Eso fue en junio.
Pareció restablecerse, pero el 21 de septiembre, mientras entrenaba boxeadores en el gimnasio de Carlos Martinetti, ubicado en pleno centro porteño, sintió que se caía y de ahí fue llevado en ambulancia hacia una clínica. Quedó con algunas secuelas.
Hay más de Palma en lo artístico. En la escritura y el cine. Dirigida por Hernán Fernández , la película “La piel marcada” hace un retrato del boxeador. Retrocede hasta su momento de gloria y confronta todo eso con los comienzos de un amateur que se inicia seguramente con las mismas ilusiones que habrá tenido aquel pibe chaqueño cuarenta años atrás. La cinta es de 2015 y actúa el propio Palma.
“Con letra de campeón – Vida, gloria y tragedia de Sergio Víctor Palma” es el libro que en 2012 se lanzó al mercado de la literatura deportiva. La vida del exboxeador, quien a partir de un accidente automovilístico padeció una irreversible decadencia física, es reflejada por Hugo Biondi.
Cuando se le preguntó al escritor por qué eligió a Palma para escribir, contestó: “La elección del personaje de un libro depende de múltiples factores: admiración, identificación, reconocimiento, agradecimiento, fascinación, nunca un sentimiento débil. Palma reunía para mí todos esos elementos. Además, con el agregado de que me gusta mucho el boxeo”.
“He descubierto a un ser maravilloso, muy elevado, muy sabio y con mucho por decir. Su vida, que no ha sido un lecho de rosas, creo que puede perfectamente servir de ejemplo, pero no en el sentido modélico de vida, sino de cómo ponerles el pecho a los desafíos permanentes que nos plantea la existencia. Sentirse ‘dueño’ del mundo y tutearse con la muerte son experiencias que pocos privilegiados atravesaron. Palma supo emerger de ellas sin perder nunca ni sus valores ni su dignidad”, agrega Biondi en nota con la página Libros y Pelotas.
Arriba del ring, Palma era un guapo. Muy guapo. Debajo, en la calle, en los pasillos y en la vida, se defendió con la pluma y la palabra, un precioso don que siempre tuvo.
Ponerse un guante para ganarse el pan y tomar una lapicera para escribir, luego. Abrir la boca para cambiar el aire en el cuarto asalto y hacerlo cada día para decir, argumentar y hacerse respetar.
En 1980, Sergio Víctor Palma ganaba el título mundial de los supergallos. Fue un campeón distinto. Digno de admiración y respeto. Con pantalones cortos o largos.
Osvaldo Alfredo Wehbe
Algunas cosas de su lugar de origen marcan, tal vez, cuestiones que se llevan en la sangre. Apenas una suposición antojadiza de mi parte. La Tigra, con unos 2.500 habitantes, tuvo sus primeros pobladores de origen checo, eslavo, ucraniano, ruso, búlgaro y español. Al este de la localidad, a unos dos kilómetros, está ubicada una comunidad aborigen de la etnia mocoví, que también formó parte del crecimiento de la localidad. Una película inmortalizó el lugar definitivamente en el 2009. Dirigida y guionada por Federico Godfrid y Juan Sasiaín , se estrenó el 24 de septiembre de 2009 y tiene como principales protagonistas a Ezequiel Tronconi y Guadalupe Docampo. Esta ópera prima de los directores fue filmada esa población y la historia se refiere a un joven oriundo de ese lugar que regresa de Buenos Aires para visitar a su padre y allí nace un interés amoroso hacia una antigua compañera de la infancia con la que se reencuentra.
Ganadora de varios premios, "La Tigra, Chaco" es un filme que garantiza el conocimiento del pueblo de nacimiento de Sergio Víctor Palma.
El 9 de agosto de 1980 en Spokane, EE.UU., Palma se consagró campeón del mundo de los supergallos de la Asociación Mundial. Tenía 24 años. A sus pies caía en el quinto asalto el norteamericano Leo Randolph.
Fue el noveno campeón mundial en la historia del pugilismo argentino. Realizó cinco defensas exitosas y perdió la corona ante el dominicano Leo Cruz en junio de 1982.
Fue una época en la que habíamos perdido un poco la capacidad de asombro, a partir de los logros de Accavallo, Locche y Monzón. El boxeo creaba categorías intermedias a las tradicionales y eran varios los organismos que se proclamaban dueños de los títulos.
Sin embargo, entre Sergio Palma, Santos Laciar y Gustavo Ballas, nos devolvieron a un tiempo de lustre en las categorías más bajas en peso. Mosca, supermosca y supergallo.
