Excepcionalísima. Una realidad en la que se han desplazado los ejes y las referencias, a la que las instituciones sólo pueden enfrentar si, por un tiempo, se apartan de los formalismos. Ese es el núcleo argumental que usó el Tribunal Superior de Justicia para expedirse, sin expedirse en realidad, sobre la particular situación en que se encuentra Río Cuarto.

El máximo órgano judicial no definió si la ordenanza que extiende los mandatos del intendente, los concejales y los tribunos de Cuentas hasta el 8 de octubre es o no constitucional. Sólo le negó a Enrique Novo, exfuncionario de Juan Manuel Llamosas y exconvencional, legitimidad procesal para pedir un pronunciamiento. Pero aprovechó la oportunidad para establecer una serie de criterios que implican un aval para la prórroga que se decidió después de que se hiciera imposible, a causa de la pandemia y la cuarentena, votar como estaba previsto el 29 de marzo. Es impensable que en el corto plazo, cuando deba resolver sobre los planteos de Marcelo Ljubich o Eduardo Scoppa, troque no sólo su pronunciamiento basado en la excepcionalidad sino su criterio de que no se trata de una cuestión judiciable sino que le pertenece por entero al terreno de la política.

Con su fallo, el Tribunal no sólo despejó las dudas sobre la prórroga en sí y sobre las consecuencias que podría acarrear -aunque eso no implica que no haya ataques futuros a la legalidad- sino que, en ese mismo acto, produjo también un hecho político fuera de lo común: el Tribunal Superior dio por inaugurada la campaña.

Una campaña que en sí misma será inusual. No sólo por sus características y su contexto, sino también por su extensión. Quedan tres meses por delante y la que a principios de año, cuando el coronavirus no aparecía en los planes, fue pensada por el oficialismo como una campaña relámpago se transformará en un impredecible proceso de 90 días. Una enormidad para los tiempos que corren.

Será una elección atravesada por la anomalía. Inmersa en una pandemia y en una crisis global, Río Cuarto tendrá además la particularidad de elegir a sus gobernantes en simultáneo. Y lo hará no sólo en un estado de excepcionalidad general sino también individual, personal. La mayoría de los votantes no son lo que eran hace apenas 100 días. La sociedad misma no es la que era. Y hay una pregunta que cabe hacerse en esta coyuntura: si lo que predomina es la anomalía, ¿puede esperarse que la sociedad aplique para definir a su intendente criterios similares a los que venía usando o también allí habrá que esperar un desplazamiento? En la atipicidad, los criterios de elección, las predominancias, ¿no serán también atípicos?

Un ejemplo. Las encuestas coinciden -esas herramientas falibles, sí- que después del pico de popularidad que despertó el manejo de la pandemia, la imagen de los oficialismos ha comenzado a deteriorarse. Algunas más, otras menos, pero esa es la tendencia general. Allí se entremezclan razones como el hartazgo por las restricciones, la imposibilidad de trabajar que padecen algunos, la escasez de dinero casi unánime, la crisis en general.

Pero no todos los gobernantes están inmersos en procesos similares. Alberto Fernández y Juan Schiaretti no deben afrontar elecciones en el corto plazo. Juan Manuel Llamosas sí. Y debe hacerlo en crisis, con el malhumor que generan las limitaciones actuales y la ensombrecida perspectiva futura. En ese contexto, ¿puede descartarse hoy que una porción de la población utilice la elección municipal como una instancia que le permita expresar su bronca, o su repudio a la política en general, o que termine sondeando en los casilleros de las terceras opciones?

En el oficialismo confían en que, como viene ocurriendo en la historia riocuartense, la gente vote por causas endógenas. Pero, como se dijo, los comportamientos preexistentes también pueden haber entrado en terreno inestable.

Desde la Provincia vienen deslizando una encuesta que señala que Llamosas está cómodamente instalado en los 45 puntos y que le lleva 20 de ventaja a su principal competidor, Gabriel Abrile. Sin embargo, encuestadores que han sido cercanos al oficialismo aseguran que ese abismo no es tal sino que la distancia se encuentra, en realidad, en los 10 puntos.

Pero, más allá de los números, que pueden ser inconstantes en condición de pandemia, hay una comprobación insoslayable. La zona de certidumbre en que se encontraba el intendente ya no es tal; el coronavirus abrió paso a la incertidumbre. Cada día, hasta la elección, implica un riesgo.

En el llamosismo creen que su actuación en la pandemia será reconocida. Sin embargo, el Municipio ha caído en una suerte de letargo en las últimas dos semanas, en un desapego de la iniciativa política. En el manejo de la crisis sanitaria, debió dar marcha atrás con el incomprensible anuncio de que los controles permanentes serían reemplazados por otros eventuales. La aparición de casos positivos en Deheza, a un puñado de kilómetros, sirvió de despertador y avisó que el Covid es un riesgo latente. Sanitario y también electoral.

Pero, además, hubo otro episodio que marca que uno de los inconvenientes es el caudal político. El jueves, los dueños de gimnasios fueron al Concejo Deliberante a buscar una respuesta a sus problenas. Si terminaron recurriendo al Legislativo es porque en el Ejecutivo, donde suelen resolverse los problemas, no encontraron soluciones o interlocutores.

En las últimas semanas hubo ausencias sumamente llamativas: Marcelo Ferrario, secretario de Salud, casi ha desaparecido de la escena pública. Podría aceptarse un funcionario de esa área con perfil bajo, siempre y cuando no exista una pandemia.

Llamosas parece agotarse en sí mismo; salvo excepciones, casi no hay figuras alternativas. El suyo es, como suele decirse en el fútbol, un equipo corto. En el gobierno municipal han tomado nota de ese déficit; tanto que desde la semana próxima enviarán a los funcionarios a la calle para transmitir la sensación de que la gestión va más allá del intendente.

En un proceso electoral, las debilidades o los errores del oficialismo requieren de una contraparte; pueden derivar en un escenario más competitivo si se genera un movimiento contrapuesto: que un opositor capitalice las inconsistencias gubernamentales.

Abrile ha relanzado su campaña, que venía deshilachada, con una nueva configuración. Ahora está enfocada en la pandemia y en su profesión de terapista. Qué mejor que un doctor para una emergencia sanitaria, es la lógica subyacente. El slogan: “Tu médico, tu nuevo intendente”. En Gabriel, en vez de la a aparece un corazoncito.

El intento es mejor que el anterior pero aparece un desfasaje temporal y conceptual en la campaña. Primero, porque Río Cuarto no está eligiendo a un médico sino a un intendente. Abrile no tiene que demostrar que puede atender mejor a un paciente que Llamosas -en eso lleva todas las de ganar- sino que es capaz de gobernar mejor la ciudad.

Pero, además, como estrategia, el enfoque casi exclusivo en lo sanitario puede ser contraproducente. Ese era un perfil “explotable” electoralmente hace 70 u 80 días; hoy, la preocupación por la economía es equivalente -o tal vez superior- a la que existe por la salud. Algunos, los más castigados, podrán preguntarse: ¿vamos a elegir a un médico, que se va a enfocar en las medidas preventivas, ahora que hace falta una mirada más abarcativa?

Una sociedad conflictuada necesita que oficialismo u oposición le despierten una expectativa, que encarnen la potencialidad de una salida. Ahí puede estar la clave de la elección.