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La era de las internas

A sólo un mes de las elecciones, se multiplicaron las divisiones en el oficialismo y la oposición. Cristina y Alberto exponen sus diferencias públicamente sobre el acuerdo con el FMI. Y el radicalismo avanzó en un quiebre en todos los frentes.

A la política argentina la definen las internas. Sólo un mes después de las elecciones de medio término, hoy el panorama está sembrado de quiebres, atomizaciones y disputas públicas. Y no es un fenómeno privativo de una fuerza sino que atraviesa al oficialismo y a la oposición.

Por supuesto, el foco principal de atención está puesto en el Gobierno porque la capacidad de daño que contiene una división es considerablemente mayor a cualquier otro actor de la política. En este caso, la particularidad es que los exponentes de las diferencias no son ministros o funcionarios sino los dos protagonistas principales de la coalición: el presidente Alberto Fernández y la vicepresidenta Cristina Fernández.

¿Un frente político puede tener desajustes o visiones diferentes de los mismos problemas? Por supuesto, es una consecuencia natural de ese tipo de construcciones. Sin embargo, lo distintivo del Frente de Todos es que no parece encontrar mecanismos de resolución que eviten la exposición pública de sus peleas. El último capítulo ocurrió este viernes, en Plaza de Mayo, durante el acto para festejar al Día de la Democracia y los Derechos Humanos, y ante la mirada de dos próceres como Lula da Silva y Pepe Mujica.

Cristina, el mismo día en que el FMI anunció avances en la negociación con Argentina, se despachó con un discurso en el que culpó al organismo de la suma de los males económicos del país, lo acusó de hacer caer a dos presidentes radicales y le reclamó a Alberto, sentado cerca de ella, que no firmara un pacto que frene la recuperación del país.

Además, en una frase que se abre a múltiples interpretaciones, le remarcó que en los grandes momentos se requieren grandes decisiones. ¿Qué quiso decir?¿Cristina pareció interpelar al Presidente para que, en la pulseada con el FMI, ejerza la valentía. La misma vicepresidenta que ha retado a Alberto públicamente y le ha exigido sumisión y cumplimiento de los acuerdos preexistentes, le pide ahora firmeza ante el FMI. ¿Quién no puede lo menos podrá lo más?

Esta vez, el Presidente, que en otra ocasiones optó por callar, ensayó una réplica y le contestó a Cristina que se quede tranquila, que no tenga miedo porque la Argentina del ajuste es historia. Fue una mera construcción retórica: en los hechos, el ajuste ya se produjo y se continúa produciendo a través de una contención del gasto en comparación con la inflación y la carrera perdida de los salarios y las jubilaciones contra los precios.

Cristina, en un discurso que ya salía viejo mientras lo iba pronunciando, también dejó un aviso: dejó entrever no sólo su malestar con la marcha de las negociaciones encabezadas por Martín Guzmán sino que también pareció reservarse el derecho de rechazar el acuerdo con el Fondo si no se ajusta a sus conceptos.

El Gobierno hace un planteo válido cuando le pide a la oposición, principalmente a Juntos por el Cambio, que contribuya a buscar una solución a la crisis de deuda que se gestó en la calamitosa gestión de Mauricio Macri. Pero esa validez se debilita por el hecho de los desacuerdos que expone públicamente: ¿cómo va a reclamar que los bloques opositores avalen lo que Cristina y su hijo, el diputado Máximo, cuestionan airadamente? En política es difícil exigir por afuera un acompañamiento que no se consigue desde adentro.

El acuerdo con el Fondo llegará a un Congreso que ya no es el mismo para el oficialismo. Ni el presupuesto ni el entendimiento con el FMI tendrán el camino allanado. Dentro de Diputados está en discusión, por estas horas, la integración de las comisiones. En una de las más decisivas, la de Presupuesto, el Frente de Todos y Juntos por el Cambio están en situación de paridad. Los dos miembros que definirán el resultado de los proyectos serán uno del interbloque federal, donde está el schiarettismo, y otro del Frente de la Concordia de Misiones, aliado al interbloque. Esos dos votos serán, por supuesto, decisivos y abrirán la puerta para que el interbloque reclame el tratamiento de temas que para el oficialismo no están en agenda.