Sergio Palma instaló un estilo de vida en los boxeadores. Se encargó de autovalorarse en la vida. De no ser sólo una mercancía de los empresarios y el público. La gente que habitualmente se sitúa en medio del circo, a la que le falta levantar o bajar el pulgar como en los tiempos romanos, no tenía en Palma a un sujeto cualquiera.
Con respuestas inteligentes y medidas, Palma logró, al menos por un tiempo, hacernos sentir que el boxeador tenía todas las posibilidades de pensar y hablar con propiedad. En general, parecía que la realidad era otra.
Nos habíamos cansado de sufrir al ver en acción a grandes campeones, manejados por inescrupulosos, a los que lo único que les importó fue el producto con los guantes puestos. Otros muchachos, bien llevados por promotores honestos y managers cuidadosos, no supieron caminar por ellos mismos cuando el crepúsculo de sus carreras llegó a su gimnasio.
Y así, en ese mundo tan duro, que ha tenido historias dantescas, emocionantes y dolorosas, en esa historia antigua y reciente del pugilismo argentino, de un antes y un después de Tito Lectoure, en esa pasión que tuvo luchadores como Eduardo Lausse y estilistas como Cirilo Gil, en historias de amor y odio, encuentros y grietas, lágrimas y sonrisas, Sergio Palma se subió por primera vez a un ring en el campo rentado en Pergamino y derrotó por puntos en seis vueltas a Ricardo Gómez. En sus catorce años dentro del profesionalismo (1976-1990), hizo 62 peleas: ganó 52, empató 5 y perdió 5.
La noche de la consagración en Spokane ganó 20 mil dólares.
Tras retirarse del boxeo, el 10 de agosto de 1990, al vencer por puntos a Juan Domingo Noguera, comenzó a entrenar a jóvenes pugilistas y a trabajar como periodista deportivo. Su vida tuvo un cambio brusco en 2004, cuando sufrió un accidente mientras manejaba su auto en el Puente Pueyrredón, en la zona de Avellaneda. Eso fue en junio.
Pareció restablecerse, pero el 21 de septiembre, mientras entrenaba boxeadores en el gimnasio de Carlos Martinetti, ubicado en pleno centro porteño, sintió que se caía y de ahí fue llevado en ambulancia hacia una clínica. Quedó con algunas secuelas.
Hay más de Palma en lo artístico. En la escritura y el cine. Dirigida por Hernán Fernández , la película “La piel marcada” hace un retrato del boxeador. Retrocede hasta su momento de gloria y confronta todo eso con los comienzos de un amateur que se inicia seguramente con las mismas ilusiones que habrá tenido aquel pibe chaqueño cuarenta años atrás. La cinta es de 2015 y actúa el propio Palma.
“Con letra de campeón – Vida, gloria y tragedia de Sergio Víctor Palma” es el libro que en 2012 se lanzó al mercado de la literatura deportiva. La vida del exboxeador, quien a partir de un accidente automovilístico padeció una irreversible decadencia física, es reflejada por Hugo Biondi.
Cuando se le preguntó al escritor por qué eligió a Palma para escribir, contestó: “La elección del personaje de un libro depende de múltiples factores: admiración, identificación, reconocimiento, agradecimiento, fascinación, nunca un sentimiento débil. Palma reunía para mí todos esos elementos. Además, con el agregado de que me gusta mucho el boxeo”.
“He descubierto a un ser maravilloso, muy elevado, muy sabio y con mucho por decir. Su vida, que no ha sido un lecho de rosas, creo que puede perfectamente servir de ejemplo, pero no en el sentido modélico de vida, sino de cómo ponerles el pecho a los desafíos permanentes que nos plantea la existencia. Sentirse ‘dueño’ del mundo y tutearse con la muerte son experiencias que pocos privilegiados atravesaron. Palma supo emerger de ellas sin perder nunca ni sus valores ni su dignidad”, agrega Biondi en nota con la página Libros y Pelotas.
Arriba del ring, Palma era un guapo. Muy guapo. Debajo, en la calle, en los pasillos y en la vida, se defendió con la pluma y la palabra, un precioso don que siempre tuvo.
Ponerse un guante para ganarse el pan y tomar una lapicera para escribir, luego. Abrir la boca para cambiar el aire en el cuarto asalto y hacerlo cada día para decir, argumentar y hacerse respetar.
En 1980, Sergio Víctor Palma ganaba el título mundial de los supergallos. Fue un campeón distinto. Digno de admiración y respeto. Con pantalones cortos o largos.
Osvaldo Alfredo Wehbe

