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Los depredadores sexuales en el sistema educativo

Al margen de la situación de aislamiento que tiende a estirar el tiempo que niños y adolescentes pasan delante de las pantallas, en el caso del docente detenido por acoso y abuso sexual impresiona fuertemente la posibilidad de que haya operado durante años en el ámbito del sistema educativo pese a la existencia relativamente temprana de numerosas evidencias acerca de su peligrosidad.

El caso del docente hallado en la cama con un alumno de catorce años en el curso del allanamiento de su vivienda, ordenado en virtud de la denuncia por el envío de imágenes pornográficas a otro chico de 12, ha generado un alto impacto en un momento en que la utilización de Internet como arma de los depredadores sexuales se ve favorecida por la pandemia de Covid-19. Al margen de esta situación inédita que tiende a estirar el tiempo que niños y adolescentes pasan delante de las pantallas, impresiona fuertemente la posibilidad de que el sujeto detenido haya operado durante años en el ámbito del sistema educativo pese a la existencia relativamente temprana de numerosas evidencias acerca de su peligrosidad.

En particular, han llamado la atención los testimonios recogidos por la prensa sobre su paso, inmediatamente anterior a su destino actual, por el Colegio Nacional de Buenos Aires, dependiente de la Universidad pública y una de las instituciones más prestigiosas del país. Se cita a exalumnos, a padres y a compañeros del docente, que no se manifiestan exactamente sorprendidos por lo ocurrido, a partir de la impresión que les había causado durante los siete años en que desempeñó como tutor, e incluso por la circulación de rumores respecto de su salida de establecimientos donde había trabajado con anterioridad.

La descripción de una personalidad carismática y “entradora” que con frecuencia derivaba en comportamientos inapropiados o fuera de lugar, en la cual coinciden todos esos testimonios, genera la sensación de que existía, si no la certeza, al menos un alto grado de sospecha acerca de este individuo, tanto que terminó por forzar su alejamiento del Colegio. Sin embargo, esa salida se materializó sin sanciones administrativas ni mucho menos denuncias penales, en condiciones acordadas que no le impidieron encontrar trabajo en otra parte.

Acaso la mayor toma de conciencia instalada en la sociedad acerca de este tipo de delitos y las características de quienes los cometen llevó a que en esta oportunidad se truncara la carrera de este profesor que ya tiene cincuenta años, la mitad de los cuales circuló por diferentes instituciones educativas porteñas. Afortunadamente, hubo un padre que frente al acoso vía redes sociales sufrido por su hijo no se limitó a decirle que se mantuviera alejado del acosador, como admitieron haber hecho otros antes en el Nacional. Ahora, como suele ocurrir, nuevas denuncias se suman para confirmar que la pedofilia no se manifiesta ni esporádica ni tardíamente en la vida de quienes la practican.

Dado que la escuela es un ámbito de “caza” natural para los depredadores sexuales, es inevitable que algunos busquen allí sus víctimas, y acaso pueda reconocérseles cierta habilidad para enmascarar sus intenciones. Pero resulta inadmisible que les faciliten las cosas desde las propias comunidades educativas, actuando de manera análoga a la que se le sigue reprochando a la Iglesia para lidiar con esta categoría de “infiltrados”.

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