Para los hinchas de Belgrano de Córdoba, la sed de gloria siempre estuvo latente. Para los que peinan canas y lo vieron en el Nacional 68 con Tomas Cuellar, "Palito" Mameli , Antonio Syeyyguil y José Omar Reinaldi, ó los que en los 80 disfrutaban de la Chacha Villagra, Blason, Scatolaro, Martelloto y Ramonda, el "pirata" siempre se quiso proyectar y dar pelea ahi arriba. Por ellos y para ellos, una cábala, una esperanza que le diera el salvoconducto de un título, todo sirve, todo esta bueno con el fin de aferrarse a esos significantes.
Leonardo Serena, integrante histórico de la peña de Belgrano en Río Cuarto, era el encargado de hacer las compras para la previa.
"Éramos cuatro. Uno de los chicos me preguntó si llevaba helado, pero le dije que no porque hacía frío. Me frené en una panadería y compré masas finas. Calculé justo: 16 masas finas, cuatro para cada uno", relata Serena.
El menú estaba listo, pero los nervios jugaron su partido. Prendieron el fuego, comieron el asado con el corazón en la boca sabiendo que venían de una larga racha de empates y que ese clásico se tenía que ganar sí o sí.
"Nos veníamos olvidando de las masas finas... pero tras el gol, nos las comimos como venga", recuerda entre risas. Belgrano ganó, y el misticismo se encendió. Había que pedir permiso en el trabajo, armar los bolsos y viajar a Córdoba, pero con una parada técnica obligatoria. Para esa segunda final, el menú se volvió sumamente estricto y sofisticado: 8 de pistacho y 8 de crema.
El viaje estuvo al límite y el reloj apretaba. "Llegamos al estacionamiento jugados con el tiempo. Así que ahí mismo, antes de entrar, nos comimos las masas finas atorados", explica Serena.
Así nació "la banda de las masas finas", un grupo de cuatro amigos de Río Cuarto que, play-off tras play-off, endulzaron el camino de Belgrano rumbo al ansiado grito de campeón. Porque en el fútbol no se discute la táctica de los hinchas: si funciona, se respeta hasta el final