A pesar de que murió hace casi 36 años, Michel Foucault sigue reinventándose. Sus textos y entrevistas, a excepción de algunos que no han conseguido soportar el paso del tiempo, siguen interpelando al presente. La materia del francés fue el poder y, sobre todo, sus manifestaciones, sus mecanismos y dispositivos, su omnipresencia.
Hay un libro, Microfísica del Poder, que desde 1977 no para de imprimirse y que, si bien es desparejo, contiene dos textos apasionantes no sólo porque resumen la concepción de Foucault sobre el poder sino su programa para estudiarlo, para desentrañarlo. Son las transcripciones de dos clases que dio en enero de 1976 en el marco del curso Defender la Sociedad. Uno se llama “Saberes y luchas”, el otro “El cómo del poder”; en conjunto constituyen una genealogía de su pensamiento.
¿Qué es el poder? ¿Cómo se manifiesta? ¿Cómo va configurando a los sujetos y constituyéndolos hasta establecer lo que es considerado normal y lo que se aleja de esa categorización? Edgardo Castro, editor de los libros de Foucault y autor de un diccionario sobre su terminología, resume un concepto crucial: “Foucault habla de una microfísica del poder, cuya formalización es el panóptico de Benthan, para aludir a esa forma del poder que penetra los cuerpos, sin necesariamente recurrir a la violencia o las instituciones, para volverlos políticamente dóciles y económicamente rentables, es decir, para disciplinarlos. No se trata por ello, de ideología, de conciencia, de representaciones, sino de una relación física entre el poder y el cuerpo, para hacerse cargo de sus gestos, sus comportamientos, sus hábitos y sus palabras”.
¿Pero cómo descifrar su lógica, los dispositivos que usa? El poder circula, cambia, se transforma, incluso ejerce formas sutiles, pero en algún momento necesita materializarse, actuar sobre el cuerpo de manera expresa. Y tal vez no haya un ámbito más evidente en ese punto que la cárcel.
Foucault habla de la multiplicidad de formas del poder, de los poderes cotidianos. Pero en la cárcel es donde, sobre todo, se expone el poder punitivo, disciplinario y ejercido desde la órbita estatal. Allí está el Estado castigando, aunque la finalidad en teoría sea otra. Representa la pena para los que se desviaron y la amenaza de la pena para que los que no se desviaron prefieran no hacerlo.
El francés murió en 1984 y no alcanzó a ver los efectos de internet ni, por supuesto, de las redes sociales. La actualización del pensamiento de Foucault puede encontrarse en dos fuentes: en Psicopolítica del coreano Byung-Chul Han, salvando las distancias, e, irónicamente, en un documental de Netflix: Nada es privado. En su modo contemporáneo, el poder excede lo estatal y se vincula con grandes corporaciones como Facebook o Google, que no sólo tienen a su disposición los datos y los perfiles de miles de millones de personas sino que los usan sin cuestionamientos éticos. Esos perfiles se utilizan para vender un lavarropas, una computadora o un smartphone, pero también para desentrañar el pensamiento político de las personas y determinar las posibilidades de manipulación. Las elecciones de Estados Unidos son un ejemplo. Y esas manipulaciones se orientan, obviamente, siempre en una misma dirección: no ayudan a entronizar precisamente a gobiernos de izquierda.
Es un tipo de poder más refinado, que actúa en el plano de la conciencia y, por eso, de un nivel de nocividad inaudito. Pero como sus métodos son no violentos, no es un poder que nos interpele, nos problematice. ¿Cómo va a atemorizarnos una red social que nos permite comprar, vender, publicar fotos de nuestros hijos, de nuestros cumpleaños y que nos deja expresar si algo nos gusta, nos divierte o nos enoja?
Ese poder omnipresente, omniabarcativo, nos resulta amigable a pesar de sus mecanismos. Le cedemos nuestros datos, nuestros gustos, nuestros rincones oscuros, nuestros pensamientos y ese poder no los recibe pasiva e ingenuamente sino que los utiliza para entrar en todos los ámbitos de nuestra vida y, a veces, en contra de nuestros propios intereses.
