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Cuando Milei atenta contra el Presidente

El mandatario volvió a confrontar con el periodismo y sectores políticos a los que intenta vincular para diluir el contenido de las críticas a la gestión. No es nueva la tensión entre el poder central y medios de comunicación; es parte de la naturaleza, siempre que sea dentro de marcos que ahora parecen estar en juego

El presidente Javier Milei, fiel a su estilo, duplicó la apuesta discursiva en los últimos días y cargó con fiereza sobre periodistas que no dicen lo que le gustaría oir. Nada nuevo bajo el sol. Eso lo ubica en la media de los mandatarios, que más allá de valorar la libertad de prensa, reniegan cuando las críticas se hacen más frondosas. Explicado en esos términos, es lo que debe pasar: entre los gobiernos y los periodistas debe haber tensión. Cuánta tensión, es la cuestión.

Básicamente cuando la tensión es cero, se aproxima o se parece mucho a la propaganda. Cuando la tensión es llevada al extremo, el clima social suele enrarecerse y se asoman riesgos institucionales. En el medio hay infinidad de puntos para una convivencia virtuosa, en donde se toleran a regañadientes las críticas, entendidas como señalamientos de faltas o fallas en la gestión. Para pesar de algunos mandatarios, el periodismo está para eso, para marcar lo que falta, lo que considera equivocado o perjudicial. Esa es su función social, estrechamente vinculada con un contrapeso frente al poder concentrado del Gobierno. Aun cuando parezca una hoja en el viento, allí debe seguir defendiendo con honestidad su misión.

Este es un momento extremadamente particular para el periodismo frente al poder de turno. No por el enfrentamiento, que ya lo tuvo y en niveles muy elevados, con los gobiernos previos. Por ejemplo, con el kirchnerismo, cuando incluso algunos jefes de gabinete rompían diarios en las conferencias de prensa, como el recordado caso de Jorge Capitanich. Esos mismos que confrontaron, a pesar de la diferencia de kilaje, con aquel poder político, en muchos casos hoy están en una posición similar; básicamente porque siempre respetan su función y tarea, más allá de los cambios que pueda haber por orden de las urnas. En todo caso, lo que siempre debe evitar es valorar de manera diferente lo que se parece. Si algo antes era considerado negativo, aunque cambien los actores, debe seguir valorándose de la misma manera.

Se puede incluso ir más atrás y recordar el rol del periodismo en el Gobierno de la Alianza, con De la Rúa y Cavallo; antes con Carlos Menem, tal vez en otro de los períodos de máxima tensión en la relación. También con Raúl Alfonsín, y más aún en tiempos de dictadura. El rol del periodismo fue fundamental en la restitución y consolidación democrática. El periodismo no nació ahora ni vive su primer contrapunto con un gobierno.

Sólo un caso a nivel global: el Watergate excluye de más ejemplos sobre una investigación periodística que puso en jaque al poder político de la máxima democracia mundial.

Es cierto que los gobiernos prefieren a quienes destacan sus logros y tangencialmente suelen observar alguna falla. Pero, muy a su pesar, no es así como el sistema funciona plenamente, menos en la era de las redes sociales y su caos. Allí también el periodismo debe hacer una nueva tarea y marcar su mayor diferencia, con más severidad profesional para la generación y el manejo de la información, para que los ciudadanos luego puedan sacar sus propias conclusiones y valoraciones.

También es cierto que la mayor tensión con el periodismo está asociada a momentos en los que las cosas a los gobiernos no les resultan como esperaban. El presidente despotricó contra quienes informaron de las irregularidades en Andis, el caso Libra y del exjefe de Gabinete, Manuel Adorni, a quien Milei defendió hasta que ya no resistió más, por la abrumadora prueba en contra de quien también había sido vocero presidencial. Pero finalmente, la información se impuso, y Adorni intenta ahora presentar balances, movimientos de cuentas y respaldos para justificar gastos que no eran propios de una historia de vida como la suya. Es entendible la incomodidad ante ese caso para un gobierno que venía, entre otras cosas, a terminar con la corrupción.

Pero más allá de la conducta de ese funcionario y el intento de protección, el Presidente suele exasperarse también cuando las críticas apuntan al corazón de su gestión: la economía. Lo hizo esta semana y de una manera desenfrenada con el periodista Marcelo Bonelli por una columna de opinión. No se trata de que el mandatario coincida con lo que plantea un periodista, ni mucho menos, pero la investidura presidencial no es un cheque en blanco e incluye especialmente responsabilidades. Su ubicación en el vértice del poder hacen, además, que haya una desproporción de fuerzas. Por eso especialmente en su caso las formas importan, aunque desde el Gobierno se intentan naturalizar porque se trata de “su personalidad”. Pero el Presidente es más que Milei. Y allí, entonces, la personalidad de Milei no puede degradar la figura del Presidente, porque eso ya acarrea un perjuicio institucional, algo rebajado en el discurso oficial. Es recurrente la acusación a los “ñoños republicanos”, por ejemplo.

Es innegable que el Gobierno tuvo logros en materia económica, como el ordenamiento de las cuentas públicas, el equilibrio fiscal, la baja de la inflación, la erradicación de múltiples tipos de cambio, quita de trabas inexplicables para exportar, entre otras. Pero igualmente innegable resulta que hay problemas de empleo (más que de desempleo), ingresos que no repuntan, y sectores, como el comercio, la industria y la construcción, que están peor que en 2023. De eso se debe ocupar el Gobierno y en particular el Presidente. En especial porque por eso lo valorará la ciudadanía el año próximo.