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El billete de mil sólo compra un kilo de carne

El deterioro del poder adquisitivo del papel de mayor denominación es la consecuencia del fuerte proceso inflacionario que arrastra la economía. En diciembre de 2017 salió a circulación y compraba 6 kilos de vacío y 56 dólares

El miércoles cumplirá cuatro años en circulación el billete de mil pesos en Argentina. El lanzamiento se produjo luego de que los gobiernos evitaran durante algún tiempo agrandar el abanico del peso a mayor denominación para no reconocer el proceso inflacionario desatado especialmente desde comienzos de la década pasada. Pero llegó un punto en que el avance de precios hizo que sea inviable continuar con los mismos billetes: pagar en efectivo era tortuoso porque había que contar mucho más que antes y las billeteras debían traer más espacio; los trabajadores de los bancos se quejaban por lo mismo y los cajeros automáticos cargados a tope apenas duraban horas y se quedaban sin pesos para los clientes.

Lo cierto es que el flamante billete que salió al ruedo el 1o de diciembre de 2017 alivió esa presión y al mismo tiempo permitía comprar, por ejemplo, seis kilos de vacío, casi 30 kilos de pan, 25 kilos de pollo. En aquel momento, el billete del hornero podía adquirir además 56 dólares.

De los US$ 56 que se adquirían a comienzos de diciembre de 2017 con el billete del hornero, ahora sólo se conseguirían US$ 9,5 en el mercado oficial y apenas US$ 5 en el blue.

Un rápido repaso por las góndolas hoy permite observar que de los seis kilos de vacío que adquiría “el hornero” hoy sólo puede comprar uno.De los casi 30 kilos de pan, hoy apenas le darían 5 a cambio de ese billete porque desde la semana pasada el precio por kilo recomendado en Río Cuarto es de $ 200 para la variedad “francés” y de $ 225 el mignon. Algo similar ocurre con el pollo, hoy en torno de los $ 200 o $ 250 por kilo.

La aceleración de la devaluación del peso argentino, que es la consecuencia del intenso proceso inflacionario, se expresa con contundencia en el comparativo de apenas cuatro años. Y tiene en el mercado cambiario su cara más simbólica: de los 56 dólares que se adquirían a comienzos de diciembre de 2017 con el flamante billete, ahora sólo se conseguirían 9,5 dólares en el mercado oficial y apenas 5 dólares en el blue.

Por supuesto que el proceso no se encapsula en los alimentos y el dólar, sino que ese expande a toda la economía, que en definitiva es la definición cabal de la inflación: la suba generalizada de precios.

En medio de la falta de dólares, el Gobierno se perdió US$ 100 millones mensuales por el cierre de exportaciones vacunas y los precios de la carne siguen subiendo.

Por eso no habrá resultados alentadores y sostenidos con medidas particulares que se puedan aplicar a un producto o sector en particular. El de la carne es bastante paradigmático en ese sentido. El Gobierno advirtió en mayo que el precio subía y decidió intervenir los mercados, frenó las exportaciones y especuló con que al volcar la oferta al mercado interno se iba a frenar, o incluso podía retroceder, el precio en la góndola. El resultado lo obtuvo en el corto plazo y hasta el mes pasado había logrado sostener los valores y algunos cortes hasta habían retrocedido levemente. Pero con la llegada de noviembre el envión de precios ubicó otra vez el problema en primera plana. Ahora es más complejo, porque la restricción del Gobierno sigue vigente.

En el fondo hay una particularidad del mercado ganadero junto con un problema de inflación generalizada en la economía argentina. Es una situación compleja, que rechaza cualquier solución simplista y que persiga resultados inmediatos. Los productores advierten que hay escasez de oferta debido a un par de razones; entre ellas, la propia restricción impuesta en mayo. Porque en aquel momento, ante la imposibilidad de exportar, el precio de la hacienda se deterioró, muchos ganaderos desactivaron el ciclo corto de engorde que implica el paso por el feedlot y enviaron los animales a pasto. Eso explica una parte de la falta de oferta porque lo que iba a ir a faena en estos meses estará listo recién en 2022. Por otro lado, el costo del maíz también atenta en el mismo sentido y retira animales de los engordes a corral. Y esto se encuentra además con otro factor alcista: la mayor demanda propia de la época. Hacia fines de noviembre y diciembre hay históricamente un aumento en el consumo de cortes vacunos, especialmente de parrilla. Y eso tiene que ver con las actividades propias de esta época del año. Baja oferta y mayor demanda terminan tensionando los precios.

¿Cuál de las dos podría cambiar en el corto plazo para relajar los precios? Sin dudas que por el lado de la oferta no es posible esperar mucho más debido a los tiempos de la producción de un animal terminado. No es una fábrica que se pone a funcionar con turno extra. Los economistas advierten que es posible que antes se observe un freno en la demanda si los precios se consolidan por encima de los mil pesos por kilo, como llegó en los últimos días. Ya el precio de la carne llevó a un cambio en los consumos importante y actualmente el promedio de por habitante y por año es de 47 kilos en el país, cuando llegó a superar los 60 kilos. Muchos se volcaron a pollo o cerdo, opciones más económicas que prometen seguir ganando terreno en esta coyuntura.

La otra opción abierta es que el Gobierno tome alguna medida, tal como adelantó la portavoz de Presidencia, Gabriela Cerruti. En el cierre de la semana pasada habló de “medidas inminentes” con respecto al precio de la carne.

Lo cierto es que parece que lo más razonable sería aquí apostar a medidas de largo plazo que tiendan a incentivar la producción y ampliar la oferta y evitar la tentación de sumar restricciones que quitan dólares necesarios de la economía y su efecto en el mercado interno es cada vez más breve por el fuerte proceso inflacionario que sigue vigente y que hace que los billetes y los ingresos pierdan poder de compra de forma acelerada.

Gonzalo Dal Bianco. Redacción Puntal