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El sentimiento de no ser capaces

¿Cómo construir algo, cómo enfrentar una situación cuando no sabemos si somos capaces? Para abordar esta pregunta, quiero comenzar compartiendo algo que me sucedió hace ya muchos años

Una mujer había acudido a mi consultorio para un primer encuentro. Lloraba desconsoladamente.

Apenas podía articular unas pocas palabras, con las que intentaba hacerme entender el motivo de su visita. Poco a poco consiguió explicarme que a su marido le acababan de diagnosticar una posible demencia y que ella se creía absolutamente incapaz de acompañarlo en ese proceso, a pesar del infinito amor que sentía por él.

Me repetía que, como pareja, siempre habían pensado que lo peor que podía pasarles era que alguno de los dos sufriera una enfermedad que lo llevara a la despersonalización.

Este temor hizo que realizaran juntos muchas actividades que, según habían leído, podían prevenir este tipo de enfermedades: sopas de letras, crucigramas y sudokus se convirtieron en actividades cotidianas para la pareja. De ese modo, esperaban evitar la enfermedad y el dolor que tanto temían.

No podían imaginar que algo así iba a sucederles. Ante el advenimiento del tsunami, ella me aseguraba que no iba a poder superar esa prueba a la que la vida la enfrentaba.

En esa primera reunión, la deje hablar, llorar y agarrarse la cabeza. Lo único que hice fue abrazarla y decirle que no estaría sola, pasara lo que pasara.

Tiempo después me confesó que, al salir de mi consultorio, se sintió desilusionada. Temía no haber hallado lo que había ido a buscar. Pero que, extrañamente, sentía también una rara e inexplicable sensación de alivio.

En nuestro segundo encuentro, con menos lágrimas, y a partir de una serie de preguntas orientadoras, pudo hacerme un relato de su vida. Fue narrando los acontecimientos que ella consideraba claves en su historia. Me reveló así que había atravesado momentos muy duros: la muerte de sus padres, la de su hermana melliza que dejaba tres hijos sin madre, y la quiebra de la empresa familiar. Esa sucesión de hechos le provocó, en ese entonces, la sensación de que todo lo construido se había hecho añicos en pocos años.

Y sin embargo, ella, que no había podido tener hijos por causa de un tumor de ovario mal operado, se hizo cargo de sus amados sobrinos. También, solucionó todos los problemas ocasionados por el cierre de la empresa. Indemnizó a los empleados. Y no solo eso, sino que, junto a algunos de los ex empleados que quisieron acompañarla, abrió un negocio en cooperativa que seguía funcionando y que le permitía vivir sin sobresaltos económicos.

El relato le llevó cuarenta minutos. Creo no equivocarme si digo que solo se detenía para respirar. Sus palabras fluían con una rapidez asombrosa.

Cuando terminó, se quedó unos minutos sin decir nada. Hasta que ella misma quebró ese silencio con una pregunta: “Esa de la que hablé, la que hizo todo eso que conté: ¿soy yo?”.

Le conteste que sí. Que era ella, la misma que en nuestro encuentro anterior me había jurado con absoluta certeza que le era imposible sortear la prueba que la vida le imponía.

Recuerdo que sonrió. Y comenzamos a trabajar juntas en el largo proceso de transformar el dolor en sufrimiento.

A partir de esta anécdota, podemos reflexionar sobre la cantidad de veces que desestimamos nuestra fortaleza, que descreemos de nuestro valor, que nos dejamos llevar por la incertidumbre hasta el punto de que pareciera que ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos... Es esto lo que llevó a esa mujer, que había superado tantas dificultades, a preguntarse: “la que hizo todo eso: ¿soy yo?”.

Como ella, muchas veces desconocemos nuestros propios logros. Si creemos que en nuestras vidas nunca hemos enfrentado y superado una situación complicada, ¿cómo saber, cuando se presenta una nueva, si contamos con las herramientas necesarias para atravesarla?

Obviamente, las experiencias no son intercambiables. Cada vez que en nuestro camino por la vida se nos atraviesa una dificultad, es única e irrepetible. No es igual a ninguna que ya hayamos enfrentado. Sin embargo, nos ayudaría notablemente acostumbrarnos a repasar nuestra historia.

Para ello, proponemos el siguiente ejercicio: Escribir nuestra biografía

La forma en que describamos nuestra propia historia sera unica, original, intransferible y exclusivamente nuestra. Tratemos de ser lo más fieles posible en el relato de los acontecimientos. Si nos detenemos en detalles, no nos preocupemos. Por algo será que necesitamos recordarlos.

Que no nos detenga el orden cronológico. Cuando evoquemos algún conflicto o dificultad puntual que hayamos atravesado, intentemos relatar lo que pasó, lo que significó, cómo lo vivimos y cómo lo resolvimos.

Probablemente, mientras escribamos o leamos este relato, nos extrañaremos de ser los protagonistas de la historia. Nos parecerá mentira haber logrado todo lo que logramos. Haber sorteado tantas dificultades.

Esta sensación de sorpresa ante los propios logros la afirmo también desde mi propia experiencia. Hace algunos años, una empresa me solicitó que le presentara mi currículum vitae. Como hacía tiempo que no lo actualizaba, tuve que volver a escribirlo y, mientras lo releía para ver si había algo que corregir, sentí un fuerte impacto. Esa persona de la que hablaban las tres hojas que tenía frente a mí: ¿era yo?

Me resultaba increíble la cantidad de actividades que había realizado. Al verlas en esos renglones, ordenadas en forma fría y cronológica, volvía a mi memoria lo que cada una había implicado. Hubo momentos de desvelo, de cansancio, de estudio, pero también hubo supermercados, cocina, cuidado de mis hijos, marido, cuadernos de comunicaciones, reuniones de padres, deberes… Y ya no me importaba cómo iba a evaluar la empresa mi desempeño profesional. Lo fundamental fue lo que me pasó cuando lo leí. Sentí un gran orgullo por lo realizado.

La cantidad y variedad de las cosas que hicimos, nos hablan de cómo somos. Nos revelan nuestro estilo. Nos permiten ver, como espectadores, el hilo argumental de nuestra vida, esa vida que está siendo construida por nosotros a cada paso. Escrita en cada palabra. Y, fundamentalmente, nos enseñan a confiar un poco más en nuestra fortaleza.

Hemos edificado muchas cosas a lo largo de nuestro trayecto por este mundo. Y, aunque esas construcciones sean siempre distintas, existe un estilo que nos identifica y habla por nosotros.

Silvina Ambrosini | Lic. en Trabajo Social MN 2425 y Psicooncóloga