Para el gobernador Juan Schiaretti, el Congreso será clave. Por eso estuvo en la semana durante las asunciones: para dar una señal política de que construirá desde allí su perfil nacional.

Con esa proyección, el gobernador también busca desactivar el adelantamiento de la interna que se está produciendo en Hacemos por Córdoba. La semana pasada trascendió que el vicegobernador Manuel Calvo quiere estar en la grilla para el 2023 y que si no le dan un lugar, podría irse por fuera. El episodio se produjo a sólo un mes de la última legislativa.

Pero si en el peronismo hay internas, donde se produjo un veloz proceso de división y dilapidación de capital político fue en el radicalismo, principalmente en el cordobés.

La UCR, como socia de Juntos por el Cambio, consiguió en Córdoba un triunfo histórico por su extensión y contundencia. Se alzó con más de un millón de votos. Los efectos de esa victoria fueron -o debían ser- principalmente dos: la instalación indudable de Luis Juez y Rodrigo de Loredo como candidatos puestos para 2023 tanto para la gobernación como para la intendencia de Córdoba y, algo no menor, el ordenamiento de los liderazgos internos.

Un mes después, ese ordenamiento cruje por los cuatro costados. La jugada de Rodrigo de Loredo, que oficializó finalmente el quiebre del bloque de diputados que conduce Mario Negri, puso en tensión a todo el radicalismo provincial. Incluso Juez dejó trascender su malestar porque la movida de su socio radical le complica el armado para 2023 porque si algo necesita Juntos por el Cambio para ganarle al PJ cordobés es tener abroquelado el frente interno.

La serie de movimientos que acaba de ejecutar De Loredo hablan con elocuencia de que no aceptará mansamente y de antemano el rol de candidato a la intendencia. Buscará, desde la jefatura de un bloque, construirse como candidato a gobernador y le disputará, por lo tanto, ese título al líder del Frente Cívico.

La repetición o no de antiguos desacuerdos irresolubles, que terminaron con la oposición fracturada y un peronismo triunfal, dependerá entonces de los mecanismos que encuentren los actuales socios para dirimir sus pretensiones.

Por lo pronto, el quiebre en Diputados enrareció el clima en el radicalismo de la provincia. A tal punto que el presidente de la UCR, el negrista Marcos Carasso, le reprochó a De Loredo su egocentrismo y hasta le bajó el precio al triunfo de noviembre: declaró que en Córdoba no es demasiado difícil arrasar en una elección si uno se embandera en el antikirchnerismo.

El mismo Carasso y el radicalismo en general exacerbaron la interna en otro tema que en la semana pasada provocó cimbronazos: el proyecto que presentó Orlando Arduh, jefe del bloque de Juntos por el Cambio en la Legislatura, para legalizar el juego online.

La conducción de la UCR provincial, en manos del negrismo, emitió un durísimo comunicado en contra del proyecto y, por extensión, en contra de Arduh, que fue uno de los principales operadores de la campaña de De Loredo. El radicalismo llega a decir que es un proyecto que esconde múltiples trampas y que le abre la puerta a un negocio fenomenal.

En la Unicameral aseguran que De Loredo envió a una de sus legisladoras leales, Elisa Caffaratti, a declararse en contra de legalizar el juego clandestino. Son más señales que dejan a Arduh casi en soledad en la cruzada por el juego, salvo por los legisladores del Pro que decidieron acompañarlo.

Pero la expectativa está puesta en cómo actuará De Loredo la próxima semana cuando se defina la continuidad o no de Arduh como jefe del bloque de Juntos por el Cambio: si permite que siga al frente de la bancada se interpretará como un aval hacia quien, incluso, está amagando con votarle el presupuesto al PJ.

La fractura que se produjo meteóricamente en Córdoba es un capítulo de una interna que la UCR parece tener en todos los frentes.

El peronismo tendría más problemas de los que tiene si se enfrentara a otra oposición.