No nos da miedo. Porque el miedo es más básico. Y uno de los efectos de la pandemia ha sido la activación de una multiplicidad de miedos: a la enfermedad, al sufrimiento, a la muerte -a la propia o a la de los seres queridos-, al encierro, a la falta de recursos para subsistir. Miedo porque la cotidianidad que conocíamos, que nos daba seguridad, se resquebrajó.
Y ante ese conjunto de temores, ahora se sumó uno más: el miedo que desataron las supuestas liberaciones masivas de presos motivadas por la necesidad de descomprimir las cárceles ante la pandemia. No alcanza que se sostenga, ni que se lea la acordada de la Cámara de Casación, que se excluyó expresamente del beneficio de la prisión domiciliaria a quienes hayan cometido delitos violentos, ya sean homicidios, femicidios, secuestros o violaciones. Lo que se activó, en parte por el tratamiento periodístico de algunos medios, es el miedo a ser robado, abusado, asesinado.
El clima que se terminó instalando se debió no sólo a una acción deliberada para provocar un daño político sino, en parte, al desconcierto del oficialismo, a su contraposición de pareceres, a sus contradicciones lisas y llanas.
Se trató, también en este punto, de una cuestión de poder: del estatal y del miedo que genera el poder que ejerce el victimario sobre la víctima. Y la lectura que más se afianzó fue que el poder estatal, ya sea ejecutivo o judicial, se estaba poniendo en resguardo no de la víctima sino del victimario.
Los números reales de las liberaciones no conforman el panorama alarmante sobre el que machacaron algunos medios y la oposición. En Buenos Aires, según hace constar Clarín sobre el final de una de sus notas online, hasta el momento han conseguido la domiciliaria 161 reclusos sobre un total de 549. Son, en general, autores de delitos que no incluyeron violencia contra otros. Algunos tienen una condena próxima a cumplirse.
La polémica sirvió para que se expresaran otra vez posturas extremas. Ni todos los presos deben pasar sus días eternamente en la cárcel ni merecen morir por coronavirus por haber cometido un delito. La condena suspende el ejercicio de la libertad, nada más y nada menos, no el conjunto de los derechos humanos.
La descompresión de las cárceles surgió como un pedido de organismos internacionales, entre ellos la Organización Mundial de la Salud. Porque son una bomba de tiempo no sólo para los presos sino para el resto de la sociedad.
Lo que tal vez se prefiera soslayar es que son sitios inhumanos, en los que las personas -no hay que olvidar esa categorización- viven hacinadas, en condiciones que no permiten resguardar las más mínimas medidas de salubridad. El juez de Ejecución Penal de Río Cuarto, Emilio Andruet, ha rechazado 85 de los 125 pedidos de prisiones domiciliaras que recibió desde el inicio de la cuarentena. Y aseguró que en la cárcel local no existe hacinamiento. Algunas fotos que filtraron los familiares hacen, como mínimo, tambalear esa afirmación.
Las cárceles son como los geriátricos: una realidad que preferimos no ver. Y la sociedad, por loco que parezca, también está conformada por gente que eligió delinquir, por otra que lo hizo porque no tuvo demasiadas opciones ni oportunidades, por ancianos, enfermos, que se apartan de los cánones establecidos para ser económicamente rentables o políticamente dóciles.
La pandemia provocó una constelación de efectos. Pero, sobre todo, dejó al país al desnudo. Sirvió de confirmación de la infinita cantidad de déficits que nos constituyen. Porque expuso que el sistema penitenciario está colapsado, que la educación es precaria y arcaica (el 63 por ciento de los docentes ni siquiera tienen una computadora en sus hogares), que el sistema sanitario se ha ido desintegrando y es incapaz de soportar una presión mayor a la habitual, que la pobreza cada vez más extendida condena a la gente al hacinamiento y al riesgo latente, que la economía, que venía arrastrando dos años de recesión, se desmorona sin que el Estado tenga demasiadas herramientas para sostenerla.
Las cárceles representaban para Foucault la manifestación ostensible de un poder que se extiende a cada individuo. En estos días, en Argentina, conforman la exteriorización más extrema de un deterioro que lleva décadas de arrastre

